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Tres horas antes había dado una charla sobre seguridad informática para la Facultad de Ciencias Económicas y Estadística de la Universidad Nacional de Rosario, y había hecho hincapié en que el peor error que se puede cometer es creer que a uno no le va a pasar, que nunca va a ser víctima de un ataque. Ahora estaba mirando atónito cómo a una persona muy cercana le habían robado su cuenta empresarial de Instagram. Eran las 11 de la noche y había sido una jornada agotadora.




