
Preocupa en el Chaco la futura falta de alimentos
Para el gobernador, Angel Rozas, el problema más grave es la ruptura de la cadena productiva producida por la inundación; perspectivas algo más alentadoras por un mejoramiento del clima.
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"Me preocupa más el hambre que viene que la inundación que tenemos", aseguró ayer a La Nación el gobernador del Chaco, Angel Rozas.
El mandatario radical sintetizó así la gravísima situación por la que atraviesa su provincia y el resto de las afectadas por la lluvia y las crecidas de los ríos: el desabastecimiento de alimentos y el quiebre de la cadena de distribución y producción son la punta del iceberg de un desastre que crece con las horas.
Una mirada al interior chaqueño sólo reporta desolación. Presidencia Roque Sáenz Peña, la otrora pujante capital del algodón, registra hoy 8000 nuevos desempleados; además hubo que instalar 54 comedores populares y debieron suspenderse las clases.
"Los fondos municipales se agotaron y estamos manteniéndonos con la ayuda solidaria que nos llega. Pero necesitamos más comida", clamó el secretario de Gobierno de la intendencia chaqueña de Qitilipi, Carlos Alfonso.
La situación es mejor en el sector de islas del Paraná inferior, en el Delta, pero los pobladores temen que el pico de la crecida se haga sentir entre hoy y mañana.
El Paraná continuaba con tendencia creciente, y en la ciudad de Corrientes alcanzó ayer los 8,22 m, 10 centímetros más que el día anterior, por lo que se aproxima cada vez más a los 8,50 registrados en la gran inundación de 1905.
En cambio, en el Sur, más concretamente en Trelew, el tiempo mejoró y comenzó a llegar la ayuda a los 4500 evacuados.
Los vecinos del barrio Mil Viviendas se quejaron al volver a sus casas, las que en su ausencia habían sido saqueadas.
El hambre inquieta más que la crecida
La escasez de alimentos agudiza la situación de los pobladores; el Presidente anunció más asistencia económica.
RESISTENCIA.- Tal vez mañana Jorge Andreani pueda dejar el refugio y volver a su casa de las afueras de Presidencia Roque Sáenz Peña. El agua bajó, pero él está más preocupado que nunca. Lo espera el enemigo al que mejor aprendió a temer: el hambre.
Cómo a otros 20.000 chaqueños, la catástrofe climática, que arrasó casi la totalidad de los campos de la provincia, le quitó la posibilidad de trabajar en la cosecha de algodón. Ya ni siquiera encontrará la chacrita del fondo para improvisar algo de comer para su esposa y sus dos hijos.
Es la tragedia que se avecina por estas tierras. "Me preocupa más el hambre que se viene que la inundación que tenemos", afirmó ayer a La Nación el gobernador Angel Rozas, luego de despedir al presidente Carlos Menem, que estuvo aquí con gran parte de su gabinete.
Cuando se habla de 500 millones de pesos en pérdidas y de un aluvión de desempleados, cuando se ve a las vacas flacas que no se recuperarán jamás debido a las infecciones que les provoca caminar por los pastizales anegados, se entiende por qué en el Chaco no cesa el pesimismo aun cuando no llueve desde hace una semana.
Hambre y poca comida
La crisis alimentaria ya se siente. Faltan alimentos para los evacuados -menos del 20 por ciento de la ayuda que llega corresponde a víveres- y estiman en la gobernación que así como hay unos 24.000 refugiados existe otro tanto que asiste a comedores escolares u ollas populares.
El fenómeno del desempleo y del hambre se percibe con dureza en el interior de la provincia. Presidencia Roque Sáenz Peña, la bautizada "capital del algodón", es un ejemplo cabal. Sólo allí se quedaron sin trabajo 8000 personas y hubo que organizar 54 comedores públicos, según informó Roberto Curín, responsable del Comité de Emergencia Civil que se constituyó en la ciudad.
Casi todos los desempleados son albañiles y peones de campo.
