
Luego de 43 años, el "loco del martillo" recuperó la libertad
Penado por robar, golpear y matar mujeres, era el preso más antiguo del país
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LA PLATA.- El 25 de marzo de 1963, Raúl Aníbal González Higonett fue preso, acusado de matar a martillazos a tres mujeres y asaltar y golpear hasta el desvanecimiento a otras diez. Fue condenado a reclusión perpetua y la prensa lo bautizó el "loco del martillo". Este hombre de 68 años, muy delgado y frágil, de rasgos filosos y mirada miope, fue beneficiado con la libertad condicional.
Ayer, a las 18.50, salió de la Unidad Nº 12, de Gorina; después de pasar 43 años seguidos tras las rejas, dejó de ser el preso más antiguo del país.
Antes ya había pasado una temporada en prisión. Cinco años en el penal de Rawson -entre mayo de 1957 y diciembre de 1962-, por una serie de robos menores. Dijo Ariel García Furfaro, su abogado: "Por esos antecedentes lo consideraron reincidente, y por eso no le dieron la libertad cuando cumplió 25 años de prisión. Pero era demasiado: nadie pasa 43 años preso".
Minutos antes de quedar en libertad, González Higonett dijo lacónicamente, como explicación: "Me obligaron a firmar la declaración; me «picanearon»". Pero no quiso hablar de aquella supuesta sesión de tortura.
Por aquellos años -sostuvo-, él no ocupaba su tiempo en asaltar mujeres y golpearlas con un martillo, sino que era changarín en el Mercado Central, en La Matanza. Vivía en Lomas del Mirador, cerca de su familia, y era el más chico de siete hermanos varones. Tenía, además, cuatro hermanas.
"No sé. Deben quedar tres o cuatro", comentó, y luego dijo que sólo mantiene contacto con Elsa, su hermana cinco años menor que él. Elsa lo recibiría en su casa, en González Catán, dos horas más tarde.
"Ella siempre estuvo. Todos los meses. Nunca dejó de visitarme; ni siquiera cuando estuve en Sierra Chica. Estuve 36 años en Sierra."
Los otros hermanos le enviaban cosas a la cárcel, pero no lo visitaban. Su madre, Elisa, sí, hasta que murió. "No sé si fue en el 72 o en el 73. Fue la última vez que me visitó". Su padre, Benigno, quedó paralítico cuando él era muy chico. No les guarda rencor a los que no lo visitaron. O eso dice. "Hacían lo que podían." Parece que reserva hiel para los que lo enviaron a la cárcel. "Muchos deben estar muertos... Pero quiero hundirlos igual". Y agradece al gobierno, que le prometió una pensión y tratamiento psicológico y para la artrosis que le corroe los huesos.
La historia oficial
La historia que González Higonett aún niega, después de 43 años, dice que un mes después de salir de la cárcel de Rawson, en enero de 1963, reincidió en los robos. El método: entrar en casas mientras sus víctimas, siempre mujeres solas, dormían; golpearlas hasta dejarlas inconscientes; robar lo que encontrara a mano, y huir, sin abusar sexualmente de ellas.
El 8 de marzo de 1963, el "loco del martillo" atacó y mató a golpes a Rosa de Grosso, en Lomas del Mirador. Del mismo modo asesinó a Virginia González, el 22 de marzo, y, un día después, a Nelly Fernández, en San Justo.
El pánico cundió en la Capital y en el sur y el oeste del conurbano, donde ocurrió la mayoría de los ataques. Ante la inquietud general, las policías Federal y bonaerense hicieron un operativo conjunto y detuvieron a González Higonett.
Vestía un pantalón negro que había sido robado en uno de los hechos por los que luego sería condenado. La policía difundió su presunta confesión de los asesinatos. Los partes oficiales también decían que González Higonett había dicho que usaba el martillo para producir el desmayo de sus víctimas, y que sólo buscaba dinero.
El 12 de abril de 1967 el homicida serial fue condenado a reclusión perpetua por homicidio simple, robo y lesiones graves. Ayer, González Higonett insistió en que unos policías lo picanearon para que firmara una declaración incriminatoria. También dijo que después de su detención había habido otros casos similares.
Finalmente, llegó un guardia y le dijo que podía irse. Se puso de pie y, con la ayuda de dos bastones fabricados por algún preso, empezó a caminar lentamente. A veces se detenía, apretaba los maxilares, cerraba los ojos, respiraba hondo, y decía: "Es la artrosis". Hasta que un auto se lo llevó.
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