
Un comedor de La Cava, al borde de cerrar sus puertas
Puede funcionar hasta el lunes próximo
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Cada lunes, Julio abre las puertas de su comedor como si fuera la última semana en la que estará abierto. Tiene cada vez más pedidos y menos ayuda. Una ecuación que siempre está al borde de los números rojos.
Ahora sabe que el comedor podrá funcionar hasta fin de mes. Pero el lunes próximo se sumerge en la incertidumbre. Julio Esquivel cuenta que La Casita de la Virgen tiene el futuro hipotecado. El mismo dilema que la semana anterior. Y la anterior.
La historia de La Casita empezó en 1994, cuando Julio se propuso tener una casa de puertas abiertas. Cuenta que nació hace 38 años en la villa La Cava, en San Isidro, pero que siempre misionó. "La vida de la Madre Teresa despertó en mí las ganas de hacer otra vida", dice. Leyó el libro "La santa del basural" y miró por la ventana. Una montaña de basura crecía frente a su ventana. Si el paisaje era parecido, ¿por qué no hacer algo similar?
"Estuve trabajando en Brasil, en Liverpool, en Roma, en los Estados Unidos, siempre con gente de la calle. Pero cada cosa que hacía me traía más para acá, en lugar de alejarme. Ahora, estar acá es una decisión personal", relata. Volvió a Buenos Aires y se fue a vivir a La Cava, "con un colchón y una virgencita", explica.
A mediados de los 90, la crisis social empezó a complicar las cosas. Se hacía necesaria una respuesta urgente. "Con un kilo y medio de menudos de pollo, cebolla de verdeo y un paquete de polenta les dimos de comer a 17 chicos", recuerda. Era el 1° de mayo de 1995. "Para fin de ese año, venían a comer 80 chicos. Hoy tenemos 350 menores, seis abuelos y cinco adultos", agrega.
Con los años, La Casita se convirtió en un centro de atención a la niñez: "Los sábados trabajamos sobre los derechos de los niños, damos charlas y apoyo escolar, hacemos recreación. También tenemos varios microemprendimientos, hacemos jabones, imágenes religiosas", cuenta Julio.
El comedor funciona en dos turnos: de mañana y de noche. "De 7 a 9 servimos el desayuno", señala Andrés, el encargado del primer turno. La comida de la noche se sirve entre las 19 y las 21. "Funciona de una manera estratégica. Los chicos toman a la mañana un buen desayuno para que puedan rendir en la escuela y, a la noche, comen para irse a dormir con la panza llena", dice Estela, la hermana de Julio, a cargo del segundo turno del comedor. Es difícil calcular cuántos platos sirven. "Hay chicos que repiten hasta cinco veces un vaso de leche", dice.
Julio comenta que reciben un subsidio de 3100 pesos del gobierno provincial. "También donaciones de azúcar y de fideos. Hasta el 1° de noviembre estamos", agrega.
Caritas y la Facultad de Medicina realizaron un relevamiento que detectó a 40 chicos desnutridos. "Pasó un año y recién salió uno... Yo no voy a bajar los brazos, estoy decidido -afirma Julio-. Quiero hacer esto de la mejor manera posible. Si sacamos a uno, podemos sacar a los otros 39."
Dice que, menos azúcar y fideos, necesitan de todo. "Los chicos tienen cubiertos los requerimientos diarios. No podemos bajar de ese nivel porque ponemos a los chicos en riesgo", agrega. Para ayudarlos, el teléfono de La Casita es el 4723-1648 y el de Estela es 15-5416-8433.
Salud
- Cada argentino destina unos 261 pesos anuales, en promedio, para afrontar gastos en salud no cubiertos por obras sociales ni prepagas. La cifra equivale a unos 9400 millones de pesos, el 2,5% del Producto Bruto. El dato integra las conclusiones, que se conocieron ayer, del X Congreso Internacional de Salud, Crisis y Reforma realizado en Parque Norte.




