
Murió el discutido escritor Ernst Jünger
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WIFLINGEN, Alemania (EFE).- El controvertido escritor alemán Ernst Jünger, considerado uno de los precursores de la barbarie nazi y, al mismo tiempo, uno de los intelectuales más lúcidos de este siglo, murió ayer a los 102 años en la Selva Negra, donde vivía aislado desde hacía décadas.
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Teórico de las formas políticas, ex oficial del Tercer Reich y autor de "El trabajador", uno de los ensayos capitales de esta época, Jünger había nacido en Heidelberg el 29 de marzo de 1895.
Huyó tempranamente de su casa paterna y viajó a Africa con la legión extranjera. Más tarde, durante la Gran Guerra, fue voluntario en el frente alemán.
Lector de Goethe y de Marx, se convirtió en uno de los ideólogos de los "nuevos conservadores" de la República de Weimar.
En 1939, meses antes que Hitler invadiera Polonia y provocara la Segunda Guerra Mundial, publicó "Sobre los acantilados de mármol", una suerte de parábola sobre el culto a la personalidad y sus desastrosos efectos. Durante la contienda, Jünger fue movilizado como oficial hacia el Cáucaso y después hacia París.
Los filósofos Carl Schmitt y Martín Heidegger, ambos acusados después de nazis, fueron amigos suyos. Jünger no pudo eludir el mote de colaborador "acrítico" del Tercer Reich.
Los cuestionamientos recrudecieron cuando cumplió cien años. Pero entonces sus seguidores recordaron que, pese a no haberse marchado de Alemania durante el régimen de Hitler, el intelectual había mantenido siempre una posición crítica, expresada en "Sobre los acantilados de mármol".
Desde el principio, reivindicó un tipo de sensibilidad anticapitalista y antiburguesa, una suerte de aristocracia de masas. "Fuego y sangre", "El combate como experiencia interior" y "Tempestades de acero" fueron sus primeros pasos en esa dirección. Este último libro fue ensalzado en su momento por Jorge Luis Borges, en la revista El Hogar.
Más tarde, en "El trabajador", Jünger analizaría la nueva religiosidad popular, en la que el obrero alcanzaría el rango de mártir.
También fue amigo de Albert Hoffmann (el químico que descubrió el LSD) y profesó respeto por las drogas alucinógenas.
Jünger tuvo, hasta su muerte, tanto admiradores, que veían en su prosa un diagnóstico lúcido del tiempo que le tocó vivir, como duros críticos, que creían que algunos de sus libros incurrían en una glorificación de la violencia.





