Una esquina herida y vecinos que temen hasta a los truenos
El barrio cambió muchas caras; el terror que vuelve y vuelve En Suipacha y Arroyo los últimos diez años no han sido fáciles La esquina recuperó parte de su fisonomía, pero quedan huellas que invitan a la reflexión Testimonios
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La esquina de Suipacha y Arroyo se parece bastante a la de hace diez años. Excepto por la silueta tatuada en la pared donde se apoyaba el edificio de la embajada de Israel.
Las construcciones vecinas al lugar donde la tragedia mató a al menos 22 personas también parecen las mismas. Excepto por los tres pisos que la explosión borró de la parroquia Mater Admirabilis y por cierta nostalgia que se percibe en el ambiente.
¿Los vecinos? También parecen los mismos. Con algunas excepciones.
"El barrio quedó dañado psicológicamente, no volvió a recuperarse -opina Rodolfo Repetto, de la casa de fotografía Life, situada en la galería Arroyo-. Mucha gente se fue porque quedó muy impactada."
Tito y Ñata atendían el bar más concurrido de la cuadra, al final de la galería Arroyo. Preparaban el almuerzo para más de 40 empleados de la embajada y perfumaban la esquina con aroma a café. Tito y Ñata no soportaron el golpe emocional y las consecuencias económicas que la tragedia provocó en su negocio y se fueron.
También se fueron el empleado de la farmacia, la dueña de la casa de modas, el quiosquero que se salvó porque en el momento del estallido había bajado al sótano para dar vuelta un bife y el oso Peter, un personaje grandote y simpático que le ponía música a Suipacha y Arroyo con su negocio de discos Big Bear.
Ahora la esquina está en silencio. Tiene 22 árboles jóvenes que recuerdan a cada una de las víctimas, una reja recién pintada de verde, piedras y cemento.
"Mucha gente estuvo sin pasar por ahí por mucho tiempo -cuenta Daniel, el encargado del edificio de Carlos Pellegrini 1373-; durante mucho tiempo se escuchaba un ruido un poco fuerte de un caño de escape o de cualquier cosa y la gente se asustaba."
Un temor que no cesa
El encargado recuerda que el año pasado, durante una tormenta muy fuerte, se escuchó el ruido estremecedor de un trueno y muchos vecinos bajaron al hall del edificio en pantuflas.
"Las cosas que se vivieron no se olvidan así nomás. Mucha gente prefiere no hablar del tema para no recordar. Pero igual son cosas que nunca se olvidan", dijo Daniel, con los ojos humedecidos.
En la entrada del colegio Josefa Capdevila de Gutiérrez un rosal blanco recuerda a Alexis Quarin, un médico joven que murió frente al lugar de la explosión. Allí también murieron otro joven, el padre Juan Carlos Brumana, y varias ancianas.
En el colegio, donde decenas de niños resultaron heridos, quedaron varias cicatrices: un sótano destruido y clausurado. Tres pisos del pensionado para señoras mayores que ya no están y la idea inicial de recuperarlos que quedó archivada por razones económicas.
Después del atentado hubo un año de trabajos, y con la ayuda de los fieles y la tenacidad de monseñor José Luis Mollaghan la planta baja del colegio se reconstruyó: "Seguimos educando desde la fe y la esperanza, tratando de recordar el hecho rezando", dijo María Elena S. de Molinari, directora del establecimiento. "Son actos que duelen tanto que unen. Creo que los vecinos cambiaron desde aquel momento. Era encontrarnos y decir: vos también estás acá todavía. "
Desde hace diez años el colegio recuerda lo que ocurrió con la "hora santa": 60 minutos de oraciones que comienzan a las 14.45, cuando suenan las campanas.
Curiosidad de turistas
El hueco que la violencia cavó aquella tarde de marzo en Suipacha y Arroyo es una parada más en los recorridos de los turistas que visitan Buenos Aires.
La zona tiene otro atractivo para los visitantes del exterior: desde hace algunos años se convirtió en un centro de arte donde tienen su sede galerías tan prestigiosas como Christie´s, Arroyo, Renoir, Palatina o Praxis, además de importantes anticuarios como Principium y Cardamon.
Vincent, un turista francés que trataba de sacar una foto de la plazoleta sin que aparecieran en la imagen los obreros que la preparaban para el aniversario, comento lacónico: "Triste".
Triste se volvió el barrio. Además de melancólico y silencioso. Donde estaba Mau Mau ahora hay un edificio de departamentos, el local de modas que invitaba a entrar en la galería tiene un cartel de alquiler, la música del "oso" se mudó a otro barrio y los almuerzos de Tito y Ñata pasaron a ser un recuerdo de esos que se cuentan con una sonrisa en los labios.
Fuerte operativo de seguridad
- El acto se caracterizó por el despliegue de un importante dispositivo de seguridad con efectivos uniformados y unidades sanitarias. Cien miembros de la policía ocuparon un radio de cuatro cuadras alrededor de la plaza y vallaron la entrada. El control de acceso fue estricto; hubo hasta detectores de metales. También francotiradores en los techos de los edificios aledaños. La plaza contó con un vallado adicional: sólo podían ingresar personas con cargos jerárquicos e invitados. La prevención sanitaria incluyó cinco ambulancias, una unidad coronaria, dos de catástrofe, 10 médicos, 15 enfermeros y 12 rescatadores.
Una década
Desde el 17 de marzo de 1992, cuando se produjo la voladura de la embajada de Israel, hasta ayer pasaron diez años. Una década en la que los vecinos trataron de recuperar el valor edilicio de la esquina de Arroyo y Suipacha. El valor sentimental, en tanto, nunca abandonó a quienes diariamente transitan por el lugar.
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