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En principio iba a ser un clásico de Valdés, pero quisieron los astros que fuera un proyecto más abarcativo, y ahí apareció Nissan con el bombocito de la XTerra. Nadie la pidió, vino sola. Pero no la ignoramos: haríamos turismo carretera, estilo bienamado de los argentinos. De paso, ya que íbamos a llegar tan lejos, mejor lo estirábamos un poco para ver qué nos depararía de interesante la costa más allá de Puerto Madryn. Punta Ninfas se convirtió en nuestra meta.
Eramos tres los integrantes del equipo LUGARES: el fotógrafo (Nacho) y su batería de cámaras, lentes y trípodes; Carolina Aldao que no quiso perderse la oportunidad de manejar la 4x4, y yo, feliz de que otro se encargue del volante. Abandonamos Buenos Aires un miércoles a la tarde, con el tanque lleno de gasoil, pilas de cd y casettes, mapas, set completo de mate, y a tirar millas. Directo a Olavarría.
La Magda
Sin abandonar el asfalto, enfilamos directo a la estancia a tiro de piedra de esa localidad, donde dormiríamos. La llegada nos sorprendió con un recibimiento inmerecido: al filo de la medianoche, ahí estaba la familia Larrañaga en pleno ?sus propietarios Cristian y Claudia, con los pequeños Pilar e Ignacio, en piyama? y un amigo, esperándonos con mesa puesta como si fueran las nueve... Pero enseguida nos disculparon asegurándonos que en la casa son todos tardíos para ir a la cama, y haciendo honor a la palabra, después de una generosa anche saludable cena, preparada por Claudia, estiramos la sobremesa hasta la madrugada.
A la mañana siguiente recorrimos parte de la propiedad, en la que no faltan caballos ¡ni llamas! Es un lugar perfecto para venir con chicos; sólo hay dos habitaciones para huéspedes, que suelen ser ocupadas por una familia; los padres en una y los hijos en otra. "Así nadie los molesta y nosotros podemos atenderlos sólo a ellos", comentó Cristian.
Llegó el mediodía y en el ambiente empezó a difundirse un olorcito a asado que, en segundos, nos llevó de las narices hasta el quincho. Allí estaba don Roberto Valenzuela, septuagenario baqueano de Olavarría y con más energía que todo el pueblo junto, aplicado a distribuir las brasas debajo de la carne. El hombre se ocupa de las vacas y los caballos de la estancia; discreto y eficaz, no bien el asado estuvo listo, don Roberto dijo permiso, que tengan todos buen provecho, y se fue.
Dimos cuenta de las empanadas y la parrilla, y pipones de buen trato nos despedimos. No dijimos adiós adiós, sino hasta la vuelta, que así sería nomás.
Viedma
Para matizar el tedio de la llanura, nos desviamos apenas hacia el oeste y pasamos por Sierra de la Ventana. Las sinuosidades de la ruta nos reconfortó, y hasta Bahía Blanca Caro no clavó los frenos. Una tormenta se avecinaba. El mundo se llenó de nubes ominosas que se fueron haciendo más pesadas, descargaron una andanada de rayos y un rato después, agua a baldazos. El diluvio no cedió hasta casi llegar a Carmen de Patagones. Caro, no obstante el cansancio, estaba satisfecha: es otra cosa con una máquina como ésta, dijo palmeando el volante. A partir de ese momento, la 4x4 pasó a llamarse Bala Plateada, adjetivo que inspiró su color gris acero. Entramos a la última población de la provincia de Buenos Aires, dispuestos a dormir en cualquier cama. Pero no fue posible. Así que cruzamos el río Negro para hallar cobijo en Viedma, la ex futura capital de los argentinos.
Un garbeo veloz por la costanera, recorriendo la avenida Francisco de Viedma y más allá, nos devolvió la imagen de una ciudad tranquila, con una ribera llena de árboles y un río ?el que le da nombre? espléndido. Dos puentes vinculan ambas costas; también hay un muelle del que sale una embarcación haciendo el trayecto de Patagones a Viedma y viceversa.
