
Un mundo oscuro de seres olvidados
Proyectan reformas que mejoren la vida de los internos; pocos reciben visitas o se valen por ellos mismos
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Mientras el nuevo director de la colonia Montes de Oca anuncia una remodelación edilicia y mejoras en el tratamiento de los internos, los enfermos alojados en la institución sobreviven tanto como lo permiten las patologías que padecen dentro de instalaciones construidas en el siglo pasado.
Algunos de ellos nunca recibieron el beso maternal de las buenas noches, aunque sus miradas destilen cariño. Otros no comprenden qué los llevó allí, no pueden comer ni vestirse por sus medios y jamás van a salir del estupor en el que están. Tampoco del establecimiento, donde quedaron depositados hace muchos años.
Lo que hay que comprender antes de incursionar en el instituto neuropsiquiátrico, para no impresionarse, es que no se trata de un manicomio clásico -con locas desgreñadas, aullidos y castigos corporales- ,como los de las películas, aunque todas sus historias hayan tenido condimentos cinematográficos.
Los que están allí difícilmente puedan ser catalogados como locos. Antes bien, en términos psiquiátricos, son oligofrénicos; es decir, deficientes mentales, personas cuyo desarrollo intelectual se vio interrumpido por causas genéticas, traumáticas o por enfermedades. A ellos se agregan otras patologías, como esquizofrenia o epilepsia.
Chicos en envase grande
Son chicos. Grandes solamente en cuerpo, con manos torpes, orejas arrepolladas, narices carcomidas y unos ojos eternamente asombrados que expresan lo que algunos no pueden poner en palabras.
Y sus afectos, en los casos más graves, pasan solamente por las enfermeras, los médicos y los ordenanzas, a quienes sistemáticamente llaman mamá o papá, no importa qué edad tengan, no importa si usan pañal o no.
Son 1270 hombres y mujeres y unos poquitos chicos de los que las familias han preferido olvidarse. O no han podido hacerse cargo, porque la pobreza de hoy ha llegado a cortar los vínculos familiares de cuajo.
Viven en diez de los doce pabellones de la colonia, que tiene 236 hectáreas y queda a 16 kilómetros de Torres, partido de Luján. Pabellones que se construyeron en 1915, con el concepto de la época, en tres pisos, con techos altos, y con la misión de tenerlos encerrados hasta su muerte o su alta. Todos llegan allí por orden judicial.
Pabellones que tienen mucha luz, pero pocos baños, difíciles de calefaccionar y de refrigerar. Habitaciones con ventanas tan altas que hay que treparse a las camas para ver el exterior. Habitaciones que quedan en la planta alta, aun cuando muchos de ellos tengan problemas para desplazarse por sus propios medios. O les falten miembros. Peligrosas, si hubiera un incendio.
En el gigantesco predio, con una arboleda digna de una reserva natural, deambulan los que se socializan, aquellos que están mejor y participan en las tareas cotidianas. Como Juan B., que nos sigue en la visita, hace de guía y dice ser "el public relations de la institución".
O como Miguel, un hombre con hombros de estibador que a todos llama "señor ministro" y sorprendió una vez al titular de la cartera de Salud de la Nación, Héctor Lombardo, quien reaccionó orgulloso de ser reconocido por un paciente en su reciente visita al predio.
O como La Rubia y Campanita, que desarrollan una historia de amor en los parques. Y otra pareja que se besa locamente a la vista de todos, camina abrazada bajo la arboleda y quiere que le saquen una foto.
Las cuatro comidas
Los que conversan con las visitas se definen como privilegiados porque hacen las cuatro comidas diarias. "No como afuera, donde hay hambre y no hay trabajo", dicen.
En la cocina, que ocupa medio pabellón, las paredes azulejadas desprenden el mismo olor que en cualquier hospital o colegio inglés, olor a carne hervida y a grasa. En ollas de acero con capacidad de 200 litros hierven las sopas y el arroz. Incontables hornos industriales asan el pan de carne que los internos van a comer en sus edificios o en el parque.
Griselda Grand, la nutricionista de la empresa Food Time, muestra los menús pegados en la pared: hay dietas hipoproteicas, para diabéticos, hiposódicas, y hasta para quienes sufren de hemorroides, dice.
Nos recibe Hugo Quelle, que hace tres meses se hizo jefe de cocina, cuando cambió la administración, tras las denuncias públicas sobre deficiencias e irregularidades en el instituto. Y ofrece mostrar todo: la cámara frigorífica para la carne, el sector de peladero de verduras y otro donde la comida elaborada se carga en un camión, que sirve para repartir las raciones por los pabellones y que entra de culata en la antecocina.
El shock más fuerte aguarda en el edificio Nº 7, donde hay 107 hombres en el estado más avanzado de oligofrenia. Allí fueron tomadas unas fotos, que dieron vuelta por diversos medios, de seres desnudos contra una reja que ahora fue quitada.
Esos hombres no saben vestirse ni pueden lavarse los pocos dientes que aún conservan. La ropa parece sobrar de sus enjutos cuerpos; la piel parece sobrarles, algunos muestran los colgajos en los muslos. En una esquina, una pila de metro y medio de alto de ropa con orina o restos de materia fecal se acumula mientras las enfermeras les vuelven a poner remeras y pantalones de jogging limpios, de talle equivocado, prendidos al revés.
"No toleran la ropa y se la sacan. Una vez que la ensucian, no se la vuelven a poner. Si usted o yo vamos al baño una vez por día, ellos defecan cada vez que comen algo, por reflejo. Son como bebes, incontinentes", dice Patricia Guiral, supervisora de enfermeras. Algunos pueden comerse las heces si se los deja sucios. Otros practican formas de autocanibalismo y se mutilan.
El médico clínico Benito Sonnenberg recorre el amplio espacio explicando los controles a los que se los somete cada año. "Se les hace un chequeo clínico, radiológico y cardiológico anual, salvo que tengan enfermedades o accidentes en ese período. También se los atiende en el consultorio odontológico", explica. Los consultorios son abiertos. Visitamos el de odontopediatría.
"Estos enfermos son llamados gatosos, porque gatean, como bebes. Son afectuosos, cariñosos, amigables con el personal y entre ellos. Algunos forman grupos, con los que se juntan todo el tiempo, y otros están solos, se quedan aislados del mundo", asegura Sonnenberg, que atiende en los edificios 7 y 9.
Montes de Oca no es un lugar del que se salga fácilmente. Ni para los pacientes ni para las visitas. De toda la población, son contados los casos en que los enfermos reciben el alta. O si la reciben, no tienen donde ir porque han sido abandonados por sus familias.
"De 107 pacientes, sólo 35 han tenido visita -dice el médico-. Algunos de ellos llegaron aquí de chicos y, para ellos, somos como los padres."
Hay internos cuya mejoría, obtenida por medio de la medicación y los talleres ocupacionales, les permite colaborar en las tareas cotidianas. Daniel R. S. sale de vez en cuando a lo de la hermana, pero recientemente no, "porque la última vez le hice subir la presión a 20", dice.
Los del pabellón 9, que están en el 8 porque aquél se quemó el año pasado, tienen pequeños roperos con candados. "Porque saben cuidar sus pertenencias, tienen posesiones", explica Mabel, la jefa supervisora que hace diez años los cuida.
Posesiones terrenales, algo de lo que casi todos se desprendieron al entrar en la colonia, donde por orden judicial permanecen privados de su libertad hasta nuevo aviso.
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