Un nuevo museo y viejos conflictos
Representantes de comunidades mapuches se sumaron a la inauguración, pero para reclamar la devolución de tierras
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LELEQUE, Chubut.- A veces, hay más de una forma de contar una historia. Esta que se narra aquí ocurrió ayer entre las montañas del nordeste de Chubut, unos 100 kilómetros al norte de Esquel.
Se puede contar que se inauguró un museo formidable, que cuenta la historia de la gente que habitó la región, desde sus primeros pobladores.
O también, que en medio de los actos oficiales aparecieron los mapuches para recordar que el conflicto que ha enfrentado al Estado con ellos no finalizó con las huestes del general Roca.
Como estaba previsto, periodistas, científicos y funcionarios se trasladaron hasta esta zona que décadas atrás, cuando el camino no estaba asfaltado y no había sido desviado, fue parada obligatoria de los viajeros que descansaban de la aridez y los vientos gracias a su bien surtido almacén de ramos generales. En este lugar se construyó ahora el museo.
La invitación corría por cuenta de la empresa Benetton, que aportó cerca de 800.000 pesos para la construcción y la apertura de la exhibición. Una participación menos visible tuvo el Estado nacional, al pagar el sueldo de los científicos responsables del proyecto y otorgar subsidios, vía Conicet y Agencia de Promoción Científica y Tecnológica, a los investigadores.
Historia con sorpresas
El Museo Leleque, que se ubica dentro de la gran finca que tiene la textil italiana en esta región para producir lana, cuenta una historia de 13.000 años y nació a partir de las colecciones de Pablo Korschenewski.
Este inmigrante ucranio, amante de la Patagonia y de la "tragedia de los indígenas de la región", según dijo ayer, dedicó su vida a preservar el patrimonio cultural de esta tierra, hasta que donó sus colecciones para construir un museo. Pero no se las dio a la provincia de Chubut porque, afirmó, "llevé la idea y no quisieron saber nada". Los hermanos Benetton, en cambio -más precisamente Carlo-, sí se interesaron y así, junto con la Fundación Ameghino, la idea empezó a cobrar vida.
Seguramente, nadie vendrá hasta este paraje sólo para ver el museo. Pero pasar por la ruta nacional 40 sin hacerse de un tiempo para visitarlo sería imperdonable.
Sus más de 15.000 piezas no están todas en exposición, por supuesto. Pero lo que se exhibe ha sido cuidadosamente seleccionado y acomodado para que la historia de un lugar en particular, como el oeste patagónico, se convierta en un imán para la curiosidad.
La concurrida inauguración de ayer, sin duda, fue exitosa, merecida para un museo tan interesante. Hablaron el gobernador de Chubut, José Luis Lizurume, y los encargados de la institución, los investigadores Rodolfo Casamiquela y María Teresa Boschín. También, Lucerinda Cañumil, una cacique mapuche de 74 años, quien dio un extenso discurso en su lengua que, por desgracia, casi nadie pudo comprender.
Pero a la hora del corte de cintas llegó la sorpresa. Un grupo de mapuches y tehuelches apareció por el camino. Eran hombres, mujeres, ancianos y niños, vestidos con atuendos tradicionales de su pueblo. Llevaban pancartas que decían "Benetton: fuera del territorio indígena de Vuelta del Río" y "Fuera ejército de la comunidad mapuche". También, fotos con tanques de guerra entremezclados con aborígenes.
Diálogo de sordos
Durante algunos momentos la situación fue extraña. Mientras el párroco de El Maitén bendecía las instalaciones, el grupo gritaba arengas en mapuche, mientras dos ancianas que llevaban pequeños tambores ejecutaban melodías tristes.
De inmediato explicaron que venían para hablar con el gobernador. Que querían que les devolvieran y reconocieran tierras.
El gobernador, que no parecía dispuesto a encontrarse con los mapuches, finalmente accedió y comenzó un diálogo de sordos. Los mapuches querían definir día y hora para charlar sobre sus reclamos. Lizurume, voz firme, decía que los tiempos los manejaba él. Y que no quería poner plazos para las soluciones que prometía, porque no sabía si las podría cumplir.
