
París guarda un rincón para los argentinos
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PARIS (De nuestra corresponsalía).- La Casa Argentina de la Ciudad Internacional Universitaria de París -el gran rincón de los "anclados en París", como diría el francófilo Enrique Cadícamo- cumplió 70 años.
Durante todo ese tiempo, sin hacer nunca demasiado ruido, ha sido el hogar de decenas de generaciones, tanto de nuestro país como del extranjero, que fueron a la Ciudad Luz para calmar su sed de conocimientos.
Ahora, con la dirección de la arquitecta Diana Isabel Saiegh, la casa del boulevard Jourdan no sólo fue refaccionada (con nuevos baños, cocinas y salas de recreo), sino que ha ganado inusual dinamismo con la realización de ciclos de cine argentino, seminarios y exposiciones artísticas que van mucho más allá del estricto mandato de dar albergue a un promedio de 85 estudiantes por año.
Un buen ejemplo de esta tendencia creadora fue la presentación de un libro que relata la historia del inmueble desde su fundación hasta nuestros días incluyendo anécdotas sobre residentes ilustres, como Julio Cortázar, Bruno Gelber, Marcos Aguinis y Miguel Angel Estrella. Saiegh viajó a Buenos Aires para presentar el libro, lo que concretará hoy, a las 20, en la Biblioteca Nacional, acompañada por la ministra de Educación, Susana Decibe.
Con unas 200 páginas, la obra es el fruto de una minuciosa tarea de investigación que incluyó la revisión de archivos (incluidos algunos perdidos en el sótano del edificio), consultas a numerosas bibliotecas, reportajes y recolección de testimonios. La Nación tuvo ocasión de leerlo antes de que fuera a imprenta y discutió con la arquitecta Saiegh su contenido.
"La existencia de la casa se debe a la presencia en París de infinidad de argentinos durante y después de la Primera Guerra Mundial -explicó su directora-. Era la época en que los intelectuales extranjeros se instalaban en el barrio de Montmartre, debatían sus teorías en las "brasseries" y en que el tango terminaría convirtiéndose en una pasión francesa tras superar prejuicios y rechazos."
Los visitantes más notables fueron el político Marcelo T. de Alvear y el artista Tito Saubidet. El primero llegó en 1916 para hacerse cargo de la legación argentina (precursora de la embajada), mientras que el segundo puso su talento de dibujante y acuarelista al servicio de las tropas que partían al frente de batalla.
Un mecenas
La idea de la Ciudad Internacional Universitaria había sido formulada en 1919 por el senador André Honnorat con el fin de ser "el sitio de formación de las elites intelectuales del mundo".
Para entonces, ya hacía seis años que un grupo de universitarios e intelectuales argentinos (entre ellos, Adolfo Bioy, padre del escritor, y Carlos Ibarguren) había formado junto con colegas franceses un comité destinado a promover la cooperación académica entre los dos países. Fueron ellos quienes en 1922 fundaron en Buenos Aires el Instituto de la Universidad de París.
En 1924, el comité encontró un mecenas para plasmar su sueño de un hogar argentino: el empresario Otto Sebastian Bemberg. Junto a su esposa, Josefina Elortondo Armstrong, realizó la donación para crear el pabellón argentino en la Ciudad Universitaria.
El edificio fue construido por los arquitectos franceses René Betourné, L. Fagnez y el argentino Saubidet, en el estilo de "palazzo italiano", pero con la idea de darle "reminiscencias de las viejas estancias de La Pampa y de la histórica Casa de Tucumán". La casa tiene 75 habitaciones, un gran salón, una biblioteca con 9000 volúmenes, tres estudios para músicos y un taller de pintura (algo único en la Ciudad Universitaria), una sala de televisión y otra para ping-pong, depósito para bicicletas, lavandería y sala de planchado.
De hospital a sede nazi
Con Alvear como presidente, la casa fue inaugurada el 27 de junio de 1928, con la presencia del entonces jefe del Estado francés, Gastón Doumerge. Aquél había sido "el año de la paz" gracias al tratado Kellog-Briand, que proscribía la guerra.
Pero once años más tarde las cosas serían muy distintas. "La movilización general de septiembre de 1939, tras la invasión de Polonia, afectó enormemente la vida universitaria -destacó Saiegh-. La mayoría de los estudiantes franceses fue al frente y los extranjeros dejaron el país. La Casa Argentina fue puesta a disposición de la defensa de Francia y en ella se instaló un hospital de guerra."
Durante la ocupación, los alemanes utilizaron la casa con fines no demasiado claros. Destruyeron prácticamente todos los muebles y los pocos archivos que habían quedado. Tras la liberación, en 1944, las tropas norteamericanas instalaron una de sus enfermerías. Pero a fines de 1945, la casa languidecía vacía y víctima del vandalismo.
En 1947, en un encuentro con estudiantes en el Hotel Ritz, Eva Perón se enteró de la situación penosa de la residencia y envió un millón de pesos para la restauración. El presupuesto otorgado fue tan holgado que su director, Horacio Jorge Guerrico, se dio el lujo de devolver un 25 por ciento.
El 6 de diciembre de 1948 la casa fue reabierta. Uno de sus primeros residentes fue Cecilio Madanes, que organizó en el Teatro de la Cité un concurso de dibujo que terminó ganando el artista chino Zao Wou Ki, hoy una verdadera leyenda viva.
Entre 1951 y 1952, Julio Cortázar ocupó la habitación número 40. Quienes lo conocieron dicen que no fue para él un período demasiado feliz, especialmente si es cierto el rumor de que era necesario contar con el carnet de afiliado peronista para ser aceptado en el inmueble.
La rebelión de Mayo del 68 tuvo en la Casa Argentina uno de sus más coloridos epicentros. El pintor argentino Rómulo Macio fue el autor de uno de los afiches más emblemáticos del Mayo Francés, preconizando la alianza entre los estudiantes y los trabajadores, y un joven chileno, Roberto Matta, que hacía dibujos y planos en el taller del suizo Le Corbusier, ayudó a preparar más de una barricada.
En cuestión de días, la Casa Argentina fue tomada por un grupo de residentes y unos cuantos infiltrados. El cordobés Antonio Seguí y Matta pintaron juntos un monumental mural en el salón de honor que después sería cubierto con cemento por los representantes del gobierno militar de turno.
Tras la fuga de su director, la casa quedó cerrada hasta octubre de 1969. En marzo de 1977 tomó sus riendas el escribano Pedro Ancarola. Una de sus primeras medidas fue publicar un mensaje a los residentes cuestionando la primacía del respeto a los derechos humanos.
Con la estabilidad política, la era del progreso terminó echando raíces. Y es esto, más que cualquier aniversario, lo que fundamenta todos los festejos.






