De eso no se habla: la integración de tecnología a nuestro cuerpo

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
Una compañía estadounidense empezó a implantar chips RFID a sus empleados y causó polémica; pero tal vez ése sea el futuro
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29 de julio de 2017  

Three Square Market es una compañía cuyas oficinas están en Casey 3329, en la ciudad de River Falls, Wisconsin, Estados Unidos. Tiene 80 empleados y se dedica a los kioscos y máquinas expendedoras. En otras palabras, las posibilidades de aparecer en el primer párrafo de esta columna son prácticamente nulas. Excepto porque esta pyme estadounidense podría pasar a la historia como la primera organización en implantarles chips a sus empleados.

Jowan Osterlund, de la compañía sueca Biohax, muestra uno de los chips RFID como los que les implantarán a los empleados de Three Square Market entre el pulgar y el índice
Jowan Osterlund, de la compañía sueca Biohax, muestra uno de los chips RFID como los que les implantarán a los empleados de Three Square Market entre el pulgar y el índice Crédito: James Brooks / AP

Por supuesto, la reacción instintiva es de rechazo. ¿Con qué derecho una empresa se arroga la facultad de intervenir los organismos de sus trabajadores? Un disparate. Sin embargo, más de la mitad de sus empleados aceptaron la propuesta. Son los que no van a volver perder la tarjeta para entrar a la oficina o para pagar un café.

Los chips que empezarán a implantarles a los empleados de Three Square Market son conocidos como RFID, siglas en inglés de Identificación por Radiofrecuencia; se trata de los mismos que se instalan en las mascotas. Los hay de dos tipos. En el caso de los animales y, ahora, de los empleados de Three Square Market, se usan los identificadores del tipo pasivo. No llevan baterías y sólo responden cuando se los expone a las ondas de radio del lector.

A decir verdad, el implante en personas de esta clase de chips no es algo nuevo. En abril, el mismo fabricante de identificadores RFID que intervendrá en los empleados de Three Square Market, la compañía sueca Biohax, hizo una suerte fiesta para instalar sus chips en los empleados de un centro de desarrollo de negocios llamado Epicenter. A la compañía de Wisconsin se le ha prestado más atención simplemente porque el hecho ocurre en Estados Unidos. Incluso aquí, en la Argentina, hubo iniciativas de esa clase, aunque no fueron exitosas.

Es más, casi nadie recuerda hoy que el 11 de noviembre de 1997 el artista brasileño Eduardo Kac se implantó un microchip identificador que contenía un número de 9 cifras. Han pasado casi 20 años. Me tocó cubrir esa noticia.

La Nebulosa del Cangrejo

En mi opinión, esta tecnología no está suficientemente probada en humanos y constituye una violación flagrante a la privacidad. Pero, a pesar de mi resistencia, creo que la combinación del cómputo con nuestros organismos es sólo cuestión de tiempo. En varios de mis cuentos de ciencia ficción los personajes, que viven unos 600 años en el futuro, usan una serie de mejoras artificiales, desde una pantalla y mensajero integrados a su corteza visual –a la que llamo virtualita– hasta procesadores numéricos que contribuyen con el trabajo de la mente orgánica. Aunque se menciona esta integración de forma casual, como algo completamente aceptado, se entiende que dentro de 600 años no vamos a estar usando las mismas tecnologías digitales de hoy. Un chip RFID como los que implanta Biohax tiene el tamaño de un grano de arroz. Dentro de más de cinco siglos sonará tan rústico y brutal como las muelas de bambú que se implantaban a martillazos en China hace 4000 años. De hecho, todo lo que llamamos hoy "computación" estará más o menos en la misma zona del astrolabio o el gramófono.

Pero los primeros pasos conceptuales en esa dirección ya se están dando. Esto es, estamos buscando interfaces entre el cerebro y los circuitos. Pueden ayudar a las personas sordas y ciegas, para empezar. Pueden servir para controlar una computadora sólo con el pensamiento. Los detalles cambiarán por completo –incluso en los más profundos, como la matemática–, pero la tendencia me parece irreversible. Especialmente en un mundo en el que la inteligencia artificial ya está ocupando espacios y tareas que antes estaban en manos de los humanos.

La pregunta podría plantearse de esta forma: ¿qué tiene más sentido, enfrentarnos a los robots (como se hizo con el ajedrez, el go y el juego de preguntas y respuestas Jeopardy) o que trabajemos en equipo con ellos?

