
Quequén, un puerto con mitos propios
Por Mariano Wullich Enviado especial
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NECOCHEA.- Hace un siglo nadie hubiese imaginado que en estas costas, en donde naufragaron bergantines, veleros, buques cargueros y decenas de otras embarcaciones, se llegase a construir lo que es hoy uno de los puertos de aguas profundas más importante del Atlántico Sur: Quequén.
La historia recuerda los cascos destrozados o hundidos de El Filántropo, del Cito, del Maroula, del Nuevo Gaucho, del Caribea, de la lancha pesquera El Angel, del Argos, del San Cayetano II o del El Chaco, cuya estructura encallada fue por mucho años una vista familiar y cotidiana para los necochenses.
Tanto tuvo que ver la bravura del mar con los pioneros de la zona, que la primera bandera argentina que flameó entre la arena y el campo de aquella aldea se erigía en el extremo de un mástil que no fue otra cosa que el palo mayor de un velero que sucumbió ante las obstinadas órdenes de la tempestad.
Pero los hombres de aquí tuvieron que aprender, forzosamente, que para crecer había que cuidar a la gente del agua. Y lo hicieron bien.
Hoy, en el puerto, se puede ver cómo está perfectamente encostado contra una dársena un inmenso buque como el Western Opal, estibando una carga de 35.000 toneladas de troncos de eucaliptos con rumbo a Noruega.
A su lado, en el Sierra Laurel, las grúas suben miles de cajas de merluza congelada que pronto estarán en las cámaras de la firma José Pereira e Hijos, en Vigo, España.
Una larga historia
Necochea y su puerto (Quequén) guardan ricas historias, leyendas o fábulas de viejos marinos, pero ahora tienen mucho más: la riqueza económica que trae un puerto que está proyectando a la ciudad y a toda su zona de influencia como uno de los lugares con mayor crecimiento del país.
El empuje comenzó a partir de 1994, cuando un Consorcio de Gestión integrado por sindicatos, armadores, productores, exportadores, empresas de servicios y concesionarios de las terminales se hicieron cargo del puerto, aunque la verdadera "explosión comercial" tuvo su gran pico hace un año. El puerto había pasado de mover 4.000.000 de toneladas de cargamento en el 1966 a 5.600.000 durante todo el año Ô97.
De 200 buques que amarraban en sus dársenas, el número se elevó a 300. Es que había que darle una respuesta a las cosechas récord que comenzaban a venir de las estancias de esta parte de la Provincia.
No sólo se trató de una mayor eficiencia operatoria, sino que también tuvieron ideas felices como las de traer una draga ucraniana que mantiene permanentemente el calado en más de 40 pies (13 metros) de profundidad.
Y el futuro es aún más auspicioso: dentro de tres años la vieja escollera Sur de Quequén, extenderá su brazo unos 400 metros mar adentro, evitando así la peligrosa amenaza de las sudestadas, y permitiendo que casi no existan más días de "puerto cerrado".
En cifras, esto le podrá ahorrar diez millones de dólares a los productores agropecuarios que podrán sacar con menos costos operativos por gastos de espera y almacenaje, el cereal y la madera.
José Alfredo Bisciotti, un ingeniero necochense, que preside el consorcio portuario habla con orgullo de lo hecho y de lo que vendrá: "Estamos calificados en el nivel mundial como el quinto puerto por servicios y calidad. Aquí existe una gran perspectiva de riqueza para la ciudad y su radio de influencia, que es de unos 150 kilómetros".
Lejos del encanto de la playa, de la distracción del turismo, Quequén parece desde lejos como otra ciudad, plagada de altos edificios, que no son otra cosa que la innumerable cantidad de enormes silos, construidos por grandes acopiadoras y firmas cerealeras.
El intendente, Julio Miguel Municoy, no duda: "En Necochea se esta dando un cambio espectacular. El agro y el puerto es lo más fuerte y le están dando a la ciudad movimiento todo el año. Hasta aquí llegan más de 200.000 camiones que traen trabajo para todos".
Los que se quedan
Será por eso que de Necochea hoy nadie emigra y sus 80.000 habitantes se quedan ilusionados a la espera de más cosas que, nadie duda, vendrán.
"Tener la suerte de una doble actividad como el puerto y el turismo nos alienta a todos", comentó Mario Claus, un comerciante que tiene una despensa por la zona en donde se arriman buques y camiones, y otro quiosco en la Villa Turística.
El no se olvida de la historia de la ciudad, aquella que habla de la zozobra de un barco sueco cuyo palo mayor sirvió de cumbrera para el boliche de campo que se llamaba Las dos hermanitas. Tampoco de la goleta inglesa Iretén, que en en la medianoche de principios de siglo perdió su carga y varios de sus hombres. Tampoco olvidará a muchos de sus pescadores que se fueron con las olas y nunca más volvieron.
Dentro de la grandeza que le aguarda, su gente sabe que se torna más grande aún sin olvidar los nombres de aquellos pioneros que, entre el campo, la arena y el mar dejaron todo en una esperanzada apuesta. Todo indica que acertaron.
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