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Durante 2012 recorrí zonas muy poco conocidas de Bolivia, principalmente de los departamentos de Beni y Santa Cruz de la Sierra. El trayecto más original y espectacular fue navegar el río Mamoré, perteneciente a la cuenca del mítico Amazonas, a bordo de un barco carguero. Con una longitud de aproximadamente 2.000 km, su sinuoso curso recorre 1.500 km de tierras bolivianas y 265 km del Brasil. Las embarcaciones que lo navegan son cargueras: trasladan sobre todo combustible, ganado, comida y también pasajeros, que pueden subir o descender en cualquier punto del recorrido.
El río es, en esta región del país donde las carreteras son prácticamente inexistentes, el encargado de comunicar las distintas localidades entre sí. En mi caso, la travesía duró ocho días y el recorrido fue de 700 km, entre las ciudades de Guayaramerín, al norte, en el límite con Brasil, y Trinidad, al sur.
Un míster entre los bolivianos
Después de cinco días de espera en la calurosa ciudad fronteriza de Guayaramerín, donde los brasileños compran de todo, pude continuar con mi itinerario boliviano en dirección norte-sur. Mi medio de locomoción se llamaba Don Rodolfo y consistía en una barcaza de madera, pintada de azul y blanco, con unos 20 metros de eslora. Llevaba atada a su proa otra embarcación más sólida donde se colocaba la carga. En esa oportunidad transportaba comida, bebidas, maderas, una moto, cajas varias y a nosotros, los pasajeros. En el barco trasbordador trasero estaban ubicados la torre de mando, la cocina, el comedor, las habitaciones de los tripulantes, el baño y el motor a gasolina.
Yo era el único extranjero, por lo que me apodaron míster. Entre los pasajeros estaba Hugo, un agradable hombre de sesenta y tantos que encaraba por primera vez este periplo para ir a ver a su hija a Santa Cruz de la Sierra. Viajaban, además, varias mujeres de la zona con sus niños. Muchas no hicieron el viaje completo sino que iban bajando y subiendo en distintos campos y parajes costeros. La tripulación estaba conformada por el capitán, cinco ayudantes, una cocinera y dos simpáticos perritos.
Cada pasajero debió buscar su espacio para pasar las noches. Yo instalé la carpa en el primer barco. Ésta me protegió de los mosquitos pero no así del calor. Las mujeres optaron por hamacas y colchones con el indispensable y efectivo mosquitero. Pese a desconocer el tipo de navegación que le esperaba, Don Hugo consiguió una hamaca que sobraba en los camarotes.
El viaje en barco
Fueron ocho días muy relajados. El barco iba lento, siguiendo el curso del río casi sin moverse. Lo importante era disfrutar del paisaje, leer (aconsejo llevar varias lecturas), tomar fotografías (tener un buen zoom para captar imágenes de los animales), escuchar música, tomar sol en las hamacas, pescar, lavar la ropa, dormir, charlar y compartir experiencias con los viajeros y con la tripulación, que al principio se mostró huidiza y poco amable. Sin embargo, a medida que pasaban las jornadas, noté que era simplemente timidez. Más tarde terminamos siendo como una gran familia. El barco avanzaba entre una naturaleza privilegiada interrumpida con atardeceres increíbles, de soles rojo intenso. En el paisaje de densa selva amazónica pude avistar aves, monos, delfines rosados, carpinchos, yacarés y tortugas de agua. Todo el tiempo intenté encontrar un yaguareté o, inclusive, a la famosa anaconda nadando entre los camalotes acuáticos, pero no fue posible. Son animales muy difíciles de ver.
La comida estaba incluida en el precio del boleto, por lo que fue una preocupación menos. Regina, la cocinera, preparó el desayuno con masaco (mandioca con plátano frito); para el almuerzo y la cena, carne de vaca, pollo, piraña (fresca y pescada del mismo río), ensaladas y cuñape frito (parecido a nuestro chipá del noreste). Los platos iban siempre acompañados con arroz, muy consumido en Bolivia. Me impresionó el rico sabor de la piraña, que devoré a pesar de sus filosas espinas. Para beber había té, chocolate y refresco de pomelo. En mi caso, elegí agua mineral o tratada con pastillas potabilizadoras.
No recuerdo la cantidad de paradas que hicimos, pero fueron muchas y, como el capitán no tenía apuro por llegar, el viaje se alargó más de lo debido. A medida que avanzábamos, el barco se iba vaciando de gente y de carga. Hubo detenciones en pequeñas y agradables comunidades, como Jardín, donde colaboré con la cosecha de pomelos para el capitán, Don Sombrero, y en Trompillo, donde nadé en una hermosa playa cerca de los delfines rosados. También se detuvo en estancias ganaderas, como Warnes, y en Puerto Siles, que es el puesto más importante del camino, donde funciona una base naval en la que debí registrarme como pasajero extranjero.
También pesqué en una laguna vacía de vegetación en sus orillas. En realidad fueron intentos: saqué sólo dos pirañas en comparación con las decenas que atraparon los trabajadores del barco. A mi poca paciencia y habilidad para este deporte se sumaron el calor y el barro en el que se enterraban mis botas mientras, muy de cerca, se asomaba un curioso yacaré.
La tripulación paró otras veces para capturar tortugas de agua y algunas gaviotas, para comer o vender en otros poblados. En estas tierras, la tortuga o peta es un lujo gastronómico y venderla es una inyección extra para el bajo salario que perciben los navegantes.
Pasaban los días y me sentía muy a gusto en Don Rodolfo. El río se fue haciendo cada vez más angosto y la selva, menos densa. Lamentablemente, todo lo bueno tiene su fin: el barco ancló en el puerto de Trinidad. Con otro hermoso atardecer, me despedí de mis compañeros de ruta.
Para tener en cuenta
La mejor época para vivir esta aventura es de mayo a septiembre, cuando el clima es seco. Durante el verano llueve mucho y hay muchos insectos. El costo del viaje es acequible: pagué unos 300 bolivianos ?que equivalen a unos $207 pesos argentinos? con las comidas incluidas. Sin las comidas, el precio era de 250 bolivianos. También es posible hacer el recorrido a la inversa, de sur a norte.
Hay que saber que el barco no parte en forma regular, sino cuando la carga está a bordo y tenga la autorización del puerto en el que está amarrado. En mi caso, para conseguir lugar pregunté en el puerto de Guayaramerín y allí me derivaron al capitán.
Uno puede llevar su propia comida, pero la diferencia de precio es mínima. De todas formas, aconsejaría aprovisionarse de galletitas, chocolates, caramelos, hojas de coca para mascar y frutos secos.
Sí es fundamental llevar agua mineral o de pastillas potabilizadoras ya que en el barco no hay agua potable. Otros indispensables: repelente de insectos, protector solar y elementos de aseo personal; sin ducha abordo, para lavarse hay un balde en la popa que se llena con agua de río. (El sistema vale también para lavar la ropa.) Para dormir: carpa, bolsa de dormir y hamaca con mosquitero. Antes de viajar hay que vacunarse contra la fiebre amarilla y llevar, por las dudas, los medicamentos para la malaria.
Esta travesía es recomendable para gente que desea algo diferente, con mucha aventura y contacto con la naturaleza. Es necesario tener paciencia, abrirse a posibles imprevistos y saber que durante una semana no habrá contacto con la tecnología ni con el confort. La selva de Bolivia es así: impredecible, salvaje, rica y llena de misterios en su naturaleza y su gente.
Para contactarse con el autor: nachalten@yahoo.com
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