
Un padre para los chicos de la calle
La Casita: Elvio Mettone es sacerdote y mantiene desde hace 23 años, en Moreno, un hogar para niños y jóvenes víctimas del abandono.
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Aunque pasaron más de 23 años, el padre Elvio Mettone todavía recuerda aquel chico de la calle que le cambió la vida.
"Se llama Javier y llegó enfermo a la parroquia de Paso del Rey, con la necesidad de que alguien se ocupara de él -se acuerda-. Mi idea era que se curara y volviera a su casa, pero poco a poco fui descubriendo que su problema iba más allá de la enfermedad." El problema de Javier era que necesitaba una familia. Por eso, Elvio decidió darle una a Javier y a muchos chicos de la calle que, desde entonces, llegaron a La Casita de Paso del Rey, en el partido de Moreno.
"Todo empezó como una corazonada, como la respuesta a una situación que no podía esperar", asegura.
Con el sacerdote viven 67 chicos y jóvenes que, escapando de la desintegración familiar, la droga o el maltrato, encontraron una nueva casa.
Llegan porque un conocido les habló de La Casita, porque los derivaron de un juzgado o de una iglesia, a pedido de los equipos técnicos de las escuelas. "Todos tienen ausencia de familia y los que conservan alguna figura parental, no la respetan. Por eso se han largado a la calle", explica.
Elvio Mettone nació en Piamonte, Italia, hace 57 años. A los 27 vino a la Argentina a cumplir su sueño: ser misionero en Formosa. Viajó a Córdoba y cuando recaló en el Gran Buenos Aires, el destino cruzó su historia con la de Javier. Ahora es el párroco de Villa Zapiola, en Moreno, y reparte sus horas entre los 18.000 feligreses y los chicos del hogar.
Lo que Elvio no dice es que el cambio es recíproco: estos chicos le cambiaron la vida, pero él también torció el rumbo de sus vidas.
En estos 20 años, la mayoría de los 250 chicos de la calle que estuvieron en la casa pudo rehacer su vida, formar una familia, descubrir un proyecto de vida.
La Casita es, en realidad, cuatro casitas. Los chicos viven en cuatro núcleos de convivencia, agrupados según sus necesidades y sus historias.
En una casa, en Villa Zapiola, viven 11 mujeres y nueve varones que tienen entre ocho y 21 años. Hace 10 años que están juntos y son una familia.
Hijos de padres ausentes o fallecidos, el objetivo es que crezcan en un ámbito familiar, ya que se conocen desde pequeños y vienen de pasados semejantes.
Sentadas alrededor de una mesa cubierta de mapas y libros, Analía (18), Paola (19) y Gilda (18) hacían la tarea de geografía.
"Acá somos todos hermanos. Ellas son hermanas de convivencia -aclaró Analía al señalar a las otras dos chicas-, pero yo tengo hermanos de sangre. Somos hermanos, hay peleas como en cualquier casa y todos ayudamos a limpiar, a lavar y a cocinar."
Como todos estudian, en cada rincón había un grupito haciendo las tareas. Otros, los que ya habían terminado con las obligaciones escolares, jugaban en el jardín o tomaban mate.
Muchos de los jóvenes que pasaron por la Fundación La Casita vuelven años después a trabajar en ella. Como Mariano, que a los 28 años, ya tiene su casa y su familia, pero no se alejó. "Puedo entenderlos mejor que otras personas, por eso creo que soy útil", contó.
Toni es otro de los que nunca se fueron. Llegó como voluntario, en 1987, y ahora está al frente de otro de los núcleos, donde viven 17 varones de entre 8 y 20 años, que funciona en el mismo predio de la casa del sacerdote.
Construir un proyecto de vida
Con Elvio viven los jóvenes mayores, que también son dueños de las historias más difíciles. "Hay una realidad que todos vivimos: cada vez hay menos oportunidades de trabajo y la adolescencia se prolonga -explicó el sacerdote-. Hasta que no tengan la oportunidad o la fuerza de hacer sus proyectos, se quedan acá."
Sin dejar de mirar la construcción, que crece de a poco, Elvio repasó una situación económica llena de aprietos. Aunque cuentan con 12 becas del Consejo Nacional del Menor y la Familia y con otras 40 del consejo provincial, el sacerdote explicó que no recibieron ni un peso en lo que va del año.
"Lo que más necesitamos son herramientas y oportunidades de trabajo -pidió Elvio-, también libros de texto de secundario, zapatillas y voluntarios con ganas de enseñarles cosas a los chicos." Su teléfono es el (0237) 462-7346.
En cuatro hectáreas que pertenecen a la diócesis, La Casita puso en marcha una granja en la que viven cinco jóvenes. Crían chanchos, conejos y producen miel. Si bien Elvio siempre quiso que la producción de la granja solventara las necesidades del hogar, todavía les falta un empujón.
Mate en mano, Elvio puede hablar horas y horas de la historia de La Casita. "Pensar que en los primeros tiempos vivíamos en carpas", dice riéndose. Conoce a todos por su nombre y por su historia, está pendiente de lo que cada uno necesita. Y los chicos le devuelven ese afecto. Lo reciben como lo que ven en él: un padre que les enseñó que una vida mejor era posible.
La droga, un fantasma común
La adicción a las drogas es una de las malas compañías con la que llegan muchos de los chicos a La Casita. Por ejemplo, José Luis. Desde los 12 años era adicto a la marihuana y a la cocaína. "Me di cuenta de que estaba perdiendo muchas cosas. Tenía una pareja, un auto, cosas materiales y estaba perdiendo todo. Robaba y andaba sin rumbo. Cuando casi lo pierdo a Elvio, a quien quiero como a un padre, me di cuenta de que ya no podía vivir más para la droga. Tenía que cambiar. No podía estar más así", asegura.
Se internó en una casa para drogadependientes y después de cinco meses volvió a La Casita. "Quería curarme para ayudarlo a Elvio a rescatar a otros pibes. Salir de la droga no es nada fácil, lo fácil es meterte", cuenta este joven de 22 años. Tiene nueve hermanos y una familia que prefiere olvidar. "Para muchos de nosotros, la familia es un problema, pero acá es diferente", confiesa.
La de él es una historia como otras. Como muchas. Pero José Luis confía en que la suya sirva de ejemplo para otros chicos que no consiguen escapar del infierno.
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