Luego nos dirigimos a la rotonda y buscamos la salida a la lobería. Con esta referencia llegamos al balneario, y próxima a la entrada, vimos una oficina deInformación Turística. Bajé a pedir folletos y plantear algunas dudas, pero no tenían nada y en cambio me pidieron todos mis datos, porque en realidad se trataba de un puesto policial. Adujeron que lo hacían "para seguridad del viajero, así, si pasa algo, ya lo tenemos fichado". También nos dijeron que el camino de la playa era transitable, "porque estuvo lloviendo, la arena está firme y los médanos no taparon el ripio".
Seguimos la ruta en dirección al mar, cercanía que anticipó el farito (tirando a maltrecho), a la izquierda. Tomamos a la derecha y ya estuvimos seguros de que no dejaríamos de ver el azul marino por horas; de haber seguido la ruta 3 que arrima directo a San Antonio Oeste, nos habríamos perdido este trayecto, bellísimo. Acantilados de un lado y estepa del otro. El aire estaba invadido por enormes bandadas de loros ?de plumaje amarillo y rojo en el pecho? que anidan en los acantilados; pegado al camino, las espigas de la avena salvaje disputaban territorio a la uña de gato, atiborrada de flores rabiosamente fucsias. Tres kilómetros después de pasar el complejo turístico de la playa de La Lobería, el asfalto se acabó.
Llegamos a Bahía Creek en un alto de los médanos, zona urbanizada que reúne un puñado de casas con sus molinos. Cuando empezamos el descenso, entendimos a qué se había referido el policía de Viedma: el ripio desaparecía prácticamente en la arena, perdiéndose en las dunas. Recién llegando a Caleta de los Loros, se recuperó el trazado visible del camino.
Nos subimos a la ruta 3. Disfrutamos del asfalto liso y parejo hasta Salinas Grandes, pero luego se volvió desastroso, emparchado sobre emparchado.
Chubut
Fue pasar la frontera y como por arte de magia el asfalto se convirtió en un billar. La 3 siguió guiándonos rumbo al sur; apareció el monolito que soporta una cola de ballena, tristemente cubierta de graffitis, y eran las siete en punto de la tarde cuando accedimos al área protegida de Península de Valdés. Pagamos el ingreso y cubrimos los 35 km del Istmo Ameghino, largo nexo entre el continente y la península. En su parte más angosta, el istmo tiene siete kilómetros; al norte se abre el Golfo de San José, y al sur, el Golfo Nuevo. La estepa estaba muy verde, mandato primaveral bienvenido.
Puerto Pirámides apareció allá abajo, con sus casas desparramadas hasta los médanos; se veían los barcos de los avistajes que ya se habían retirado de la bahía, pero Nacho, que en el último tramo había sufrido como una madre porque "este viaje es más largo que un culebrón", sólo quería salir corriendo a ver ballenas. Caro frenó en el estacionamiento de The Paradise, nuestro hotel favorito en Pirámides, largamos los bártulos en las habitaciones (¡a nosotras nos tocó la del jacuzzi!) y nos fuimos a la playa.
No importó que las aguas del Golfo Nuevo estuviesen más plomizas que las del Mar del Norte; no importó el repentino frío y las ráfagas que encabritaron las olas. Había que salir a ver ballenas y salimos. Ni hablar de hacerlo en semirrígido, ahí sí que no se pudo. Hay varios operadores autorizados para los avistajes en barco, y LUGARES ya había probado con casi todos. Pero no con el equipo de Peke Sosa. Sus hijos son los encargados de atender este requerimiento de los turistas que recalan en Pirámides de a cientos por día. Una locura. Nos sumamos a un discreto grupo, que también se había empeñado en hacerse a la mar, y abordamos el Azul Profundo. Me gustó el estilo de los Sosa; nada de arrimes compulsivos, nada de persecuciones, nada de altoparlantes a todo decibel, no señor. Las maravillosas bestias aparecen y los motores se apagan, los relatos se hacen aún más breves y en voz casi baja. Sólo los que miramos nos permitimos expresar las emociones.
