
Secuestros y derechos humanos
Por Rafael Braun Para LA NACION
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Leer todos los días en los diarios las noticias acerca de los secuestros puede provocar un peligroso acostumbramiento afectivo y moral. Robos hubo siempre, y el riesgo es ver a los secuestros como una nueva forma de robar.
El secuestro tiene como fin extorsionar a familiares o a personas vinculadas con el secuestrado para que cumplan la voluntad de los secuestradores, que, en general, es dinero. Se comienza por cometer crímenes contra los derechos humanos, y la amenaza consiste en atentar contra la integridad física y la vida de la persona secuestrada.
El secuestro comienza por una privación ilegítima de la libertad. La Convención Americana sobre Derechos Humanos afirma: "Toda persona tiene derecho a la libertad y a la seguridad personales" (Art.7).
"Toda persona tiene derecho a que se respete su integridad física, psíquica y moral. Nadie debe ser sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes" (Art. 5). Si las condiciones de detención que padecen las personas secuestradas ocurrieran en una comisaría, con razón se afirmaría que allí se tortura. Dichas condiciones son crueles, inhumanas y degradantes, y atentan gravemente contra la integridad psíquica y moral, tanto de los secuestrados como de sus familiares. Cuando se llega a la mutilación filmada de una víctima, el sadismo llega a extremos insoportables.
Aunque resulte obvio, hay que recordar que "toda persona tiene derecho a que se respete su vida... Nadie puede ser privado de la vida arbitrariamente" (Art. 4). Más de un secuestro ha culminado con la fría decisión de asesinar al secuestrado.
Estas graves violaciones a derechos humanos fundados en los valores supremos - vida, libertad, integridad física y espiritual- cometidas por ciudadanos deben suscitar una indignación pública semejante a la que despertaría el hecho de que fueran cometidas por funcionarios públicos. Las víctimas y los victimarios pueden ser distintos, pero los valores en juego son los mismos. No hagamos acepción de personas cuando la solidaridad con las víctimas está en juego.
El autor es sacerdote y miembro de la Academia Nacional de Periodismo.





