Un matrimonio les dio una nueva familia a 47 chicos sin hogar
Un profesor secundario y su esposa encabezan un proyecto que ya tiene 14 años.
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El destino quiso que Juan y Anna von Engels no tuvieran hijos biológicos. Pero la vida llenó este vacío con creces: ahora tienen 47 chicos de entre tres meses y 24 años en su casa.
El matrimonio adoptó a tres de los chicos que viven con ellos y está al frente del Hogar MAMA, en Villa Ballester, desde que abrió sus puertas en 1983.
La historia de los Von Engels merece ser contada con lujo de detalles. Todo surgió hace 14 años, cuando Juan, que por aquel entonces era profesor de educación física, decidió congregar a sus alumnos de quinto año y a algunos egresados en torno de una buena causa.
Ya desde el nombre del hogar se advertía el propósito del profesor: MAMA significa Mis Alumnos Más Amados.
Compraron un terreno, demolieron la edificación que allí había tratando de rescatar la mayor parte de ladrillos y entre todos pusieron manos a la obra. Para reunir fondos, juntaron papeles, pintaron cordones, organizaron rifas y festivales. Además, el profesor vendió las dos propiedades que tenía y les dio el dinero para seguir adelante.
Tan fuerte fue el compromiso con este proyecto que la mayoría de esos adolescentes, hoy adultos, siguen en el hogar. Muchos volvieron como profesionales: los tres pediatras, el contador y la abogada del hogar eran de aquel grupo. Marta Frontini, actual coordinadora del hogar número uno, también.
Los juzgados de Menores y el Consejo del Menor y la Familia les derivaron a los chicos que hoy viven en dos casas. Se trata de grupos de hermanos que no tienen un vínculo recuperable con sus familias y que en MAMA reciben algo que ningún otro instituto podría brindarles: una madre y un padre.
"Los hermanos habían crecido en distintas instituciones y no se conocían. Aquí se reencontraron", cuenta Frontini (580-9000).
El objetivo de la fundación es que los chicos venzan la inseguridad que les genera pasar de casa en casa para formar en paz su proyecto de vida.
Los mismos jóvenes de MAMA se convirtieron en un ejemplo real para los más pequeños. Si los más grandes pudieron, ellos podrán.
Como una salida laboral y una fuente de recursos para la institución, crearon una escuela panificadora que los mismos jóvenes bautizaron "Los pibes de MAMA". A partir de los 16 años, los chicos aprenden un oficio para poder adquirir su propia independencia económica.
La panificadora provee a los supermercados Jumbo y Norte, a Fargo y a gran parte de Villa Ballester, y sus 23 integrantes formaron una cooperativa. A seis cuadras de allí está el segundo hogar de MAMA, donde viven 15 personas. Son madres con sus hijos, que fueron golpeadas o sufrieron abusos, y allí el proyecto es otro: capacitar y preparar a estas mujeres para que sean jefas de familia.
El objetivo es que los jóvenes creen su propio futuro y puedan construir lo que recibieron en MAMA: una familia. Esto hará posible que la institución reciba a otro niño. "Por cada chico que adquirió alas, se le dará a otro raíces", dicen en el hogar.
Tanto es así que seis parejas ya formaron sus propios hogares y le dieron diez nietos a Anna y a Juan.
Ayudar a quienes ayudaron
Las necesidades del hogar se cuentan por decenas y, sin embargo, no pierden su capacidad solidaria. Como una forma de devolución a la comunidad que los ayudó -y ayuda- colaboran con comedores, dan apoyo escolar y trabajan con el barrio Libertador, una zona con muchas carencias.
"La pobreza no debe ser motivo de la desintegración de una familia. Cuando un chico entra en el hogar, estudiamos su grupo familiar y si sus problemas tienen un origen socioeconómico los ayudamos a recomponer la situación", asegura Juan.
Y se sienten felices con sus propias estadísticas: reconstruyeron más familias fuera del hogar que dentro de él.
Cualquiera podría pensar que las cosas no son fáciles para una madre de 47 chicos, pero la tranquilidad de Anna demuestra lo contrario. "Acá tienen mucha libertad y mucho respeto, y eso hace más fácil la convivencia", explica a La Nación la supermadre .
-¿Alguna vez pensó que iba a tener una familia tan numerosa?
-No, las cosas se fueron dando así y es una verdadera satisfacción. Con el trabajo diario uno no se da cuenta, pero cuando vuelve la cabeza y ve en lo que se transformaron los chicos, se siente algo inexplicable.
Orgullo. Eso es lo que Anna sentía y no podía explicar. Con la familia que formaron, después de 37 años de matrimonio, los Von Engels tienen sobrados motivos para sentirlo.