El otro programa que no hay que dejar pasar, es el buceo. Nacho y Caro tuvieron su zambullida de bautismo con Juan Benegas, experto explorador de las aguas del golfo. Caro, que es pura serenidad, se lo pasó bomba; en cambio el ansioso de Nacho tuvo que salir de inmediato: alucinó que de entrada podía desplazarse como un torpedo y así le fue. Juan es toda una garantía y nadie se frustra con él. La ceremonia bautismal la hicieron en Punta Pardelas, donde los farallones se continúan mar abajo. Aún para los no iniciados, es toda una aventura.
Punta Pardelas
A meros 17-18 km de Pirámides, nos desviamos hacia el mar y llegamos a Punta Pardelas, lugar para quedarse horas. La marea estaba baja, dejando al descubierto una vasta planicie delimitada por un gran barranco, al que Nacho trepó para apreciar ese escenario desde lo alto. El playón, lleno de charcas con bordes irregulares, era el cielo fragmentado en la tierra. Las olas pegaban con fuerza contra una orilla escarpada, llena de cuevas y calas que devolvían al aire una lluvia de espuma salada. Y las ballenas. Oh sí. Benditas ellas. Ahí estaban retozando en libertad varias madres con sus ballenatos, sin apremios de embarcaciones, resguardadas de nuestra codicia. Nunca más dejamos de ver ballenas a partir de Punta Pardelas, nunca más.
Punta Delgada
Se ve desde el camino la Salina Grande, estela apaisada color rosa furioso. Pero el rosado es un espejismo, efecto del reflejo del agua. Más adelante apareció la Salina Chica, y antes de llegar al faro, a la derecha, entramos a Rincón Chico. María Olazábal, una de las herederas de la estancia, y Agustín Ayuso, su pareja, gestionan el emprendimiento hotelero que arrancó hace menos de tres años y ya no pararon más. Rincón Chico es perfecto para buena vida con avistajes de fauna, que realizan con la estricta guía de una bióloga. Un lujo en la estepa. Tal como aparecimos, desaparecimos con Agustín rumbo a la costa a ver elefantes marinos. Las hembras estaban todas con sus cachorros, así que había calma en la comunidad, con un relajado macho alfa que dormitaba desparramando sus tres toneladas de peso, y los periféricos resignados a su condición de outsiders.
La presencia de animales es casi constante. Las maras por ejemplo, están correteando todo el tiempo a pasos de la casa; pero no se dejan. En cuanto uno amaga con acercárseles, pfiumm, salen a los brincos. Intento imaginar lo que debe haber sido el este patagónico antes de la llegada de los galeses a mediados del siglo XIX, cuando maras, choiques, martinetas, zorrinos, armadillos e incontables cantidades de aves de muy numerosas especies dominaban el espacio entre el aire y la tierra. Cuando no había necesidad de liebre europea ni de zorro colorado; cuando lobos y elefantes marinos debían tapizar, literalmente, la costa atlántica entera. Sin hombre blanco ni ovejas.
Nunca había presenciado una esquila. Y justo un día llegó la máquina. La tarde anterior, habíamos vuelto de una escapada a Trelew ?lo hicimos en un Cessna 182 con el piloto Oscar Fratesi, de esa localidad? y aterrizamos en la pista de la estancia; como en los viejos tiempos, cuando recibían correspondencia y mercadería vía aérea. Todavía excitados por el vuelo, nos fuimos derecho a los corrales: estaban haciendo la boqueada de ovejas, que consiste en mirar los dientes de los animales para determinar su edad y hacer el recambio de los más viejos.
Me impresionó la esquila. La resignación de las ovejas; la máquina antediluviana con correas yendo y viniendo en un laberíntico sistema que activa las afeitadoras; los trabajadores, abocados a una acción que no entiende de gestos imprecisos. Nadie hablaba. En el galpón de luz avara reinaba un clima de gravedad y urgencia.
A la noche nos fuimos al pub del Faro de Punta Delgada, lugar que siempre justifica una visita. El hotel, además, está muy bien. Pero el pub tiene mesa de pool, una tentación para apalancarse largo después de cenar.
