
Reabren el legendario Hotel Jousten
Será un cinco estrellas exclusivo, con 85 habitaciones y cinco suites; había sido inaugurado en 1928 por Marcelo T. de Alvear.
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Un día dejó de atender a los pasajeros porque los turistas ya no elegían esta ciudad como antes, porque el dinero valía poca cosa, casi nada, y porque los militares que habían tomado el poder cuatro años antes eran poco confiables para ciertos ojos extranjeros. Algunos, dicen, hasta tenían miedo de venir.
Entonces, el Hotel Jousten cerró sus puertas el 30 de marzo de 1980. Y fue del peor modo posible para un edificio con tanto pasado: pocos meses después la vajilla, el mobiliario, los adornos, todo el interior de la esquina de Corrientes y 25 de Mayo, fue rematado al mejor postor.
Después, el tiempo, las ratas y el fuego se encargarían de roer los interiores, las cocinas oscuras, los cortinados comprados durante la belle époque porteña, el piso del hall de entrada...
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Pero nadie pudo con la memoria. Y fue quizá por ese detalle que, cuando la empresa NH Hoteles decidió invertir diez millones de dólares en un hotel en pleno centro de la ciudad, pensó en el Jousten.
En poco menos de un mes las puertas del magnífico edificio se reabrirán para recibir a los primeros pasajeros que ya tienen sus reservas hechas. Tendrá el mismo nombre, se podrán pisar los mismos mármoles, tal vez los cigarrillos se apaguen en los viejos ceniceros rescatados de manos traviesas con lo ajeno, pero el olor será a nuevo.
Jorge Melero Blanco, futuro administrador del hotel, no puede ocultar su alegría ni su acento español.
"Quisimos que los porteños tuvieran nuevamente un edificio tradicional de la ciudad y que conservara todos los objetos que hicieron famoso al Jousten. De ahí que estamos comprando y recibiendo objetos que los propios pasajeros se llevaron o adquirieron cuando cerró", describe.
El hombre -que se jacta de tener una hija argentina ("tucumana", aclara, como para marcar la diferencia de la Patria)- asegura que por ese hotel "pasó la crème de la crème" y que lo están preparando "a full" para que el esplendor no sea monopolio de un pasado mejor.
El futuro Jousten tendrá 85 habitaciones y cinco suites repartidas en los 11 pisos de la torre que lo diferencia de otros edificios de la zona.
Habrá un restaurante con 85 cubiertos de cocina española internacional que funcionará en el primer subsuelo y algunas innovaciones que no conocieron quienes se alojaron cuando abrió sus puertas: minibar, TV color, aire acondicionado, calefacción individual, cerraduras magnéticas, secador de pelo y vista a Puerto Madero.
El edificio del Jousten tiene un estilo arquitectónico misterioso: según la empresa NH Hoteles, se trata del típico caso de estilo ecléctico.
Algunos integrantes del estudio de arquitectura Urgel, Penedo, Fascio, que están rescatando la belleza edilicia del Jousten, juran que se trata de un edificio de estilo colonial de fuste español, mientras que el libro "Buenos Aires nos cuenta" asegura que es "un estilo neoplateresco del renacimiento español".
La historia
¿Importa el estilo? Para la descendiente de uno de los hombres que trabajaron en la construcción del edificio, eso es sólo una anécdota. Y apunta una historia desconocida para muchos.
"En 1925, la señora María Lidia Lloveras, princesa de Faucigny Lucinge, le pidió al cuñado de su hermana, el arquitecto e ingeniero Raúl Pérez Irigoyen, que realizara los planos de lo que es el actual Jousten.
"La princesa -sigue la fuente que, por modestia, prefiere no explicar cuánto tuvo que ver con los constructores del hotel- quería tener en Buenos Aires una réplica exacta de su chateau de Francia y para eso destinó el baldío de su propiedad en Corrientes, entonces angosta, y 25 de Mayo".
La construcción comenzó al año siguiente y el edificio fue inaugurado como hotel en 1928 por el entonces presidente de la Nación, Marcelo Torcuato de Alvear.
La crónica de la época dice que "en su interior predominaba el lujo y el buen gusto", que había mayólicas traídas desde España, que las columnas fueron totalmente talladas en yeso, que los pisos y la imponente escalera habían salido de una cantera de mármol de las afueras de la ciudad de Carrara, Italia, que el pasamanos de hierro forjado fue encargado a dos herreros de renombre internacional y que el mobiliario y la decoración fueron realizados por la casa Nordiska.
Más románticos son quienes recuerdan que Eduardo Mallea evocó el Jousten en "La bahía del silencio", o aquellos viejos vecinos de la ciudad que gustan de compararlo, por el estilo arquitectónico y el nombre de uno de los ingenieros, con el teatro Cervantes y el edificio del Banco de Boston.
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Melero Blanco asegura que la tarifa diaria, sobre base doble, con desayuno, será de 160 pesos, mientras que la suite presidencial, en la torre, con vista al río, por un lado, y al obelisco, por el otro, será de 225 pesos.
El restaurante -que tratará de emular al viejo El Faisán, que funcionó allí- tendrá un precio de alrededor de 30 pesos el cubierto sin vino.
"Traeremos aquellos productos españoles que acá no se consiguen, como el jamón ibérico o algún pescado, pero lo demás se hará con manufactura nacional", dice Melero Blanco.
La memoria del puerto
Cuenta la leyenda que cuando el Hotel Jousten estaba en su apogeo y la guerra en Europa hacía estragos, El Faisán era una especie de Casablanca, pero sin Humphrey Bogart. Espías alemanes e ingleses se daban cita en el bar con nombres supuestos, pasaportes falsos y profesiones de fantasía.
Cuentan también que cuando las instalaciones del Club Alemán fueron expropiadas, los habitués se pasaban horas acodados en las mesas del restaurante o en el hall de entrada soñando imposibles victorias.
Porque en ese hotel vivía gente. Porque al Jousten iban a alojarse muchos de los pasajeros que llegaban en los enormes transatlánticos al puerto de Buenos Aires y desembarcaban, por entonces, a la altura de la avenida Córdoba.
Y no es descabellado pensar que en sus mesas se tejieron historias de muerte, de ira, de pasiones y de desencuentros.
Luego vendría la decadencia de esa zona de la ciudad. Los peringundines del Bajo hicieron lo suyo, con la reputación de esas cuadras que de noche metían miedo, y los pasajeros bien vestidos mutaron en marineros fieros y dados a los tragos fáciles.
La construcción del estadio Luna Park y los eventos boxísticos le dieron un brillo particular al lugar y a la época, y era normal verlo a Carlos Monzón, en la década de los 70, festejando sus hazañas, con un champagne de nombre impronunciable para el campeón, en el Hotel Jousten.
Ahora todo está preparado para la inauguración. Los organizadores hablan de una fiesta singular, con baile, tragos, sorpresas y brillo.
Y seguramente habrá lágrimas en los ojos viejos de quienes vivieron el esplendor y la caída de una leyenda porteña.
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