En serio, ¿qué ganamos al competir con máquinas que hacen muy bien lo que nosotros hacemos muy mal (cálculo numérico y cualquier tarea repetitiva) y que o no pueden hacer o hacen muy mal lo que nosotros hacemos muy bien (empatía, emocionalidad, sensibilidad, intuición)? Ya que somos complementarios parece mucho más conveniente que la máquina coopere con nosotros en lugar de ponerla a humillarnos con su fuerza bruta aritmética en espectáculos que tienen más de circo romano que de ciencia contemporánea.

Es, por otro lado, lo que hemos estado haciendo desde que usamos máquinas y herramientas. El telescopio nos permite ver a distancias que el ojo desnudo no podría. El martillo, la polea, la máquina de vapor, el arco y la flecha, el reloj, el motor de combustión interna; no vamos a encontrar un solo ejemplo de máquinas y herramientas con las que, en el pasado, nos hayamos planteado competir deportivamente. Nadie se siente miope porque no puede ver la Nebulosa del Cangrejo a simple vista.

Pero la inteligencia artificial ha venido a rivalizar con las destrezas que la civilización puso en lo más alto del podio: el cálculo, la lógica y la ausencia de error. Suena extravagante, pero es comprensible. Esa fue la reacción de las comunidades humanas para dejar atrás la ley de la selva, primero, y la superstición, más tarde. Pusimos la razón en un pedestal y asociamos la lógica con lo más alto de la condición humana. Hoy sabemos que las máquinas son miles de millones de veces más rápidas que nosotros con números y tablas de verdad. Con lápiz y papel, nosotros necesitaríamos trabajar 8000 años para hacer la misma cantidad de cálculo que un smartphone completa en un segundo. Si quieren competir con las máquinas, adelante, les deseo suerte.

Viceversa, los circuitos enfrentan problemas de todo orden para volverse sensibles, emocionales, intuitivos y empáticos. He tratado estos temas otras veces, especialmente aquí, poniendo en foco el principal escollo que encuentran las maquinarias para alcanzarnos en estas destrezas: la consciencia.

Se me (nos) ocurrió una idea

En mi opinión, la inteligencia emocional nos define mucho mejor que la racional. Facundo Manes y Daniel López Rosetti, entre otros, han tratado con profundidad y solvencia este tema. Va siendo tiempo, me parece, de que bajemos al cálculo y la lógica del pedestal y pongamos en su lugar nuestras virtudes más humanas. Einstein fue Einstein porque pudo describir matemáticamente sus intuiciones, pero primero tuvo esa genial corazonada que cambiaría por completo la visión que tenemos del universo.

Si conseguimos eso (no va a ser fácil, porque tenemos que vencer siglos de prejuicios), el siguiente obstáculo es la velocidad con que interactuamos con las máquinas. Hoy todavía tenemos que sacar el teléfono del bolsillo, arrancar la calculadora y empezar a tipear números; operar con la planilla de Excel; ingresar esforzadamente parámetros en el software de diseño arquitectónico o industrial, y sigue la lista. Pero el trabajo que hace, por ejemplo, Watson sería de un enorme valor para un médico, un lingüista o un psiquiatra especializado en adicciones. El problema es que todavía no hemos encontrado la forma de vincular de forma directa nuestra mente con una supercomputadora que puede leer un millón de libros por segundo.

Imagino que hay un punto en el futuro en el que pensar, evaluar, diagnosticar y crear serán trabajos cooperativos entre nuestras mentes y alguna forma de inteligencia artificial integrada a nuestro sistema nervioso central. Sólo hace falta que el cerebro humano pueda incorporar las destrezas de la máquina para potenciar nuestro intelecto de formas que hoy son inimaginables, pero que fueron precedidas por la manera en que oportunamente potenciamos nuestra vista, nuestra fuerza muscular y nuestra velocidad. Suena extravagante porque la mente sigue resultándonos misteriosa, pero las herramientas –insisto– no fueron creadas para competir con nosotros, sino para mejorar nuestras capacidades. En cierta medida, el concepto de “pensar en algo” va a evolucionar. O, para decirlo con más exactitud, va a tener que evolucionar, como lo ha hecho muchas veces en el pasado.

Por supuesto, no sabemos todavía cómo vamos a integrarnos (quizá la genética y la biología molecular sean la clave), ni las consecuencias que esto traerá en una extensa lista de niveles, desde el social hasta el político, desde las posibilidades de que la especie sobreviva a sí misma hasta nuevas formas de arte y entretenimiento.

No, no me gusta lo de Three Square Market, porque creo que no estamos maduros para andar implantándonos chips. Pero estoy bastante convencido de que de una forma u otra vamos a integrar tecnologías a nuestros organismos, en especial en el nivel del sistema nervioso central. ¿Suena muy borg? Sí, claro. Pero hace sólo 100 años la idea de un marcapasos habría resultado disparatada o blasfema. Así que es sólo cuestión de tiempo.

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