Vallegrande rescató la memoria de Chapaco
Devolución: la osamenta del guerrillero boliviano compañero de Ernesto Guevara fue la primera en ser entregada a sus familiares; su hermana se negó a que fuera enterrado en la zona.
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VALLEGRANDE.- La escena era casi felliniana. Rodolfo Arena Campero sobrino carnal del guerrillero conocido por el nombre de guerra de Chapaco ascendía por una de las tantas tortuosas callecitas que le dan contorno a Vallegrande con un ataúd de pequeñas dimensiones sobre su hombro derecho.
Había trabajado toda la noche junto a un carpintero de conocimientos elementales para fabricar la rústica caja en la que pondrían a descansar para siempre lo que en vida fue Jaime Arana Campero quien a los 29 años y como integrante de las escuálidas fuerzas de Ernesto "Che" Guevara fue muerto en Los Cajones el 13 de octubre de 1967 es decir cinco días después que su comandante.
Rodolfo con el ataúd a cuestas pasó frente a la iglesia Matriz. Las puertas del templo estaban cerradas y las campanas del reloj daban las 4.
Un desconocido se ofreció amablemente a ayudarlo. Juntos tomaron las manijas de ferretería que se habían adosado a los costados de la caja y lentamente se dirigieron al modesto salón de actos de la Alcaldía.
Minutos antes Martha Arana Campero la hermana del guerrillero marxista había hecho los sencillos arreglos finales con una de las integrantes del equipo de antropólogos forenses argentinos.
Patricia Bernardi escuchó con respeto el pedido: "Quiero que los huesos de mi hermano sean envueltos en esta mantita que le perteneció cuando era niño sólo eso".
Sueños infantiles
Y así fue. El funerario momento se desarrolló en un profundo silencio quebrado únicamente por los disparos de las máquinas fotográficas y observado por un Simón Bolívar inmortalizado en una tela en la que el artista lo imaginó adusto y reconcentrado como preparado para la ocasión que se estaba viviendo.
Uno a uno la antropóloga depositó las partes del esqueleto en esa urna con forma de féretro y los tapó piadosamente con la mantita blanca que seguramente dio calor a sueños infantiles.
Ese era el último acto protagonizado por Jaime Arana Campero Chapaco un joven que conoció fortuitamente al Che Guevara en un hospital de la provincia de Córdoba y a partir de allí decidió seguirlo.
En la macabra ceremonia no había ni dolor ni angustia sólo recuerdos lejanos de una mujer que según nos relató hace unos días vagó casi 20 años junto a su madre para dar cristiana sepultura a su hermano en Tarija.
Sin embargo aquí en Vallegrande no hubo siquiera un responso.
Aparición tardía
Martha Arana Campero leyó un sencillo discurso en el que no pudo deja de mencionar que no se encontraba preparada para esta aparición luego de 28 años de misterio y señaló que esto era posible "gracias a que el país vive en democracia y realiza sus actos con transparencia".
Ocurrido esto y una vez más se le pidió que Chapaco descansara en Vallegrande como parte de un museo que la ciudad espera tener para recordar aquellos días en que el Che y sus hombres pensaban hacer la revolución en Bolivia.
Una vez más la mujer se negó aunque accedió a donar las sandalias de campesino que su hermano llevaba cuando le llegó la muerte.
Vallegrande está en silencio. Su cielo gris y amenazante hace aún más angustiosas este tipo de vivencias.
La gente ni siquiera observa con curiosidad lo que está ocurriendo a su alrededor.
Primer acto
Entretanto los huesos de Chapaco quedaron a solas con su hermana y su sobrino en la habitación de un hotel esperando regresar a Tarija.
Cayó así el telón del primer acto de esta historia de violencia sangre y metralla en la que su principal protagonista el comandante Che Guevara como se lo denomina aquí se niega a aparecer.
Tal vez hoy sea realidad aquello que alguna vez escribió Dalmiro Sáenz: "Aquí yace Ernesto Guevara lo enterraron en un cajón de tierra y miedo y lo taparon con la noche sin cielo de la selva".
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