¿Tu lugar o el mío?; el dilema del hombre que decidió vivir en un hostel sin ser turista y encontró el amor
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La primera vez que se vieron, Agustín se encontraba en la cocina de un hostel de Buenos Aires. Estaba preparando su cena e insultando en voz alta, porque le habían robado sus huevos.
"¿Por qué te quejás tanto? ¿Qué pasó?", le preguntó Anika al entrar, con una sonrisa magnética y en buen inglés.
"They steal my eggs", le contestó él, espontáneo, y casi sin mirarla. Ella rió con ganas y enrojeció por completo. Entonces él la observó parada ahí, dulce, un ángel, y su rostro adquirió un tono tan colorado como el ella. El instante fue simplemente mágico.
Agustín no era un turista. Él, oriundo de Luján, se había separado después de una relación de cinco años y había decidido que no quería vivir solo y por ello emprendió la búsqueda de un departamento para compartir. "Por esas casualidades de la vida un amigo me dijo: tengo un conocido que vive en un hostel y creo que para vos eso sería ideal. Fue así como en marzo de 2013 me fui a vivir a uno que queda en Suipacha y Corrientes, en un lugar que era un `viva la pepa´, impensado para el amor. Creía que, cuando encontrase un departamento, me iría. Pasé ocho meses esperando ese momento que nunca llegó", cuenta Agustín.
La que llegó fue Anika.
¿Tan solo un lindo amor de verano?
Ani era una alemana rubia, típica, que enseguida llamó la atención por su simpatía. Después del episodio de los huevos, Agustín, encandilado, hizo gala de su pésimo inglés y pasada las dos horas de algo de charla y una evidente conexión, la invitó a salir.
"Durante nuestra primera cita, ella me planteó la idea de que quería conocer Buenos Aires, pero no los lugares turísticos, sino tal como se vive en Argentina. Su plan era quedarse durante seis meses con el objetivo de aprender español. Por entonces solo sabía decir: hola, ¿cómo estás? con la mejor tonada del mundo", recuerda Agustín, divertido. "Le dije que mi papá cumplía 60 años el fin de semana y que yo, como buen hijo mayor, iba a hacer un asado para toda mi familia. Que se sume a los treinta que íbamos a ser. Incrédula y feliz, me dijo que si". Ese sábado viajaron juntos a Luján y Agustín anunció que llegaba con una sorpresa. Cuando entró con Ani de la mano, la familia quedó atónita. ¿De dónde la sacaste? ¿Hace cuánto salen? ¿Te vas a ir atrás de ella?, fueron algunas de las tantas preguntas que llegaron como una catarata.
"Ese día el asado no me salió tan rico pero a nadie le importó. Todos charlaron con Ani. En inglés algunos, otros un poquitito de español y la mayoría, sobre todo mi mamá, con gestos. Uno de los mejores días de mi vida", cuenta.
Agustín hablaba un escaso inglés aunque se defendía, por lo que su relación creció a base de lenguaje corporal y mirarse mucho a los ojos. De a poco, se fueron descubriendo el uno al otro y, tiempo después, gracias al arduo estudio, ella perfeccionó su español. Luego de tres meses de vivir juntos en el hostel se fueron temporalmente a un departamento y acordaron comunicarse únicamente en español.

Pero el idilio estaba llegando a su fin. Ani debía volverse a Alemania y Agustín tenía programado un viaje con amigos que no podía modificar. "Tenemos tres opciones: o vos te venís a vivir a Argentina, yo me voy a vivir a Alemania o esto fue un lindo amor de verano", le dijo a Anika una tarde.
Entre los dos decidieron que cada uno debía tomar su camino y ver, con el tiempo, qué pasaba. "Yo me fui de viaje antes y mamá fue la designada para llevar a Ani al aeropuerto. Después me contó que lloró desconsolada antes de irse", rememora Agustín.
Me faltás cada día
Desde el primer día, Agustín la extrañó cada segundo. Sentía desesperación por estar con ella y quería ir pero tenía miedo de perder su trabajo. Hasta que un día se animó y sacó un pasaje para diciembre.
Pero Anika no podía aguantar tanto tiempo alejada y en agosto volvió a la Argentina.
"Es indescriptible lo que sentí al volver a verla después de seis meses", dice Agustín, emocionado, "Abrazarla, acariciarla, sentir su olor. Se quedó en Buenos Aries durante cinco semanas increíbles donde compartimos mucho y disfrutamos juntos del tiempo. Y el 12 de Diciembre llegó mi turno y viajé con la ansiedad que me caracteriza a Alemania. Tenía unas ganas de volver a darle un beso, mirarla a la cara y escuchar su voz desde cerquita".
En Alemania, Agustín se acercó a una cultura que desconocía totalmente. El interrogante de cómo podrían unir sus destinos se hizo imposible de eludir. Él no hablaba ni una palabra de alemán y a Anika no la convencía vivir en Argentina.
Entre idas y vueltas, finalmente Agustín la convenció de que venga a vivir a Argentina y que le dé la oportunidad. Para su llegada, en noviembre de 2015, la esperó con un departamento alquilado y amueblado. Juntos, se pusieron en campaña para buscar trabajo, hacer los papeles y todo lo necesario para encontrar su futuro en Buenos Aires.
El sueño duró poco.
Un lugar donde también puedo ser feliz
"A los 4 meses de su llegada, Ani ya tenía un trabajo que no le gustaba, hablaba mucho mejor español, pero no se sentía cómoda en mi país y yo podía sentirlo perfectamente. Mi decisión fue instantánea: me anoté en un curso de alemán para aprender este idioma tan difícil y en algún momento, no sé bien cuándo, me dije a mi mismo que me tenía que dar la oportunidad de vivir en Alemania, al igual que ella lo hacía en Argentina", explica Agustín.

Para afianzarlo, Agustín le ofreció matrimonio y un 30 de septiembre, junto a la familia y amigos de Anika, que vinieron a la Argentina por primera vez, se casaron. "Ani traducía casi todo el tiempo. Mi mamá y la suya se pusieron con 2 computadoras una al lado de la otra con Google Translate para poder hablar y expresarse entre ellas", explica con una sonrisa.
El 1 de Enero a las 14hs, después de pasar toda la noche sin dormir, Agustín voló con un ticket sin vuelta a Hannover hacia la decisión más importante de su vida. Anika, que había partido unos días antes, lo recibió de forma inolvidable.
"Comencé a hacer cursos de alemán y a relacionarme bastante rápido. Encontré familia, amigos, conocidos y gente de todo tipo. Hoy, después de poco más de un año sigo practicando el idioma, tengo trabajo y con Ani somos muy felices. Descubrí un lugar en el mundo donde, como en Argentina, soy feliz. Extraño muchísimo a mi familia y a mis amigos, pero hoy este es el lugar que elijo para vivir la vida con Ani. Sabemos que tenemos más desafíos para afrontar en la vida, y estamos seguros de que hacemos un buen equipo para jugar cualquier partido", concluye Agustín, con orgullo.
Agustín jamás supo quién le robó los huevos, pero, si lo encontrara, le diría que gracias a él encontró el amor en el lugar menos pensado y el valor para emprender nuevos desafíos en su vida.
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