Imágenes de irresponsabilidad explícita

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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2 de noviembre de 2019  • 00:15

Gente que me quiere bien me regaló para mi cumpleaños dos cosas que hace mucho quería tener, pero que siempre había ido postergando; como saben, cuando se trata de darme gustos, tengo en el bolsillo un saurópsido arcosaurio bastante persuasivo.

Uno de estos regalos no tiene mucho que ver con la tecnología digital, aunque sí con la tecnología en general. Se trata de una tijera de podar, esas que se parecen a las de cocina. Daría la impresión de que no son objetos de lujo. Error. Dada mi afición a las plantas, debo haber comprado como cinco de las normales (llamémoslas así), y ni cortaban bien ni duraban mucho antes de machacar las ramas, algo bastante malo para la salud vegetal. Un día se me ocurrió preguntar en un local de jardinería muy conocido y muy bueno que hay sobre la avenida Corrientes. Me ofrecieron alguna de las que ya había tenido. Le dije que quería algo realmente bueno. Entonces, y luego de un breve silencio parecido al que precede a una declaración reveladora, el comerciante me respondió:

-Ah, OK, pero mirá que esas son caras.

-¿Qué tan caras?

El número que puso sobre la mesa casi me dio un pasmo, pero la larga explicación con que lo excusó tenía todo el sentido del mundo. Una tijera de podar es un instrumento de precisión y requiere de acero de muy alta calidad, además de una construcción minuciosa. Así que, fiel a mis costumbre y como había otras prioridades, dejé la compra para más adelante. Pasaron en eso 3 años y todo el mundo me oía protestar por la mala calidad de las tijeras de podar en mi caja de herramientas.

Eso es pasado ahora. La que me regalaron es una de las realmente buenas. Tanto que, con admiración, pasé el dedo índice suavemente por el filo y, obviamente, me corté. Aparte de sentirme un verdadero papanatas, no había prueba más cabal de su calidad. Ya me ha permitido hacer una serie de trabajos que antes intentaba, a veces sin éxito, con un alicates convencional debidamente desinfectado.

En el camino

El otro regalo sí es tecno. Se trata de una cámara de tablero o dashcam (que es su nombre en inglés). Ya hablé de estos dispositivos hace varios años, y ahora por fin tengo uno en mi poder (sí, también lo tenía postergado). Por lo tanto, pude hacer algunas pruebas. Ya saben, cada aparato electrónico tiene sus secretitos.

Recordaba que en alguna cámara de fotos tenía una tarjeta SD de 8 GB compatible con la dashcam. Para empezar, debería alcanzar, aunque no sabía cuánto iban a ocupar los videos.

Luego de insertar la tarjeta debidamente formateada en FAT32, la instalé en el auto. Esto es igual de simple que adherir los soportes para el celular. Se fija con firmeza, además, lo que es clave.

De forma predeterminada, el equipo se pone a grabar en cuanto se lo enciende o cuando se la conecta a la toma de 12 Volts (donde otrora iba el encendedor de cigarrillos) y se pone en marcha el coche. Deja de grabar al apretar el botoncito correspondiente o cuando apagamos el auto. Más fácil, imposible. Se puede, además, establecer un límite de tiempo de grabación. Lo desactivé, porque en general ando mucho tiempo por día en el auto.

No parecía necesario, sin embargo, usar el cable, porque la cámara viene con una batería de iones de litio y el indicador en la pantalla señalaba que estaba cargada al máximo. Pero unos veinte minutos después de emprender el viaje, la cámara se apagó. Como ese día tenía otras obligaciones, solo me puse a investigar el asunto como a las 2 de la tarde. La volví a encender, apareció el logo de bienvenida, la pantalla hizo un parpadeo tipo Poltergeist, y se apagó. Probé dos o tres veces. Nada. ¿Se habría colgado? El parpadeo Poltergeist me decía que no, pero por si acaso le saqué la batería, esperé un poco y la volví a colocar. Seguía sin arrancar, así que fui por lo más probable y puse la dashcam a cargar. Un rato después, estaban funcionando de nuevo.

Modos y resoluciones

El siguiente tema era el del tamaño de los archivos. La cámara es capaz de grabar en tres formatos (de mayor a menor: 1080p, 720p y VGA), con o sin audio. Sospeché que los archivos terminarían siendo enormes, y salí de nuevo a probar. En efecto, el video pronto se fue a más de 3 GB. Probé entonces desactivando el audio y bajando a VGA (más sobre esto enseguida) y, en efecto, el viaje desde casa al diario, que promedia los 40 minutos, ocupó un gigabyte (1 GB). En Full HD (o sea, 1080p) y sin audio, duplicó ese volumen.

Sin embargo, al menos en este caso, los videos en VGA tenían una calidad mejor, porque tanto Full HD como HD (720p) se obtienen por interporlación, lo que impide leer, por ejemplo, las patentes.

Por supuesto, no es necesario guardar todas las filmaciones. Tienden a ser muy monótonas (hasta que ocurre un incidente, claro). Pero en caso de querer tener estos registros, es posible reducir el tamaño de los archivos usando un programa como Avidemux. Este modelo de dashcam guarda los videos como AVI. Si se los transforma a MP4 con calidad media (alcanza y sobra) los archivos ocuparán más o menos la mitad de espacio de disco.

Como otros modelos, esta cámara tiene un Modo Noche (no necesita explicación, y funciona muy bien), y puede usársela para sacar fotos o para grabar solo audio. Asimismo ofrece un detector de movimiento para ponerla a grabar.

Por si acaso

Uno tendería a pensar que los videos tomados por una dashcam no son dignos de verse. Y lo cierto es que no, no es esa su finalidad. Pero me asombró la diferencia entre cómo percibimos el mundo al conducir que al pasar el video. Vemos igual, pero miramos diferente. Me asombró la cantidad de maniobras riesgosas que quedan registradas en una filmación. Al conducir, solo vemos las peores. Pero al estudiar un video se revelan muchas más, menores, pero a velocidades que las convierten en potenciales accidentes graves. Mi impresión es que la mayoría maneja con una razonable prudencia; pero hay un número demasiado alto de irresponsables que, como se sabe, nos ponen en el top ten de las tragedias de tránsito.

Fuera de esa observación, toda la idea detrás de una dashcam es la de tener un registro en caso de un accidente. Por ejemplo, hace un tiempo, un señor que estaba tratando de estacionar su moto junto al cordón, perdió el equilibrio y cayó sobre mi auto. Se dio un buen golpe, pero mi costumbre de no abusar de la velocidad salvó el día. Venía a 40 Kmph. A 80, el impacto habría sido catastrófico. Me bajé, le pregunté si estaba bien y cuando, después de un rato, confirmé que solo estaba un poco asustado, me fui. Pero, ¿cómo podría probar que él perdió el equilibrio y no que me lo llevé por delante? Por fortuna, ese día me tocó una persona decente. Con la cámara no habría tenido que preocuparme por este detalle, que no es menor.

Algunos consejos

El manual no lo menciona, pero dejar un aparato electrónico con una batería de iones de litio dentro de un auto que se estaciona al sol en pleno verano no es una gran idea. Recomiendo enfáticamente evitar esta situación. Además, en general, a la electrónica no le gusta el calor excesivo.

Otra cosa. Si, como me ocurrió, la dashcam informa que no tiene tarjeta de memoria, a no desesperar. No pude averiguar todavía el motivo, pero también es cierto que estuve castigando bastante al sistema, y cuando obtuve este error fui por lo más simple. Conecté la tarjeta a la computadora y le di formato. Problema resuelto.

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