
Masacran a tres chicos en Neuquén
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NEUQUEN.- Otra vez el horror. Tres adolescentes de 14, 16 y 17 años fueron acuchillados, degollados y sus cuerpos calcinados por un hombre, de 24, que fue detenido por la policía. Otros dos menores, de 11, lograron escapar de ese infierno porque se hicieron los desmayados y están internados con heridas de arma blanca.
Otra vez la sinrazón. Al igual que hace un año, cuando el 11 de noviembre de 1997 aparecieron los cadáveres de las hermanas María Emilia y Paula González y Verónica Villar en una zona de chacras de la ciudad rionegrina de Cipolletti, esta región del Alto Valle volvió a conmoverse por una violencia irracional, que se llevó a tres jóvenes, cuya mayor preocupación era pescar y jugar al fútbol.
La policía neuquina detuvo a Julio Enrique Aquinos, un hombre que tenía antecedentes penales y un pedido de captura a su nombre, como responsable del triple homicidio.
Otra vez las dudas. Para los investigadores se trata de un caso cerrado, pero aquí muchos se preguntan cómo hizo un hombre solo para controlar a los cinco muchachos y asesinar a tres de ellos.
Cuando ocurrió el triple homicidio en Cipolletti, la policía rionegrina detuvo en cuestión de horas a un par de marginales a los que les adjudicó la autoría de los crímenes. Después se comprobó que eran inocentes. Por eso la resistencia de mucha gente de la zona a creer que el caso ya está totalmente esclarecido.
Y también el móvil del nuevo triple crimen deja abierto un interrogante: Aquinos los habría matado en venganza porque sus víctimas lo habían golpeado con una pelota de fútbol que salió disparada durante un picado que los muchachos jugaban el viernes último en un potrero del barrio Valentina Sur, en las afueras de la ciudad.
Una tarde de pesca
Anteayer, los chicos, como lo hacen cada vez que el tiempo está lindo, habían ido a pescar a orillas del río Limay, en una zona cercana al barrio, situado a siete de kilómetros del centro de esta ciudad.
A las 19.30, estaban por regresar. La pesca no había sido muy buena. El asesino salió de entre los árboles y los sorprendió con un revólver y un arma blanca.
Les preguntó: "¿A quién le pidieron permiso para pescar acá?" Ante la obvia respuesta -"a nadie", le contestaron-, dio rienda suelta a su locura. Con el revólver logró dominar a las víctimas, hizo que se sacaran los cordones de las zapatillas y los ató. Con el arma blanca, degolló y apuñaló a los hermanos Ulises y Cayetano Correa, de 14 y 17 años respectivamente, y a Carlos Trafipán, de 16.
Luego los cubrió con hojas secas y prendió fuego a sus cuerpos, para intentar borrar las huellas del horrendo crimen, informó el subjefe de policía, Aldo Pizarro.
Juan Carlos Urra y Claudio Painebilú, ambos de once años, pudieron salvarse porque se hicieron los desmayados luego de que el homicida les hubiera hecho los primeros cortes (ver aparte). Ensangrentados, recorrieron más de mil metros y se refugiaron en una escuela, donde los vecinos habían organizado una peña folklórica para juntar dinero para el viaje de egresados de los chicos de séptimo grado. Nunca nadie imaginó un fin de fiesta tan trágico.
Urra fue internado en el sector de terapia intensiva del Hospital Regional Neuquén, con doce heridas de arma blanca, que habían perforado su espalda. Painebilú está alojado en el sector de Pediatría con cinco o seis lesiones, también de arma blanca. Tenía heridas en el cuello y la cara.
Lo reconocieron
El homicida vestía un vaquero negro y una remera blanca "y su rostro era el de un asesino", dijeron tres adolescentes que también habían ido a pescar al Limay y que se cruzaron con Aquinos, instantes después de la masacre. Héctor Hernán Urra, hermano de Juan Carlos, uno de los dos sobrevivientes, integraba ese grupo, sin imaginar que él podría haber corrido la misma suerte.
Según la policía, esos testimonios fueron fundamentales para lograr la pronta detención de Aquinos y allanar su domicilio, donde fue arrestado.
"Parecía que estaba borracho", dijeron los tres muchachos, que ayer lloraban a sus amigos muertos.
En el barrio de Valentina Sur, vecinos y familiares de los tres jóvenes lloraban desconsolados. "Son todos compinches. Se juntaban para jugar a la pelota y les gustaba ir al río a pescar truchas, que después asaban a la parrilla", dijo una señora, con la mirada perdida.
"Todo parece indicar que se impone la ley de la selva. Sesalva el más fuerte y el más débil tiene que morir. Ojalá esto les sirva a todos los chicos para aprender que no deben confiar en nadie. Les pido a los chicos que no se alejen de sus padres. Tenemos que cuidarnos mutuamente", dijo uno de los primos de los hermanos asesinados, que intentó así buscar una respuesta a tanta locura.
Como lo hacen tantos neuquinos, que se acercan a la costa del río cuando se acerca el sol del verano, los cinco chicos tomaron sus cañas y fueron hasta el Limay para disfrutar de una tarde que se hizo corta con el auxilio del mate.
"Eran pibes sanos. Nunca le hicieron mal a nadie. El asesino es un salvaje", dijo con su voz cortada por el dolor Alberto Correa, padre de dos de las tres víctimas.
En esta ciudad de más de 220.000 habitantes, la más poblada de la Patagonia, no existen antecedentes de un asesinato múltiple como el que ocurrió en el barrio Valentina Sur, un sitio desde donde se puede ver el río Limay en todo su esplendor. Ahora, también es sinónimo de muerte.
Un barrio muy humilde
NEUQUEN.- Valentina Sur es un barrio de casas precarias, de calles de ripio donde los días de viento, como el de ayer, el polvo apenas deja ver.
Abundan los perros callejeros, los terrenos baldíos y los potreros para jugar al fútbol.
También existen aún algunas chacras en producción. Es uno de los pocos refugios que la ciudad reserva a una zona rural que alguna vez fue mucho más extensa.
En medio de álamos y frutales, las casas están dispuestas una al lado de la otra. Son todas humildes, algunas de material, pero la mayoría de chapa y hasta de cartón. El río Limay corre muy cerca y trae agua refrescante en el verano, cuando los rayos del sol queman como el fuego.
Hasta ayer, Valentina Sur era un sitio tranquilo donde los chicos podían estar en la calle y pescar en el río. Ahora, los vecinos se preguntan cómo vivir en paz y esperan que el gobierno se acuerde de que los pobres también sufren la violencia.
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