
¿Los olores de nuestros cuerpos pueden indicar Alzheimer, cáncer y otras enfermedades?
Durante años, los científicos han explorado cómo las moléculas que emanan de nuestro aliento o piel podrían aprovecharse para detectar diversas dolencias. Los avances están convirtiendo ese potencial en realidad.
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Cuando la antropóloga social Hanna Marie Ihlebæk entrevistó a enfermeras en una sala de oncología noruega para su tesis doctoral, se sorprendió al enterarse de que muchas de ellas dependían de su sentido del olfato en su trabajo. “La infección urinaria es realmente distintiva, puedo reconocer ese olor en el pasillo”, dijo una de las enfermeras. Otra afirmó ser capaz de identificar hemorragias digestivas y necrosis celular. “No sé qué habría hecho sin mi capacidad de oler”, dijo una tercera.
Hace mucho tiempo, en el siglo V a. C., el médico y filósofo griego Hipócrates sostuvo que la enfermedad podía identificarse mediante el olor corporal. En los tiempos modernos, tenemos historias de Oscar, el gato que parecía percibir qué residentes morirían pronto en un hogar de ancianos de Rhode Island, y perros que se utilizaron para detectar cáncer de vejiga, malaria y Covid. En África, se emplean ratas gigantes de bolsa para detectar tuberculosis.
Durante años, los científicos exploraron cómo las moléculas que emanan de nuestro aliento o de la piel podrían aprovecharse para detectar una larga lista de enfermedades: Parkinson, Alzheimer, ciertos tipos de cáncer, gripe y resfrío común. Sin embargo, el campo tuvo dificultades para trasladar esas pruebas a la práctica clínica. Ahora, con nuevas herramientas capaces de detectar pequeñas cantidades de moléculas, así como avances en aprendizaje automático, ese objetivo parece estar al alcance de la mano. Varias enfermedades pronto podrían diagnosticarse de manera eficaz mediante pruebas no invasivas que emplean dispositivos tan simples como alcoholímetros.
Pruebas basadas en el aliento
Ya se utiliza un puñado de pruebas basadas en el aliento, como una que detecta la infección gástrica por Helicobacter pylori, una de las principales causas de úlceras estomacales. Los pacientes beben una solución con urea que contiene una versión “pesada” de carbono; si H. pylori está presente, la bacteria utilizará la urea para producir dióxido de carbono y la prueba detectará ese CO₂ de carbono pesado en el aliento de los pacientes. Pero pruebas como esa requieren ingerir una sustancia especial y enviar una muestra a un laboratorio para su análisis. Hoy, los investigadores también trabajan para desarrollar pruebas que puedan dar resultados directamente en el hogar o en el consultorio de un médico. Están diseñadas para detectar Compuestos Orgánicos Volátiles (COV). Dichos compuestos se encuentran principalmente en forma de gas a temperatura ambiente y pueden ser emitidos por el aliento, el sudor, la orina, la sangre y la materia fecal.
Para recolectar el aliento para su análisis, por ejemplo, los voluntarios respiran en pequeñas bolsas plásticas de uso científico que se parecen a los sobres de jugo, o en recolectores de aliento similares a jeringas. Estas muestras luego se analizan en un laboratorio mediante una técnica llamada cromatografía de gases-espectrometría de masas. Otras pruebas emplean narices electrónicas más económicas y portátiles, que están hechas de una serie de sensores capaces de identificar distintas moléculas.
Determinar qué moléculas son significativas y qué conclusiones pueden extraerse de una muestra individual hace que el desarrollo de este tipo de pruebas sea “muy, muy desafiante”, dice Woollam. El aliento puede contener contaminantes del aire circundante —pensemos en la contaminación o el humo del cigarrillo— y su composición puede variar de un momento a otro, lo que dificulta la estandarización de las pruebas y la interpretación de las mediciones individuales.