Punta Norte
La estepa hervía de vida nueva. Las choiques con sus charitos, y las copetonas con sus pollitos mínimos, las guanacas con los chulengos y las yeguas con los potrillos. Así fue que el camino al norte nos llevó a La Ernestina en un tiempo que se nos antojó breve.
Nos recibió Juan Copello, bronceadísimo ¡y guapísimo! A Juan le sienta de maravillas la vida de campo, y además no para de añadir mejoras. La casa de huéspedes creció. Ahora son cuatro los cuartos con baño privado, y el comedor se transformó: una parte es living y mira al mar, como toda la casa, lujo impagable; y la otra, en un desnivel, es el comedor, al que se vincula con un par de escalones y una ventana abierta en la pared divisoria.
Punta Norte debe ser uno de los destinos naturales más impresionantes y más bellos que guarda el planeta Tierra. Y si no lo es, lo merece. Por ese mar enérgico que moldea playas en declives muy altos y en extensiones que sólo la bruma salada es capaz de desdibujar. Por el pedregal que las cubre en tantos colores intensos. Por los médanos. Por las irregularidades del terreno que sube y baja en abruptas lomadas. Por la fauna que eligió residir aquí. Los pingüinos, los lobos marinos, y las orcas, que llegan cuando está mandado y los cazan. La Ernestina tiene el privilegio de ocupar una considerable porción de Punta Norte, y Juan lo sabe. Por eso no deja jamás que un huésped deambule por las suyas; se encarga él mismo de llevar la gente hasta la pingüinera y recorrerla siguiendo sus estrictas instrucciones. Y hay que verlos, caminando en línea recta desde el nido al mar, se zambullen, nadan y vuelven al punto de partida. En línea recta, claro. Es vital no asustarlos. Juan suele premiar la buena conducta de sus huéspedes con escapada al faro a la tardecita... Y gin tonic que se preocupa de preparar in situ. El primero se bebe a pie de faro, mientras la vista no logra despegarse de las restingas mayúsculas que deja al descubierto la bajamar. El segundo hay que beberlo arriba; subir a la torre por la escalera caracol y desde ese improvisado bar, trago a trago, entre risas y charlas sin importancia, ver cómo el cielo enrojece y las nubes se difunden en festones violetas, azules, naranjas, todo a la vez, hasta culminar en una escenográfica concentración de rojos.
Caleta Valdés
La estancia La Elvira es una excepción en la propuesta natural de Península, que es vivirla desde la perspectiva que le otorga el mar. Abrió al turismo hace un par de años, ya sea por el día o para quedarse. El casco está tierra adentro, en una depresión de la estepa, lo que implica hacer vida de puro campo. Para compensar, tiene el Parador de Caleta Valdés, ubicado en un sitio inmejorable: sobre la costa que aquí es elevada y de cara al azul inmarcesible. A la izquierda del parador, se extienden las lenguas de tierra y agua de la caleta. Hay un camino de pasarelas que propone diferentes puntos de observación. Y por lo mismo que el parador es stop obligado de los que recorren la isla, el casco de La Elvira es una alternativa para hacer noche y seguir viaje.
El Golfo San José
?¿Le gustan los caracoles?
?¿Los encontraste vos?
?Si quiere, se los vendo.
?¿De dónde los sacaste?
?Los grandes a $2 y $1 los chicos.
Juan, diez años, tiene un botín en caracoles que va dejando la marea, o que sacan buceando. El pequeño Rolando imitó a Juan y trajo otro caracol.
?Mírelo contral el sol y va a ver cuántas rayitas tiene.
?¿No te da lástima venderlo?
?Sí... Nnno.
Y además apareció el más chiquito, Javier, con unos dientes de tiburón (que no eran de tal), también dispuesto a convertirlos en monedas. Del mar llegaron Jesús y el hermano con un cajón repleto de róbalos, pejerreyes y cornalitos que venderán en Pirámides.
