
Restos de un naufragio que se convirtieron en refugio veraniego
El casco de la estancia más antigua de Mar de Ajó nació de un velero que zozobró
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MAR DE AJO.- El casco más antiguo de las estancias que se asoman al mar, al sur del río Salado, nació del naufragio de un velero alemán al que la sudestada lanzó a estas playas, en julio de 1891.
Primero fue refugio para peones y peregrinos extraviados. Más tarde, residencia veraniega de los Rosas Cobo, que bautizaron al establecimiento como Palantelén. Hoy, visitantes nativos y extranjeros se acercan todo el año para pescar tiburones, recorrer los médanos en vehículos todoterreno, cabalgar por la orilla del mar, observar a los pájaros y, sin excepción, disfrutar los platos caseros que preparan sus actuales anfitriones, María Laura y Diego Ramos Mejía.
Así, Palantelén es uno de los rincones con mayor historia de los que integran lo que por aquí se conoce como "el corredor turístico rural".
Situada a la vera de la ruta provincial 11, a la altura del kilómetro 350, se encuentra 15 kilómetros al sur de Mar de Ajó y 35 al norte de Pinamar.
Es una de las porciones en las que se dividió la inmensidad que perteneció a la familia Cobo y que en su apogeo sumó unas 60.000 hectáreas.
La primera dueña fue la hermana del general Juan Galo de Lavalle, Josefa, que a principios del siglo XIX estaba casada con un Sáenz Valiente.
La dama enviudó en 1821 y años más tarde fue desposada por Juan Francisco Cobo, con quien logró llevar el establecimiento hasta la superficie señalada precedentemente.
Así, los límites del predio se extendían desde San Bernardo hasta Pinamar y de la laguna La Salada hasta el océano.
Fatal naufragio
El 1° de julio de 1891, muy cerca de donde hoy se levanta el Faro de Punta Médanos, una violenta sudestada lanzó a la costa al Anna, un velero de dos palos procedente del puerto alemán de Hamburgo. La tripulación completa logró ganar la playa y fue auxiliada por el personal de Centinela, nombre que entonces recibía la estancia.
A la mañana siguiente, algunos marinos intentaron regresar al navío para zafarlo de su varadura y llevarlo hasta aguas más profundas, pero no hubo caso y durante las maniobras pereció ahogado el capitán del Anna.
La embarcación fue abandonada, pero su casco resistió mareas y tempestades hasta que, en 1895, un nieto de Josefa -Rafael Cobo- autorizó a uno de sus arrendatarios a utilizar la madera y el hierro del velero para construir un refugio.
La rústica casilla sirvió durante casi 30 años de cobijo de peones y peregrinos. En 1925, Javier Celestino Rosas y su mujer, Lili Cobo, los nuevos dueños del lugar, decidieron transformar la construcción en su residencia veraniega y desataron las reformas que la convirtieron en lo que es hoy en día.
Para alojar a la familia se añadieron cuartos, se utilizó la boiserie del Anna, las puertas de sus camarotes, el tablado de los pisos y los herrajes. También se trajeron algunas lámparas de aceite.
Con los años se fue incorporando mobiliario familiar, vajilla llegada de nuevas herencias y hasta una pintura de Juan Manuel Blanes en la que se ve el traslado del cuerpo del general Lavalle.
Inclusive, le pusieron nombre al lugar: Palantelén, que en lengua aborigen significa "reunión de gente alrededor del árbol".
Muy oportuna la elección, pues fueron los tiempos en que se forestaron las inmediaciones del casco.
Era la época en que la única forma de llegar hasta allí era desde la playa, respetando los caprichos de las mareas, pues recién en 1980, con la construcción de la ruta 11, se abrió el camino de acceso actual.
Ahora, María Laura y Diego Ramos Mejía, descendientes de aquellos propietarios, son los custodios de Palantelén y con su esfuerzo se sumó al predio al circuito local de lo que se conoce como corredor turístico rural, al sur del río Salado.
Ellos se ocupan personalmente de atender a los visitantes y de mantener la estancia tan cautivante como antaño.
Cuartos con historia
La propuesta de la pareja incluye recorridos a caballo o en vehículos todoterreno por los médanos del predio, las cercanías del Faro de Punta Médanos y, obviamente, una escala en el lugar del naufragio donde languidecen los restos del Anna, pero ahora rodeados por dunas, a unos 800 metros de la casa principal.
Safaris fotográficos o excursiones de pesca mar adentro completan el menú. También se organizan fiestas en el parque, a partir de la primavera, y en todo momento el pasajero tiene a su alcance la exquisita cocina casera de María Laura.
La visita puede finalizar con el crepúsculo o extenderse varios días, pues Palantelén cuenta con una casa para huéspedes.
En todos los casos se debe reservar con anticipación mediante mensajes a palantelen@hotmail.com, la dirección electrónica del lugar que tiene como origen una sudestada de 1891.
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