
Un desarrollo de la Universidad de Southern Illinois Carbondale demostró que es posible recuperar el carbono del plástico, mezclarlo con levadura y transformarlo en masa de galletitas
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¿Y si en vez de tirar una botella de plástico al tacho de reciclaje la pudieras transformar en comida? Esa es la idea en la que trabajan científicos de la Universidad de Southern Illinois Carbondale (SIU) en Estados Unidos. Desarrollaron un método para convertir residuos plásticos y desechos agrícolas en galletitas hiperproteicas impresas en 3D, bautizadas como µBites (microbites).
La premisa del microbiólogo Lahiru Jayakody, líder del proyecto que lleva varios años de desarrollo, es simple: “tanto el plástico como la comida son carbono”. En lugar de ver al plástico PET como un veneno eterno, el equipo vio una fuente potencial de nutrientes. Con el empuje de un subsidio de 25.000 dólares de la NASA en el marco del Deep Space Food Challenge, pusieron manos a la obra para alimentar a futuros astronautas y, de paso, buscar una solución al drama de la contaminación terrestre, según mostraron la semana pasada en un encuentro de la Sociedad Estadounidense de Química.
Calor, presión y levadura
El proceso para convertir el plástico en comida hoy requiere unos 33 pasos. Primero, las botellas de plástico PET y los restos agrícolas (como hojas y tallos de maíz que quedan de las cosechas) se muelen para formar una pasta uniforme. Esta mezcla entra a un reactor de Disolución Hidrotérmica Oxidativa (un invento del geólogo Ken Anderson) que, usando agua, oxígeno, altísima temperatura y presión, descompone los materiales duros en partículas microscópicas de carbono soluble en agua.
Luego, levaduras modificadas genéticamente devoran las moléculas de plástico y biomasa descompuestas, y las transforman en ácidos, grasas y proteínas de alta calidad. El equipo diseñó cepas específicas de levadura de panadería que producen aroma a vainilla directamente a partir de la biomasa vegetal, y otra que convierte el etilenglicol del plástico en betacaroteno, que nuestro cuerpo transforma en vitamina A.
Una vez obtenida esta pasta nutritiva, se le agrega almidón, edulcorante y fibra, se pasa por una impresora 3D para darle forma de la letra griega “µ” (mu), y se endurece en un microondas. El resultado es una galletita real que podés comer.
La tecnología µBites podría ser clave para misiones espaciales de larga duración, dentro de submarinos militares, bases científicas en la Antártida o zonas de catástrofe humanitaria. Ante una demanda alimentaria global que se proyecta que subirá hasta un 56% para 2050, Jayakody sostiene que los microbios son la clave para arreglar los problemas que nosotros mismos creamos. Actualmente, el sistema recupera más del 50% del carbono del residuo y aspiran a llegar a casi el 100% de conversión.
El proyecto tiene grandes limitaciones: producir un kilo de estas galletitas cuesta, por ahora, unos 60 dólares, según The Guardian. Además, la escala es un problema. Según le dijo Jason Hallett, del Imperial College London, a New Scientist, “producimos 400 millones de toneladas de basura plástica al año; no las vamos a convertir todas en galletitas”. Para él, no hay un camino comercial viable en el corto plazo y “no vamos a terminar comiendo galletitas de plástico”.
A esto se suma la barrera cultural y regulatoria. Aunque las pruebas de laboratorio indican que las galletitas están libres de toxinas, metales pesados y patógenos, todavía están esperando la aprobación institucional para realizar pruebas de sabor reales con humanos. Y convencer a la gente de comer plástico reciclado va a requerir un cambio social enorme.
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