Un italiano, guardián de los Andes
Un escalador de Lecco dejó su país y a su familia para vivir como un ermitaño en la Patagonia
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SANTA CRUZ.- "El trabajo me daba para vivir; el alpinismo y la Patagonia me hacían vivir. Por esto, cuando me fue posible, vendí mi pequeña fábrica de hilos de hierro en Lecco, dejé en Ballabio a mis padres, a tres hermanos, a dos hijos ya grandes, y me vine aquí, a la Patagonia, por el resto de mis días.
"Hace años mi esposa me preguntó: "¿A quién querés más, a tu familia o a las montañas?" A las dos, de la misma manera, respondí. Me equivocaba: al final vencieron las cumbres. Tanto es así que mi esposa está en Lecco, donde pidió el divorcio, y yo estoy aquí -desde hace ya cinco años- con algunos remordimientos, pero sin pesares."
Viajó desde las montañas prealpinas hasta los Andes australes para realizar un sueño de la infancia: encontrarse a sí mismo en un espacio sin límites y tierras sin dueños. Encontró espacio y tierra, quizá también la paz que buscaba: vive solo en una estancia de 26.000 hectáreas, entre 600 ovejas, decenas de vacas, caballos, guanacos y gallinas inmersos en una provincia dos veces más grande que su Italia natal, con una de las densidades de población más bajas de la tierra (0,7 habitante por kilómetro cuadrado).
La de Casimiro Ferrari es la historia tierna y desgarradora de un amor por la aventura. Un amor loco nutrido por las cimas más tempestuosas del mundo y concretado después de 35 años de un "adulterio" vivido manifiestamente.
Casimiro Ferrari -que cumplirá 60 años el 18 de junio- es aquel escalador que, como pocos, marcó la historia del andinismo patagónico.
Por derecho propio
"¿Cómo olvidar los 17 días que utilicé para vencer los 1450 metros del Fitz Roy, sobre cuyas paredes acampé por 182 días y 182 noches?", murmura Casimiro.
Los ojos de Ferrari se fijan en el arco andino, cuya majestuosidad admira el alpinista cada mañana desde su estancia Punta del Lago, así llamada porque está situada en los alrededores de la cuenca del glaciar Viedma.
Su dedo índice señala una por una las poderosas estructuras rocosas en el límite entre la Argentina y Chile, golpeadas por vientos de más de 200 kilómetros por hora, que Casimiro conquistó en ascensos legendarios: desde el cerro Torre, en 1974, hasta el Mermoz, en 1994.
Miro -como lo llaman los amigos- fue y es un mito viviente, pero nunca se embriagó con la gloria de sus hazañas por su carácter esquivo y cerrado. Sólo hoy, a 15.000 kilómetros de Italia, a 3000 de Buenos Aires, y desde hace poco jubilado por problemas de salud, abre la caja fuerte de sus sentimientos y explica las razones de su corazón: "Sí, lo sé, la gente no me conoce, pero lo importante es que el alpinismo mundial conozca mis proezas, no a mí. Vine a este lugar por primera vez con Carlo Mauri -alpinista italiano- en 1965. Quedé deslumbrado. Le estoy eternamente agradecido al pobre Mauri (muerto en 1982). En su reconocimiento, abrí un refugio con su nombre en el lugar donde paró la primera vez que "asaltó" los Andes".
De boca en boca
En estos días, mientras el verano austral llega a su fin, ese refugio es meta de escaladores, amantes del trekking, mochileros y pescadores que supieron de Casimiro gracias a los comentarios de boca en boca, difundidos por el viento que barre la Patagonia.
Casimiro se dedica al agroturismo más por amor que por dinero. Le avergüenza mucho pedir plata por la hospitalidad concedida, a pesar de las protestas de su colaboradora argentina, la señora Ana Rojo, según confesó el italiano.
"Es un modo de hacer amar este lugar a los amigos, que vienen a veces desde Lecco a darme una mano, y a los no tan amigos -continuó el italiano-. La Patagonia y sus montañas representan todo para mí. Aquí descubrí mi verdadero valor. Una vez, hace años, fui a una playa en Cervia, al norte de Italia, que estaba colmada de gente. Experimenté horror y preocupación, me sentía solo por dentro. Por el contrario, en las paredes de granito y de hielo alcanzaba la libertad física e interior."
Dino Buzzati, escritor y periodista italiano, amante del alpinismo -a quien Ferrari conoció por intermedio de Mauri-, le reprochó a Casimiro pensar sólo en sí mismo: "Tuve que aprender, me dijo Buzzati, a transmitir cualquier cosa a los otros y no hacer sólo lo que yo quería. Mirá: mis verdaderas pasiones son las excursiones en la montaña y la pintura. Y, en cambio, me tocó trabajar de periodista".
"Pero yo no tenía los instrumentos para hacerlo -concluye Miro-. Tengo sólo la escuela elemental y no leí los libros de Bruce Chatwin o de Sepúlveda, que veo en las manos de los turistas. Yo la Patagonia la leo directamente, a mi manera, como hacen los escritores. En esas cumbres, donde quedé pegado como un murciélago por 182 días y 182 noches, mis ojos vieron cosas que mi corazón no podrá olvidar."
Cuerpo y alma de alpinista
Casimiro Ferrari nació en Ballabio, provincia de Como, Italia, el 18 de junio de 1940. Comenzó a trabajar como operario, pero desde muy temprano dedicó cuerpo y alma al alpinismo.
A los 18 años entró en el glorioso equipo de alpinistas Ragni di Lecco; a los 21, ingresó en el grupo del Club Alpino Italiano (CAI). Desde 1974, Ferrari escaló casi siempre en la Patagonia.
En 1972, Cesare Maestri -después de diversas y dramáticas tentativas- logró tocar la cima del cerro Torre, recuerdo que hoy mantiene presente. Y dos años más tarde, la ascensión la hizo acompañado por los Ragni di Lecco.
Es caballero de la república italiana desde 1977 por sus méritos alpinísticos. Miro para los amigos, El Patagónico o El Cóndor Italiano para los argentinos, fue el escalador líder del alpinismo de Lecco de los años 70 y 80.
También marcó la historia del "andinismo patagónico". Ferrari es considerado el verdadero conquistador de la montaña andina.
Sucede que Casimiro protagonizó ascensos legendarios: desde el cerro Torre, en 1974, hasta el Mermoz, en 1994.
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