
También retrocede el glaciar Viedma
Aunque menos rápido que el Upsala, pierde espesor del hielo año tras año.
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LAGO VIEDMA.- "Luego de que se despeja el cielo, los rayos solares alumbran una inmensa sabana plateada, situada al sudoeste del punto en que nos encontramos y que se destaca, con la viva luz, de los oscuros nubarrones que la dominan. Es el gran ventisquero que vio Viedma, resto de la llanura helada que ocupó en otro tiempo la cuenca del actual lago."
La descripción del perito Francisco Moreno en su relato de hace 121 años es tan exacta hoy como entonces. A la distancia, el ventisquero o glaciar que describía es el Viedma, que desemboca en el lago y se deshace en los témpanos que vemos sobre el agua verde turquesa.
Es el menos conocido de los grandes glaciares argentinos para el viajero común, porque el acceso es aún tan difícil como lo era entonces. Apretado entre dos cordones montañosos que lo obligan a una fuerte curva en su bajada desde el hielo continental, el glaciar Viedma está lejos de cualquier ruta y aislado también de una eventual llegada a pie a su desembocadura, por lo escarpado del terreno aledaño.
El único medio de acercarse a esa pared de hielo, comparable a la de sus hermanos -el glaciar Moreno o el Upsala-, es hoy un bote de goma de la estancia Helsingfors, enclavada en la margen sur del lago Viedma. Con ese medio recorrimos el lugar la semana última, en un día óptimo para la observación.
También en retroceso
Tras una navegación de una hora desde el embarcadero de esa estancia, ubicada como el asentamiento humano más occidental de la Argentina, la pendiente de hielo asoma detrás de una colina de piedra pulida.
El color rojizo y brillante de la roca indica a las claras que, hasta hace pocos años, esa base montañosa estaba recubierta por el hielo. El corto plazo transcurrido desde el retroceso del hielo explica que las rocas no hayan adquirido aún la coloración más terrosa del terreno expuesto al aire por miles de años.
Tal como en el caso del glaciar Upsala, que recorrimos hace poco (ver La Nación , domingo 15 de febrero), el Viedma también muestra signos de haber perdido superficie en los últimos años, aunque en una proporción mucho menos marcada que en el Upsala.
La principal diferencia con el Upsala es que la pérdida de hielo no se registra en la longitud del frente que desciende sobre el lago -el Upsala ha perdido por ejemplo 9,5 kilómetros en 50 años-, sino en el espesor del hielo.
El ingeniero Mario Bertone, máximo especialista glaciológico argentino, explica con rapidez la diferencia: "El Upsala tiene una larga lengua flotante sobre el agua, que se va destruyendo con el movimiento del hielo hacia arriba y hacia abajo. El Viedma, en cambio, como el glaciar Moreno, apoya sobre montaña, lo que lo hace mucho más resistente. En cambio, lo que indica su retroceso es la pérdida de espesor, muy notoria desde que yo comencé el estudio en 1946".
Bertone agrega otro elemento de interés: la suciedad sobre el glaciar, claramente visible entre las grietas de su superficie: "Hace pocos años era mucho más blanco, y ése es un dato que muestra el descenso del nivel del hielo en su origen, 20 kilómetros adentro, donde se encuentra el nunatak Viedma, una palabra que proviene del esquimal y se usa para denominar el afloramiento montañoso en medio del hielo continental. Hoy ese islote está mucho más al aire y el fuerte viento del Oeste desparrama, glaciar abajo, tierra y piedras en gran cantidad".
El nunatak Viedma es la elevación montañosa sobre la cual se apoyaría la criticada línea poligonal, y ha sido desde siempre un punto de observación clave en las exploraciones científicas en la región.
Como olas detenidas
Visto desde el aire, en un sobrevuelo a baja altura, las manchas de tierra y piedras sobre el hielo del Viedma muestran con absoluta claridad la condición de río de hielo que tiene un glaciar. Las líneas siguen a la perfección la geografía y el efecto del viento, como si fueran olas detenidas. Y el crecimiento de las manchas, año tras año, permite determinar el grado de deterioro de la masa de hielo.
Sin embargo, las manchas que caracterizan a este glaciar son de larga data. Y el mejor testimonio es el del propio perito Moreno, que llegó a advertirlas con su agudísimo ojo de explorador, pese a la distancia con que analizaba el lugar.
En su relato sobre el ventisquero Viedma, Moreno describe lo que él identificaba, erróneamente, como el producto de erupciones del Fitz Roy, al que aún consideraba un volcán. "El fuego brota de la elevada chimenea, espolvoreando de ceniza la región inmediata, donde el ventisquero agrietado envía de cuando en cuando a algunos de sus helados hijos, a vagar y morir en el profundo lago", describe con énfasis poético y con valor de documento geográfico a la vez.
Pero no se trataba de cenizas de un volcán, sino de los desprendimientos del nunatak Viedma, que él no llegó a ver, aunque su descripción sirve de evidencia sobre lo que ya sucedía entonces y que se ha incrementado en los últimos años.
Lamentablemente, Moreno no pudo continuar más su exploración hacia el Oeste, por el cansancio de sus caballos, y se despidió de la región, retornando hacia el lago Argentino y desde allí por el mismo río Santa Cruz por donde había subido.
Lo que a la ida le demandó casi dos meses, a la vuelta fue un veloz viaje de sólo 23 horas en su bote, llevado por la feroz correntada del río.
Sus reflexiones finales apuntaban al futuro que esperaba para el país. Y anunciaba, para pocos años después, que "donde hoy no hay más que soledad y desamparo, veremos colonias permanentes y florecientes, y la hoy poco visitada bahía de Santa Cruz ha de ser el punto más frecuentado de los mares del Sur".
No se puede decir que se haya cumplido totalmente ese sueño de Moreno ni mucho menos. Desandando el camino junto al río Santa Cruz todavía hay más soledades que obras humanas.