Se calcula que estos últimos no conseguirán empleo hasta la próxima cosecha. Este año, el algodón, que sostiene económicamente al Chaco, se perdió.
"Sólo rogamos que cuando pase el agua no se olviden de nosotros. ¿Cómo vamos a hacer para comer?", se pregunta Andreani, parado sobre sus pies descalzos y con uno de sus chicos en brazos en el colegio Argón, donde pasan sus últimos días de evacuados.
Mientras él piensa en cómo se arreglará sin sus changas, en la ciudad la crisis lo cubre todo. No hay producción, no hay sueldos, se rompió la cadena de pagos del sector privado. Negocios que cerraron. Pocos se salvan.
Indígenas aislados
Es cierto. El hambre es un viejo conocido en esta provincia y pocos lo conocen mejor que los indígenas que viven casi aislados en colonias precarias, con escasa asistencia médica y donde el agua potable es un lujo.
Pero antes, al menos, se autoabastecían.
En la localidad de Quitilipi, en el centro de la provincia, no saben cómo hacer para que la ayuda a los indígenas alcance.
Cada día sale una expedición municipal hacia las tierras de los tobas y los mocovíes para repartir víveres, que cada vez son menos.
"Los fondos municipales se agotaron y estamos manteniéndonos con la ayuda solidaria que nos llega. Pero necesitamos más comida", explicó el secretario de Gobierno comunal, Carlos Alfonso.
A más de 30 kilómetros por una huella de tierra y barro se encontraba su destino: la escuela rural 300, donde llevaría una ración de alimentos que debía alcanzar para que coman durante dos días 60 familias.
Postales del camino: hombres intentando pescar en los charcos que dejó la inundación, vacas nadando, niños con el cuerpo cubierto de barro llenando bidones de plástico con agua.
En la escuela 300 esperaban los damnificados, que viven en casillas a las que sólo se puede acceder a caballo.
No están evacuados, pero, al arruinárseles los cultivos con los que se mantienen, la ayuda oficial es vital.
Mientras los niños -los pies descalzos, la ropa ajada-, los mayores y los ancianos observan la llegada del tractor de la Municipalidad con indiferencia.
El coordinador del grupo repartirá un poco para cada familia y después deberán volver hasta el rancho. A encontrarse con la nada.
Quizás en el camino tengan que pelearse con vecinos que intentarán robarles para lograr tirar hasta que a ellos les llegue el turno de recibir la ración. Eso pasa seguido, según cuenta a La Nación José, un toba de baja estatura y unos 35 años que parecen 50. A juzgar por el tono de su voz, no lo vencerán fácilmente.
Las historias de falta de comida y trabajo se multiplican, tanto que en los centros de evacuados y en las tolderías algunos que perdieron sus casas construyen a la vera de las rutas de esta capital, como en Santa Sylvina y Villa Angela, pueblos del sur chaqueño que perdieron todo el ganado y el algodón.
No es un mal excluyente de las clases más bajas. En los barrios de la costa del río Negro, en las afueras de Resistencia, algunas familias resisten en sus casas la inundación, a pesar de que el agua les llega hasta el balcón.
Es el caso de la familia Sánchez, del barrio de Miranda Gallino. Carlos, de 26 años, su esposa, Alicia, de 28, y su hija Florencia, de 2, no salen de su casa desde hace 10 días.
Sólo se abastecen con la poca comida que compran a un comerciante que pasa una vez por día en un bote y esperan que pase la crisis para que Carlos pueda retomar su trabajo de vendedor de ropa.
"Por ahora nos la rebuscamos, pero no sé hasta cuando podremos resistir", explica el jefe de la familia.
Todavía los chaqueños miran al cielo cada mañana y le ruegan a Dios que ni se le ocurra hacer llover. También están pendientes del Paraná y el temido pico de su crecida, que se espera en las próximas horas.
Pero nada puede hacerlos olvidar el día después, que en realidad ya está entre nosotros.




