
"Yo soy, sobre todo, un redactor"
Texto que leyó Fernán Saguier, adscripto a la vicepresidencia ejecutiva de SA La Nación , en el sepelio de Germán Sopeña, en nombre de todos sus compañeros del diario.
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"Yo soy, sobre todo, un redactor", dijo Germán hace apenas 3 días, en una buena definición de su perfil como periodista: era un incansable buscador de noticias, un cronista permanente, un escribidor que se preocupaba por explicar, cuya pluma clara hacía fácilmente comprensible cada información. Un redactor que llegó hasta los confines del mundo, cubriendo guerras y revoluciones, acontecimientos deportivos o simples historias, con el único afán de contar, de mostrar realidades. Y todo lo hacía interesante.
Pero Germán fue mucho más que un redactor. Era un líder natural, que no necesitaba imponerse porque era naturalmente respetado, porque no se sentía el jefe de nadie, y sin embargo todos querían que él fuera su jefe.
Su sola presencia despertaba la confianza de quienes lo rodeábamos, cuando él estaba en la Redacción -en la que pasaba seis días por semana, no menos de 14 horas por día- todos nos sentíamos protegidos, porque no había acontecimiento que los desbordara.
Ante situaciones límite, que tanto abundan en una redacción, Germán era capaz al mismo tiempo de atender un ministro, de escribir un análisis de la noticia, de organizar la cobertura y atender telefónicamente las inquietudes de un lector.
Todo esto lo hacía sin ponerse nervioso, sin levantar la voz, sin perder el temple. Eso se llama autoridad. Si estaba Germán, todo estaba bien.
Esa capacidad de multiplicarse se extendía más allá de su trabajo en el diario. Era un lector empedernido, un escritor de libros, un conferencista muy requerido que cautivaba por igual a un puñado de estudiantes universitarios como a un millar de miembros de la prestigiosa Sociedad Geográfica Real, de Londres, como ocurrió semanas atrás.
Pocas personas estaban tan atentas como él al devenir noticioso universal. Le interesaba saber -a diario leía la prensa europea y norteamericana- qué estaba pasando en Nueva Zelanda, cómo evolucionaba la economía estadounidense o qué suerte habían corrido los monumentales Budas en Afganistán.
Al mismo tiempo, estaba al tanto de cada adelanto tecnológico en la Fórmula 1, conocía cómo avanza el debate de las ideas en Harvard y seguía el torneo de rugby de las seis naciones en Europa.
Se movía en un registro muy amplio. Estaba en Davos y en El Calafate descubriendo caminos, estudiaba guitarra con el maestro Oscar Alemán y jugaba un campeonato interno de fútbol en el diario, escalaba el Aconcagua y aprendía a manejar Ferraris de competición en Módena. Asistía a un concierto de jazz y escribía poemas para despedir a un compañero. Cruzaba Estados Unidos de costa a costa en tren y nos abría los ojos a los argentinos sobre la existencia de Muhammad Yunus, el banquero de los pobres. Era, lo que se dice, un renacentista.
Germán amaba la cultura, amaba la historia, amaba la economía, amaba el debate de las ideas políticas. Amaba el mundo de las empresas y de las universidades, las ciencias naturales y la tecnología, la geografía y el espacio. ¿Qué no le apasionaba si estaba enamorado de la vida?
Ese Germán extraordinariamente multifacético, de cultura universal, que hablaba por lo menos seis idiomas, era al mismo tiempo el hombre cálido que conocía a cada redactor por su nombre, que tenía tiempo para atender a todo el mundo, que nunca mandaba a decir que no estaba y que sabía hacerse tiempo, en medio del fragor de la redacción para organizar con sus amigos la próxima visita a su amada Patagonia.
¿A quién despide con desconsuelo hoy la Redacción de La Nación ? Al jefe sabio y humilde, al hombre que sabía escuchar, que sabía corregir, que sabía perdonar y pedir perdón, que enseñaba con cada gesto y con cada acción. La Nación llora al periodista excelso y al buen compañero, al hombre justo, cálido, al profesional serio, enemigo de la ostentación, al de sonrisa amable, al contador de chistes e historias, a un tipo de muy buen humor.
Despide también a un padre que sentía devoción por su mujer e hijas, de las que vivía pendiente. Le gustaba aconsejarlas sobre sus carreras, les inculcó su pasión por el Sur, les recomendaba lecturas y las entusiasmaba para que incursionaran en todo lo que fuera artístico, siguiendo el camino trazado por su madre, concertista.
Germán: qué difícil es decirte adiós hoy. Qué difícil va a ser no tenerte. Qué difícil es despedir al mejor. Pero nos dejás tu ejemplo y eso, estoy seguro, nos dará fuerzas para seguir. Germán: estas palabras las digo yo, pero las escribimos todos.
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