
Los pequeños pueblos resisten el agua
En el noroeste bonaerense, mientras las napas están a sólo 10 centímetros de la superficie la gente no baja los brazos
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VILLA SAUZE.- Aquí, en donde el meridiano corta los campos al medio y deja algunos potreros del lado de La Pampa, hay un pueblo que no por grande fue una maravilla de promesas que se hicieron ciertas y que están quedando debajo del agua. Realidades que fueron muchas, esperanzas que crecieron y hoy sólo viven los ruegos que a diario miran el cielo.
Y ayer, casi de casualidad, apareció el sol y hasta algún viento del Sur empujó los nubarrones; entonces, todos creen que la cosa va a pasar, pero no se puede dejar de trajinar en un barro en donde ni quedan huellones.
Las ciudades de la provincia casi ya no tienen compromisos: terraplenes y murallones corren el agua a lo lejos, pero aquí en los pueblos chicos el asunto es bien distinto. Hablar de Villa Sauze es viajar a un siglo en el tiempo, cuando una familia, la que le dio el nombre al poblado, por entonces caserío, dio las tierras para establecer a su gente, más bien dicho el personal.
Todos vivían de una estancia que hizo historia: El Meridiano de Sauze. Hoy, lo que queda de ese campo, de la firma Pilagá SA, son hectáreas de lagunas y un futuro que quién sabrá.
Siguen viviendo
Ayer, el sol era solamente una palmada de aliento para los 1000 habitantes de un lugar que quizá, por tratarse de tan poca gente, nadie le arrima muchas defensas que contengan las lagunas. Pero en Sauze siguen viviendo y cuando el agua es mucha surge del mismo suelo, con napas que según los entendidos están ahí nomás, casi a diez centímetros de la superficie.
Por eso ni siquiera se ven camiones circulando por el casco urbano, si se le puede decir casco. Ayer, el veterinario Marcelo Fórmica, uno de esos profesionales que dejan sus tareas rurales para hacer lo que se pueda por el partido de Villegas, contaba de una camioneta que se hundió en plena calle por el asunto de esas napas que ya están en la superficie y no sostienen nada.
Los eucaliptos no dan sombra, y no porque falte el sol, sino porque de a uno y en fila van cayendo en los bulevares como si pasara un tornado, aunque en realidad deben de estar podridos de tanta agua y sin piso que los sostenga. Con las casas todavía no pasa lo mismo, pero sus ramas que son paredes se están rajando, porque las raíces, que son cimientos, no aguantan los movimientos de un suelo que ya no es piso.
Y cuando sobra el agua falta el trabajo. José Luis Pereya mantiene su negocio para vender algún diario, algo de librería o lo necesario del bazar, pero a menudo se va a Villegas para ponerse a pintar. Es decir que suplementa los gastos que le demanda la vida con una brocha gorda lejos del pueblo, allá en la ciudad. Roberto Bordone tiene 67 años y una historia de próspero feriero. Hoy no tiene vacas para embretar en la feria.
Orgullo en los campos
La de Villa Sauze es una historia como es hoy la de otros lugares del partido de Villegas: Pradere, Moores, Los Laureles o Colonia La Belita. Todas localidades bien chicas, de esas que arriman pocos votos en tiempos electorales pero que todavía muestran con orgullo sus campos, esos que fueron puntales para la panadería, la herrería, la estación, la carnicería y el almacén de ramos generales; locales que hoy ya no tienen cuentas para cobrar, porque ya no se precisa lo necesario para el trabajo, para lo que en el campo consumía todo el personal.
Si de una rápida pasada apenas se puede acercar a cascos rodeados por el agua, con casi el 70 por ciento de lo sembrado tapado por lo profundo del fluido. Y no es cuento, porque es fácil reconocer establecimientos como Los Gauchos, de Schiave; La Marión Sur, de Pedro Brea; La Fe, de Videla Escalada; Los Laureles, de Castaño Marini; San Luis, de Goñi Hnos., o La Serena, de Lalor SA, con lagunas desconocidas que borraron la estampa de lo que ahora es un recuerdo.
Algunos montes resisten y algún zorzal mañanero canta con el mismo orgullo con el que sale el lucero. Pero a veces a la estrella no la dejan ver las nubes y cuando llega la noche el campo se pone oscuro.
Sólo el balido de los terneros irrumpe desde una loma y el viento juega con el agua trayendo ruidos de olas.
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