“De estar sentado a estar acostado cambiás tu perfil respiratorio. Contenés la respiración, cambiás tu perfil respiratorio. Tomás un medicamento, cambiás tu perfil respiratorio... Entonces, ¿cómo querés resolver eso?”, dice el químico Wolfram Miekisch, del Centro Médico Universitario de Rostock, en Alemania.
Pero los investigadores progresaron en la identificación de moléculas que son marcadores de enfermedades específicas. Cuando los tumores crecen, por ejemplo, aumenta el estrés oxidativo en el organismo, lo que lleva a la descomposición de las moléculas grasas dentro de las células en compuestos volátiles más pequeños, dice Woollam.
En un estudio, analizar el aliento de los pacientes antes y después de una cirugía para extirpar tumores pulmonares permitió identificar 16 compuestos que podrían servir como biomarcadores de cáncer de pulmón en el aliento, incluido el pentanal, el ácido butírico de olor desagradable, el hexanal con aroma a madera y el decanal, que huele a cáscara de naranja. En otra investigación, los análisis de las moléculas emitidas por muestras de biopsia de melanoma sugirieron que compuestos como el producto químico picante llamado 4-metil decano podrían servir como biomarcadores.
Las moléculas presentes en la orina también podrían ofrecer pistas sobre el cáncer. Woollam y sus colegas analizaron las moléculas que emanaban de la orina de hombres sometidos a una biopsia por cáncer de próstata y descubrieron que un panel de seis moléculas podía detectar la enfermedad en el 75% de los casos. Si bien es menos sensible que la prueba de sangre de antígeno prostático específico (PSA), el método basado en COV produjo menos falsos positivos, lo que podría ayudar a los pacientes a evitar tratamientos innecesarios.
Algunas pruebas de cáncer basadas en compuestos volátiles emitidos por la orina podrían llegar pronto al mercado. Una de estas pruebas, de la empresa de biotecnología TOBY —llamada así por el perro rastreador de pistas de los libros de Sherlock Holmes—, está diseñada para detectar cáncer de vejiga. En lugar de buscar un único biomarcador, la prueba de TOBY utiliza inteligencia artificial para analizar los patrones de las moléculas que emanan de la orina. La Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) le otorgó la designación de Dispositivo Innovador (que puede acelerar su aprobación) en 2026, lo que valida su potencial; sus desarrolladores afirman que está a aproximadamente un año de su lanzamiento comercial. El equipo de TOBY también trabaja en una prueba similar para el Alzheimer, que recibió la designación de Dispositivo Innovador de la FDA en mayo.
Sebo y Parkinson
Las pistas sobre la enfermedad también están en el sebo, una sustancia aceitosa y pegajosa producida por pequeñas glándulas en los folículos pilosos. Los investigadores están estudiando la relación entre los compuestos volátiles emitidos por el sebo y la enfermedad de Parkinson, que tiende a diagnosticarse tarde, lo que significa que los pacientes pasan más tiempo sin que sus síntomas sean manejados adecuadamente.
Los indicios de la señal del sebo surgieron hace muchos años: una mujer llamada Joy Milne notó que el olor corporal de su esposo se había vuelto desagradablemente amaderado y almizclado. 14 años después, a Les Milne le diagnosticaron enfermedad de Parkinson de inicio temprano y, en una conferencia de concientización sobre el Parkinson, Joy Milne notó que otros pacientes con Parkinson parecían tener un olor similar. Se puso en contacto con científicos de la Universidad de Edimburgo y luego con la investigadora especializada en Parkinson Perdita Barran. Barran y su equipo realizaron un experimento y descubrieron que la nariz de Milne podía distinguir las remeras usadas por pacientes con Parkinson de las usadas por personas sanas.
Desde entonces, Milne y Barran, de la Universidad de Mánchester, trabajaron juntas para identificar una señal de Parkinson en las moléculas del sebo. “Si te pasara un hisopo por la espalda, encontraría unos 20.000 compuestos. Y si tuvieras Parkinson, unos 2000 de ellos —es decir, el 10%— serían diferentes a los de las personas que no tienen Parkinson”, dice Barran. Estos compuestos incluyen acilcarnitinas —moléculas que transportan ácidos grasos a las mitocondrias para la producción de energía— y otros relacionados con alteraciones en el metabolismo de los ácidos grasos.
