Quién es el presunto violador de las turistas francesas

Gustavo Lasi, complicado por las pruebas de ADN, es un joven reservado y protector de su familia, según contaron compañeros de trabajo y allegados
Constanza Longarte
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17 de agosto de 2011  • 20:36

Cuando se conoció la noticia de la violación y muerte de las turistas francesas en Salta, Gustavo Lasi todavía trabajaba en el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sustentable, donde hacía tareas técnico administrativas en el Programa de Fiscalización y Control de la Secretaría de Política Ambiental. Sus compañeros, que sabían que vivía en San Lorenzo, comentaban, a tono de broma: "Che, ojo que te andan buscando" o "¿No habrás sido vos que sos de la zona?". El no decía nada. Pero nadie imaginaba que esa gastada podía ser realidad y que el silencio ocultaba una revelación. Gustavo, un joven de 24 años que también hacía changas como guía turístico, era un chico reservado, servicial y dispuesto al trabajo, que ayudaba a su familia y estaba de novio hace más de dos años con Fernanda Cañizares, otra de las detenidas.

Sin embargo, las pruebas son contundentes. En el cuerpo de Houria Moumni se encontraron dos perfiles genéticos . Uno, de la joven fallecida; el otro, de Lasi. Además, fue él quien realizó un llamado desde el teléfono de una de ellas a las 19:50 del 15 de julio, el día que las ultrajaron y asesinaron brutalmente. Pensó quizás que cambiando el chip del celular no lo podían rastrear, pero esa llamada fue la que permitió seguir la pista que finalmente terminó en su detención, junto a otras cinco personas de su entorno, que podrían ser acusadas de encubrimiento.

Más tarde se supo que la carabina semiautomática que había pertenecido a su abuelo, con la que habitualmente cazaba pájaros en los cerros y que entregó a su padre para que la escondiera, era una de las armas asesinas, la que utilizaron para ultimar a Cassandra con un disparo en la cabeza. Aún no se sabe si el que apretó el gatillo fue él o Daniel Octavio Vilte o Santos Clemente Vera, otros de los detenidos que los investigadores creen que participaron del horrendo crimen.

Su madre y sus dos hermanas menores, que realizan tareas domésticas en casas de la zona, tampoco lo pueden creer. De hecho, la semana pasada realizaron una manifestación junto a otros vecinos por las calles de San Lorenzo, sosteniendo la inocencia de su hijo. "Es porque somos pobres", decía la mujer en ese momento. Y el defensor de Walter Lasi, el padre de Gustavo, se ofreció a llevarla como testigo. No sabemos si las pruebas genéticas las habrán hecho cambiar de parecer. LA NACION intentó contactarse con ellas, pero prefirieron no hablar. La noticia las habrá golpeado doblemente. Los que conocen a Gustavo lo describen como un joven muy protector de las mujeres de su familia. Los cuatro, junto a Lasi padre, que también está detenido, vivían como caseros en la propiedad de un profesional muy cerca de la comisaría de San Lorenzo, de dónde ya fueron despedidos, pero también tenían una casa en un barrio precario de la zona.

Detenido en la alcaldía de la Ciudad Judicial salteña, la principal preocupación de Gustavo es no dejar pegada a su novia, aunque la vinculó desde un principio, quizás por ingenuidad, al regalarle el teléfono y la máquina de fotos de las turistas. De la casa de la joven, en el barrio precario El Chaparral, se secuestraron el celular y la máquina.

Por eso, en su primera indagatoria, antes de descomponerse, declaró que le había hecho esos regalos a su novia, pero que ella desconocía su procedencia. Lo mismo dijo la joven cuando compareció ante el juez Martín Pérez, aunque confesó que Gustavo le recomendó que la vendiera y que compartieran el dinero.

¿Por qué se cree que Lasi, Vilte y Vera estaban juntos esa tarde en la quebrada de San Lorenzo? Porque los tres fueron a la misma escuela, se conocían de la zona y solían cazar por los cerros de esa localidad salteña. Porque Vera tenía en su poder el estuche de la máquina de fotos y porque según varios testigos, Vilte intentó vender un arma calibre 22 a muy bajo precio los días posteriores al crimen. Aunque en la primera indagatoria dio otra versión –dijo que un salteño que vivía en Córdoba le había querido comprar un revólver- en su segunda presentación ante el juez, reconoció lo que habían señalado cuatro testigos y entró en severas contradicciones con los dichos de su mujer sobre lo que había hecho el día del crimen. Los investigadores saben que Vilte miente y creen que pudo haber sido él quien efectuó los disparos.

Ayer, Gustavo se presentó ante el juez dispuesto a ser indagado, pero cuando le hicieron conocer los resultados de los peritajes genéticos, se abstuvo. Sin embargo, sus abogados defensores, Matías Adet Figueroa y Horacio Daniel Morales, contaron a LA NACION que en los próximos días volverá a presentarse ante Pérez.

Además, revelaron que fue el mismo Lasi quien se ofreció a que le saquen muestras para realizar los análisis genéticos y que denunció haber recibido golpes por parte de la policía, algo que quedó registrado en los exámenes médicos que se le realizaron antes de ser indagado y que fue denunciado ante el fiscal.

El último abrazo

Las dos jóvenes fueron violadas y asesinadas brutalmente. Las fotos son estremecedoras. Le desgarraron los pantalones y los corpiños con un elemento cortante que se cree que puede ser un machete. Las golpearon y les cortaron el cuerpo.

Cassandre Bouvier recibió un tiro en la cabeza y Moumi fue ultimada de un disparo en la espalda, la bala la atravesó y quedó tendida, por horas, agonizando sola en la oscuridad y la espesura de un monte silencioso donde sólo se escucha el ruido de algunos animales. Los investigadores creen que fue así por la expresión de su cara, un rictus de dolor y desesperación.

A pesar de lo monstruoso del crimen, cuando el padre de Cassandre se entrevistó con el juez dijo que agradecía que en la Argentina no existiera la pena de muerte, porque su hija, que era una defensora de la vida y una férrea opositora a este tipo de condena, no hubiera querido que sus violadores y asesinos terminaran muertos. Con una racionalidad inimaginable ante tanto dolor, expresó: "No quiero barbarie, porque la barbarie trae más barbarie, sólo quiero justicia".

Cuentan también que la madre de una de ellas pidió conocer el lugar exacto donde había quedado el cuerpo semidesnudo de su hija, después de lo peor. Cuando llegó, se acostó sobre el suelo, imitando la posición en la que habían encontrado el cadáver, apretando el pasto, buscando olerla, como si quisiera darle el abrazo que los asesinos le negaron, el último abrazo que nunca le dio.

Lo que vendrá

El jueves declaran dos empleados de Puma Expedition, la empresa que administra la reserva turística Quebrada de San Lorenzo, cuyas tierras pertenecen a la fina Los Maitines, propiedad de la familia Patrón Costas.

Se trata de Sebastián Gil, dueño de los equipos de la tirolesa, una de las atracciones del paseo, y de Maximiliano García, encargado de registrar a los visitantes el día del crimen.

Ayer Walter Lasi, amplió su indagatoria, pero no aportó más elementos a la causa.

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