
Gatitos bonsái, la señal que no supimos ver a tiempo
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Por una de esas asociaciones de ideas que la consciencia a veces dispara y que se parecen mucho a una gran carambola sobre el paño verde, me acordé estos días de una de las primeras fake news que circularon por Internet. La semana que viene se cumplirán 18 años, pero en esta ocasión no me interesa el aniversario. No hay nada que celebrar, de hecho.
En diciembre de 2000, un estudiante del Massachusetts Institute of Technology (MIT; tal vez fue un grupo de alumnos, es lo de menos) al que le sobraba tiempo y al que le faltaban neuronas, puso en línea un sitio en el que se ofrecían gatitos bonsái. Lo llamó, sin demasiado ingenio, bonsaikitten.com.
Hospedado al principio por el mismo MIT, bonsaikitten.com comercializaba gatitos criados en botellas. Había elementos característicos de un sitio de e-commerce, aunque, cosa extraña, no figuraban los precios; se incluía una explicación del método y una galería, además de un libro de visitas y, coming soon, la compra segura mediante tarjetas de crédito y PayPal. Para sumar al insulto la humillación, sonaba el maullido de un cachorro de gato al entrar en el sitio.
En tres palabras, una verdadera porquería. Pero eso es irrelevante. En su momento ya nos quejamos de que trivializaba el sufrimiento y fomentaba el maltrato animal. Lo que me interesa es destacar algo más que ocurrió en torno de este ejemplo lamentable de "no sé qué hacer con mi tiempo libre", y de lo que en su momento no se habló ni una palabra. Lógico, faltaban casi dos décadas para que las fake news pusieran en jaque a las democracias occidentales.
La primera reacción ante bonsaikitten.com fue la de creer que el sitio y sus perversos y horrorosos productos eran reales. La primera reacción fue creer. Ha pasado mucho tiempo y los detalles se me han ido borrando, excepto uno: que me escribió y me llamó mucha gente indignada porque había creído en esta fake news. Incluso Página 12 publicó un artículo, el 18 de marzo de ese año, donde tomaba a bonsaikitten.com como algo real.
En shock
Mi primera reacción, al principio, fue más bien la opuesta, en parte gracias a que toda la vida tuve gatos. En parte, también, gracias al principal gaje de este oficio. Es decir, que te vas volviendo muy quisquilloso con aquello que suena inverosímil. Muchas noticias inverosímiles resultan ser reales, pero uno tiene que verificarlo, que es la parte complicada y al mismo tiempo fundamental de este negocio.
Con los gatitos fue más sencillo. Un poco de biología básica alcanzaba para darse cuenta de que un mamífero no podría sobrevivir confinado a una botella. Si dejaba la respuesta emocional de lado (esa es la parte difícil), todo el asunto de bonsaikitten.com empezaba a caerse a pedazos.
Pero cuando fui al sitio entré en shock. Con la estética de aquellos años, que hoy suena muy ingenua y primitiva, parecía que alguien realmente estaba haciendo algo así de espantoso y, lo que es peor, había testimonios de clientes; o sea, personas dispuestas a pagar por un animal en esas condiciones o practicar tal aberración en sus propias casas. Uno aprende rápido que hay gente para todo, así que quedé pasmado. (Y me estoy ahorrando unos cuantos detalles, por pudor.)
Eso cambió cuando fui a la Galería. Las imágenes no probaban nada, excepto que habían importunado a dos o tres gatos para sacar unas fotos ridículas. En cualquier intento de engaño basta un solo paso en falso para que la argumentación entera colapse.

En todo caso, el sitio era escandaloso, si resultaba cierto; y seguía siéndolo, si no. Así que el MIT lo bajó en cuanto recibió las primeras quejas de las sociedades protectoras de animales. Luego reapareció (como era de prever) en otro servidor, y al final, se fue diluyendo sin pena ni gloria; la última captura de Archive.org, antes de que el dominio apareciera en venta, es del 3 de marzo de 2006.
¿Cuál fue la señal que no pudimos ver a tiempo? Que a pesar del delirio biológico de criar gatos dentro de botellas, creímos. Compramos. Entramos en la lógica de la fake news.
Se non è vero, è ben trovato
Es exactamente lo que hoy preocupa a las clases dirigentes y a las democracias en general. Quizás habría sido mejor que, 20 años atrás, en lugar de decir que las computadoras eran cosa de geeks y que Internet era una moda pasajera, hubieran empezado a desarrollar defensas institucionales contra las fake news.
A propósito, aquí, un post imperdible de Bruce Schneier sobre cómo las noticias falsas debilitan las democracias y, en cambio, fortalecen los totalitarismos.
El mecanismo de acción se repite casi calcado con cualquier noticia en la que queremos creer. No importa si es verdad, importa que refuerza nuestro sistema de valores y creencias. Los que defendemos los derechos de los animales queríamos creer en bonsaikitten.com porque probaba que había un enemigo contra el que luchar. El mecanismo que nos hace creer en una noticia falsa está compuesto de dos partes. Una es la mentira disfrazada de verdad. La otra, y esto es típico de la ingeniería social, proviene de nosotros mismos.
Puede ser algo loable o puede ser una burrada. Es lo de menos. Como es muy improbable que sometamos nuestro sistema de valores y creencias a examen, que lo revisemos, que lo pongamos en duda, las fake news, al revés que las noticias verificadas, disparan una reacción emocional en todos los casos. Estés en contra o a favor, suspenden nuestro pensamiento racional y pasamos a la batalla verbal (o a las urnas o a las armas) sin que medie ninguna reflexión. Esto, se entiende, no es demasiado sano para una sociedad.
Como dije en su momento, el mundo empeora cuando un papanatas pone en línea un sitio que (supuestamente) vende gatos sometidos a una tortura inconcebible. Pero sería mucho peor si un Estado censor controlara lo que se publica y lo que no. Por lo tanto, el dilema que atraviesan nuestros sistemas políticos puede resumirse en una paradoja: la mala noticia es que en las democracias las fake news pueden publicarse libremente; la buena noticia es que en las democracias las fake news pueden publicarse libremente.
Esto, lejos de ser un juego de palabras, significa que no vamos a resolver el dilema empleando la lógica de mediados del siglo pasado. Pero todo indica que todavía no estamos preparados para el siglo 21.
Dicho sea de paso, y casi como una demostración de la resistencia a desaparecer que los datos tienen en la Red, la información del supuesto negocio de Bonsai Kitten todavía figura en el Better Business Bureau de Estados Unidos. Obviamente, no tiene ninguna acreditación de este organismo. Para encontrarlo, solo tuve que poner el teléfono que figuraba en la portada del sitio. Hay también una casilla de correo. En Nueva York.