Todos ellos son habitantes estables de Playa Larralde, un villorrio cuya entrada está enmarcada por costillas de ballena a modo de arco. Habíamos llegado hasta acá bajando por la ruta 3, y adentrándonos por un camino que nos llevó directo a Playa Villarino, al lado de Larralde. Ambos son asentamientos de casas rodantes, colectivos reconvertidos en vivienda, y casitas precarias que ocupan los pescadores con sus familias. La mayoría, cuando llega el invierno, levanta campamento y huye.
En el Centro de la Reserva Faunística de la Isla de los Pájaros (la isla está ahí nomás, enfrente), no encontramos a nadie. La réplica de la capillita del Fuerte San José que el malón de tehuelches arrasó en el pasado, tiene pinta de estar un poquitín descuidada, pero aún así conmueve.
Terminamos de nuevo en Puerto Pirámides. Con tiempo espléndido y un mundo de ballenas retozando en el mar. En un santiamén, ya estábamos con Micky Sosa y una pareja de ingleses saliendo en el semirrígido.
La tarde declinaba y las condiciones no podían ser mejores, cero viento, cero nubes, cero olas. El mar estaba espeso y calmo como un estanque, no se podía creer. Y el ballenato apareció, sacó su grandiosa cabeza pegada al gomón; su madre, a cierta distancia, nadó hacia nosotros, llamando a su bebé, jugaron un rato juntos y de nuevo el ballenato volvió a la carga. Nadó por debajo nuestro, una y otra vez. Su madre hacía la plancha y allá iba el pequeño, se le trepaba y quedaban pegados, las aletas caudales palmeándose. Nos quedamos hasta que la noche nos echó del agua. Fue como una epifanía sentirlos a centímetros de la propia piel. Cómo pueden estos cetáceos ser tan enormes y delicados, tan dulces. Será por eso que verlos da paz. Una paz infinita.
Punta Ninfas
Primero hicimos parada y fonda en Puerto Madryn. Nos alojamos en El Solar de la Costa, hotelito de lo más agradable que está en el mejor barrio de la ciudad, el Barrio Sur, y ubicado sobre la avenida que da al mar. Bien dormidos y luego de una ducha reparadora, partimos rumbo a la estancia El Pedral, que está ahí nomás de Punta Ninfas.
Llegar no es evidente, pero Wendt von Thüngen, marido de María José González Bonorino, una de las propietarias, había sido preciso con las indicaciones: hay que pasar la estancia Los Pinos, Bahía Cracker, hacer 10 km más hasta una tranquera blanca maltrecha, y otros tres campo adentro. El camino llega hasta un barranco que debe bajarse por una huella empinada y en estado calamitoso. Pasada la curva, vimos la casa. Está en una hondonada, la torre colorada asomando entre las copas de una añosa y tupida arboleda.
Este refugio secreto fue construido por el bisabuelo de María José, don Félix Arbeletche, a finales del siglo XIX. Lo hizo para aliviar la nostalgia de su mujer por el País Vasco natal; de ahí la arquitectura, propia de las casas solariegas francesas, muy de la época; de ahí la arboleda y sus sombras anchas. Pero la mujer no llegó a conocerla, porque falleció antes de que concluyeran la obra; doble dolor para don Félix. Hoy sigue siendo el punto de reunión de toda la gran familia, en tiempos de fiestas navideñas, así que la casa se llena de niños y mucha gente joven.
La casa es tan linda que no dan ganas de salir. E irse de recorrida implica volver aquí, a esta placentera soledad rodeada de tantas flores y árboles; a la comodidad de sus ámbitos y a los detalles y muebles antiguos que le dan sentido.
Luego está todo lo demás, que no es poco. Caminar hasta una playa toda de piedras que siempre está lejos. Llegar a los acantilados, navegar este mar, pescar. Y tarde o temprano, ir hasta donde la tierra concluye en altísimos, áridos acantilados, y un faro. Un finisterre deshabitado. Eso es Punta Ninfas.
Por Rossana Acquasanta.
Fotos: Nacho Calonge.
Publicado en Revista LUGARES 95. Diciembre 2003.