La firma del sebo puede identificar correctamente a más del 84% de las personas con Parkinson cuando la enfermedad está muy avanzada. Pero la prueba también puede ayudar a detectar el Parkinson de forma temprana, antes de que aparezcan síntomas claros. En un informe de 2025, Barran y sus colegas, incluida Milne, estudiaron el sebo de personas que tienen un trastorno de conducta del sueño REM, en el que representan físicamente sus sueños —por ejemplo, pateando a su pareja mientras sueñan que juegan al fútbol—. Esta condición se vinculó fuertemente con el desarrollo posterior de enfermedades neurodegenerativas. Los perfiles de COV del sebo en este grupo se encontraban en un punto intermedio entre los de los pacientes con enfermedad de Parkinson diagnosticada y los de los voluntarios sanos, informaron los investigadores.
Investigación futura
Y otras pruebas podrían estar en el horizonte. Los investigadores están explorando posibles firmas en el aliento para la gripe, por ejemplo; un estudio de 2022 que examinó a 235 pacientes descubrió que algunos biomarcadores presentes en el aliento podían distinguir la gripe de infecciones similares con una precisión del 78%. El aliento exhalado también podría utilizarse para diagnosticar infecciones por resfrío común: otro equipo descubrió que las concentraciones de compuestos como el 3,8-dimetilundecano, con olor a cera, en el aliento se correlacionan con las cargas virales de rinovirus en la nariz y la garganta.
“Lo que hace el virus es ir a una célula, entrar en la célula, replicarse y luego destruir la célula”, dice Miekisch. Partes de la célula destruida pueden emitirse en el aliento de una persona enferma, explica, mientras que otros biomarcadores provienen de los cambios dentro de nuestro propio metabolismo en respuesta a la infección.
Otros investigadores están buscando formas de distinguir las infecciones virales de las bacterianas. Las bacterias emiten sus propios COV, que pueden detectarse en el aliento humano. Helicobacter pylori, la bacteria detrás de las úlceras estomacales, huele a azufre, por ejemplo.
Ilaria Belluomo, biotecnóloga médica del Imperial College de Londres, y sus colegas están realizando un estudio sobre las firmas bacterianas y virales en el aliento de niños internados por infecciones pulmonares graves. “Una prueba que pueda distinguir los dos tipos de infecciones puede ser completamente transformadora”, afirma.
Al revelar si una infección es bacteriana, ayudaría a determinar si tiene sentido tomar antibióticos, lo que potencialmente reduciría el uso excesivo de esos medicamentos, dice Belluomo.
Una de las aplicaciones más prometedoras de la investigación sobre biomarcadores volátiles de infección sería en las unidades de cuidados intensivos, dice Miekisch. Podría hacer posible monitorear continuamente el aliento de pacientes intubados y gravemente enfermos para detectar señales tempranas de peligro. Por ejemplo, distinguir entre la sepsis, causada por bacterias, y la reacción autoinmune llamada síndrome de respuesta inflamatoria sistémica es “una cuestión importante”, señala.
Sin embargo, quedan obstáculos. Uno es la falta de estandarización, por lo que resulta difícil comparar los resultados entre diferentes estudios. Otro obstáculo es no tener una buena comprensión de dónde provienen estos biomarcadores, dice Miekisch. Y algunas pruebas que parecían prometedoras terminaron fallando en estudios más grandes o carecieron de financiamiento para llegar al mercado.
Pero muchos científicos que trabajan con COV siguen siendo optimistas. “Aunque la investigación sobre COV ha enfrentado numerosos desafíos, el campo sigue haciendo un progreso notable”, dice Woollam. Tal vez los pacientes no tengan que esperar mucho tiempo, después de todo.
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