
Pionera en una isla africana
La monja que lucha contra la desnutrición en Antananarivo
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Fueron las primeras en llegar a una tierra con una cultura totalmente distinta, donde los blancos eran los diferentes, donde el idioma era un obstáculo. "No llegamos como colonos, sino a compartir. Hicimos una conquista de corazón a corazón", dice la hermana Aurora con una inmensa sonrisa.
Junto con tres religiosas de la comunidad de las Hermanas Pobres Bonaerenses de San José, que fundó la venerable Camila Rolón, Aurora viajó hace seis años a Africa para practicar lo que mejor sabía hacer: amar a los demás.
"Fuimos las primeras extranjeras en llegar a Antananarivo", recuerda, de paso por Buenos Aires. Vino a arreglar sus papeles para sumergirse de lleno en un nuevo desafío: viajar a Rumania para abrir otra casa de la congregación.
Hace unos días, LA NACION publicó la asombrosa historia del sacerdote argentino Pedro Opeka, que rescató de las calles malgaches a 17.000 personas. Pedro y Aurora fueron "vecinos", sus obras están cerca y su ayuda se expande en el mismo territorio. "Cuando el descubrimiento de América cumplió 500 años, Juan Pablo II pidió que saliéramos de la propia pobreza, que anunciáramos el Evangelio, y, por eso, nos abrimos a la misión sin fronteras", cuenta.
Así llegaron Aurora, la madre Salomé, Ana Cotet y María de la Paz a Antananarivo, en la isla africana de Madagascar, en 1998. Su propósito era trabajar en la promoción humana. "Queríamos ayudarlos a sentirse hijos de Dios", agrega. Más tarde, fueron las hermanas Josefina y Marta Isabel. A 15 km de la capital de Madagascar y a lo largo de diez pueblos, se dispersa la ayuda de las hermanas: un centro de recuperación nutricional, donde se reponen 30 bebes desnutridos, y un comedor infantil para 100 chicos. También asisten a enfermos que requieren hospitalización y distribuyen alimentos entre las familias más necesitadas.
Después de estudiar por tres meses francés en Lyon y otros seis el malgache, llegaron a Antananarivo. Perdidas en el mapa, descubrieron que "también estaba perdida por allá la capacidad de hacer el bien". Aurora se emociona al relatar: "La solidaridad es contagiosa. Tendimos unos puentes de fraternidad increíbles".
Para la hermana, la experiencia se resume en cinco palabras: "Fue un intercambio de fe". Ellos habían pedido hermanas. Ellas habían decidido entregar su tiempo a quien más lo necesitara.
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