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No sé qué prefiero, si observar la Acrópolis desde abajo, imaginarla a la distancia y guardar su carácter mítico, inalcanzable, o estar sobre ella, entre sus muros de mármol, y mirar la ciudad alrededor. Así puedo apreciar el antiguo estadio Panatenaico, el templo de Zeus, el teatro de Dionisio y la otra gran elevación de la capital griega, el monte Licabeto. El resto de las construcciones, las de esta era, son bajas, de cemento y poco encanto, quizás para no competirle a los tesoros clásicos.
El nuevo Museo de la Acrópolis es la excepción a esa versión insulsa de la arquitectura moderna. Con sus líneas rectas y su diseño ampuloso, de puro vidrio y luz natural, desafió al clasicismo llegando a generar pequeños extremismos. Abrió en 2009, a los pies del Partenón. Sólo la estructura es de vanguardia. Adentro guarda verdaderas reliquias de la cultura helénica, que datan del siglo VII a.C. en adelante.
Diez veces más grande que el anterior, era el espacio que hacía falta para reunir las piezas halladas en la zona y las repatriadas de museos extranjeros. No así del British Museum, donde todavía están los "mármoles exiliados" de la Acrópolis. Se los llevó de souvenir el aristócrata británico Lord Elgin en los tiempos del Imperio Otomano. Por vía de un dudoso permiso, arrancó estatuas y columnas, y las embaló en cajas; las que resultaban demasiado grandes las cortó en pedazos, y al final le vendió todas las piezas al museo londinense. Se trata de más de la mitad del friso del Partenón, cuya ausencia se presenta en el nuevo museo como réplica en una galería de cristal que imita la forma del templo real. Los griegos dicen que es como si la mitad de la Mona Lisa se exhibiera fuera del Louvre.
Sin olvidar una de las Cariátides del Erecteión, sola la pobre en Londres y lejos de sus cinco hermanas de mármol. Acá la lloran como si se hubiera ido ayer. La popular actriz Melina Merkoúri, ex Ministra de Cultura, luchó hasta su muerte por recuperarla. Hizo una campaña emocional sin precedentes y llegó a derramar lágrimas ante las cámaras británicas. Desde entonces, el retorno de los mármoles se convirtió en una prioridad patriótica.
Pero los griegos no se quedan aferrados a sus piedras. Ni siquiera se victimizan por el presente, teñido por la crisis económica desde hace cinco años. Eso sí, ya no rompen platos como antes. "No es momento de romper nada", me dice el mozo de una típica taberna ateniense.
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Por Cintia Colangelo. Nota publicada en enero de 2014. Extracto del texto publicado en revista Lugares nº 213.