Una representante de Benetton se acercó amablemente al grupo. "Ustedes hablan de usurpación... No pueden decir eso porque Benetton compró la tierra legalmente. Además, saben que nosotros los ayudamos y les damos trabajo", dijo.
"Sí, pero compraron tierras con nuestra gente adentro -le contestó una mujer mapuche-. Si está en el interés de la compañía ayudarnos, que empiecen por devolvernos las tierras para que podamos de una vez por todas empezar a vivir."
"El tema concreto es que hay 18 lotes que ocupa Benetton, que se están pidiendo, y que pertenecen a la comunidad de Vuelta del Río -agregó una joven indígena llamada Roxana-. Nosotros no queremos ofender a nadie ni desacreditar a la compañía. Ninguno de nosotros es inversionista ni fabrica textiles. Por ahí tejemos telar, pero no vamos a competir con ustedes."
Más adelante, en diálogo con La Nación , Roxana explicó que "en algunos casos, se nos ha permitido quedarnos en ciertos lugares. Pero no nos dan la posesión legal de las tierras. Así, no podemos acceder a créditos ni a servicios de luz y agua".
A esta altura, la mayoría de los más de 300 invitados -entre científicos, funcionarios y personas vinculadas con la cultura- estaba almorzando en una carpa y los representantes de Benetton habían invitado a los aborígenes a visitar el museo. Pero la invitación fue rechazada. "Si quieren ver la cultura mapuche, vengan a las comunidades", contestaron.
"Cuando nos desalojan de nuestras tierras -continuó Roxana-, vamos a parar a las ciudades. En el mejor de los casos trabajamos como empleadas domésticas y a veces ni eso podemos hacer. También somos mano de obra barata en las albañilerías o deambulamos en busca de changas. Vapuleados y empobrecidos, algunos hermanos terminan refugiándose en el alcohol."
Alguien, entre los pocos periodistas que aún estaban impresionados con el episodio, quiso saber más sobre Roxana. "¿Cuál es tu formación?", le preguntaron. La muchacha de cabellos muy negros contestó que prefería no hablar de su vida personal.
"¿Sos la líder de tu comunidad?", insistieron.
"No... en mi comunidad no hay líderes. Sólo soy huarquén, una mensajera del pensamiento mapuche", dijo. Y se fue con su gente.
En cuatro episodios
LELEQUE (De un enviado especial).- En el Museo Leleque, cuya entrada es gratuita y está abierto todos los días, con excepción de los miércoles, hay cuatro salas.
La primera, en la que se escucha constantemente una grabación del viento, cuenta la historia de los hombres de la región desde que comenzaron a ocuparla, hace unos 13.000 años, hasta inmediatamente antes del contacto con el hombre blanco. Hay flechas, lanzas, hachas, herramientas y temibles boleadoras con puntas. Una reconstrucción de una vivienda tehuelche domina la sala, que abunda en explicaciones.
Luego se ingresa en el sector que narra la conquista del desierto. El fusil Remington Patria y las enormes balas que escupían con la ayuda de la pólvora negra vuelve más dramática la tragedia de los indígenas. También hay fotografías. Por ejemplo, las de los caciques que, para sobrevivir, se pusieron al servicio del ejército y combatieron contra sus hermanos.
Aunque no se debe olvidar que, como dijo ayer el investigador Rodolfo Casamiquela, "la historia del conflicto en la Patagonia no comienza con la llegada del hombre blanco, sino con la llegada de los primeros pobladores. Es que los pueblos indígenas originales también eran belicosos entre sí".
Las siguientes dos salas están dedicadas a los pioneros. Son una fiesta de utensilios de la vida cotidiana, documentos, trajes, muebles y herramientas de los inmigrantes galeses, chilenos, norteamericanos y libaneses, entre otros. Por último, el café del museo no es más que la reconstrucción del almacén de ramos generales que funcionó allí hasta hace unas décadas.
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