
Un bocinazo con ecos en todo el país
En la Capital, comenzó antes de las 20, como estaba previsto, y se prolongó hasta las 20.20; no se registraron actos violentos
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Como si se tratara de poner sonidos a la ansiedad generada por la creciente ola de violencia registrada en el país, el bocinazo programado para ayer a las 20 contra la inseguridad, comenzó antes de hora.
Primero, en forma tímida, con algunos cláxones aislados. Pero, a las 20.03, en la ciudad de Buenos Aires y en aquellas capitales donde la crisis se ensañó más de la cuenta, la protesta fue total.
Y nada se dejó de lado. Todo sirvió para demostrar la bronca, una bronca que curiosamente no se tradujo en palabrotas, en gritos amenazantes o en violencia. Fue un acto silencioso, si es que un bocinazo puede serlo: las bocas no hablaban, sólo los brazos se movían al compás de un concierto desentonado de ollas, llaves y aplausos.
En el centro
LA NACION estuvo en varios barrios a la hora de la protesta, organizada por la Coordinadora de Actividades Mercantiles Empresarias (CAME). Y en todos hubo un denominador común: los bocinazos de los autos, las mujeres -en su mayoría- con cacerolas en los balcones, adolescentes -muchos- envueltos en banderas argentinas que sacaron a relucir todo el cotillón futbolero; hombres que paseaban a sus mascotas -todas presas del nerviosismo- y que utilizaban las llaves para golpear postes de luz. Y cuando no había con qué, se apeló a lo más cercano: una mujer, en Santa Fe casi Callao, levantó un tablón del piso y le arrancó sonido a un semáforo.
Los aplausos también fueron bulliciosose y había que ver a las mujeres que soltaban las manos de los carritos de sus hijos para apoyar la protesta, vendedoras que chocaban perchas en las puertas de sus negocios y hasta la señora glotona que ingresó en una heladería sólo por gusto y que debió dejar su crema del cielo para unirse al reclamo.
Esquinas clave
Si bien los sonidos del no a la violencia y la inseguridad no tenían lugar de concentración, hubo puntos clave donde los vecinos se agruparon espontáneamente: la avenida Cabildo, en Belgrano; Rivadavia y Callao, en Congreso; casi todas las esquinas del Palacio de los Tribunales, donde los ahorristas que reclamaban por su dinero esperaron para participar de la manifestación pública; la avenida Independencia y la 9 de Julio, por citar sólo algunos ejemplos.
"El robo, el saqueo, el cuatrerismo, la violencia y los secuestros impiden que hombres y mujeres de trabajo puedan transitar, ya sea en las ciudades, caminos o los campos", aseguraba CAME en el comunicado de convocatoria a la protesta.
"El miedo paraliza a la sociedad toda. Esto produce daños a todo nivel: individual, familiar, social, económico. Es necesario hacer algo para salir del miedo", sostuvo la entidad que preside Osvaldo Cornide.
"Como ciudadanos, reclamamos al Poder Ejecutivo, al Legislativo y al Judicial que tomen las medidas necesarias para poner límite a este estado de conmoción que provoca la ola de violencia", dijo Cornide.
En el interior
En Rosario, Córdoba, Mendoza y Santa Fe, la protesta se hizo sentir en todos los barrios. Para eso ayudó la adhesión de las entidades más tradicionales y las Organizaciones No Gubernamentales (ONG) locales.
En Rosario, los organizadores habían solicitado al Arzobispado que permitiera a las iglesias redoblar las campanas entre las 20 y las 20.10 para que la protesta se escuchara en toda la región", lo que finalmente sucedió.
También hubo coros, el Himno Nacional varias veces entonado, aunque los bocinazos taparon algunas de sus estrofas. En Córdoba sucedió algo similar y las diferentes formas de protesta se extendieron a los barrios periféricos, donde la pobreza y la inseguridad castigan con rigor.
En la provincia de Buenos Aires, la protesta fue contundente y hasta en zonas rurales -donde los productores son constantemente amenazados- se escuchó con fuerza el reclamo.
Pero no todos aplaudieron: el habitual ejército de cartoneros, de vendedores ambulantes, de mendigos y de sin techo no aplaudieron: miraban con ojos bien abiertos, mientras se esforzaban por conseguir un poco del magro botín diario.
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