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Turismo

Bariloche fascina todo el año

Carola Cinto
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2 de febrero de 2020  • 00:01

Bariloche bien podría ser considerada "la ciudad que nunca duerme" porque, al igual que en Tokio, Buenos Aires o Nueva York, a toda hora hay algo para hacer.

Si bien en sus comienzos la ciudad fue explotada principalmente como destino de invierno, hoy prácticamente no hay época del año en que no haya turistas caminando por su Centro Cívico. Sin ir más lejos, las últimas noticias hablan de 42.000 visitantes durante las Fiestas.

A los 350 restaurantes, l as más de 25 cervecerías artesanales y las 1500 toneladas de chocolate que se fabrican al año, en verano se suman otras actividades como el trekking, la navegación, el paddle board, el windsurf y el kayak.

También hay conciertos al aire libre, almuerzos a orillas del lago Nahuel Huapi y decenas de balnearios disponibles para poder disfrutar de temperaturas que alcanzan los 30 grados.

TREKKING CON BUEN PALADAR

Entre fines de noviembre y principios de diciembre, Bariloche se llena de colores y sus senderos se transforman en postales únicas: la retama -una flor amarilla traída de Europa- explota por todas partes, tiñendo el paisaje.

Si bien los extranjeros enloquecen con los colores, los locales como Carlos Pelli, se muestran preocupados por las especies autóctonas, que no crecen a la sombra de esta planta invasiva. Carlos se considera un local más, aunque en realidad nació en Buenos Aires, pasó por Europa y finalmente se decidió por Bariloche.

Hoy, junto a su familia, tiene el proyecto Wilderness Patagonia, con el que organiza excursiones por todo el sur argentino con el espíritu de los primeros pioneros: explorar y degustar lo local.

"La naturaleza y la comida son la puerta de entrada para entender la cultura de Bariloche", es la frase que más repite cada vez que conoce a un grupo nuevo.

Uno de sus productos más solicitados es la caminata por el Brazo Tristeza, un sendero que parte desde la Bahía López -donde solía llegar el tren desde Viedma- y termina con una de las postales más bellas y desconocidas del lago Nahuel Huapi.

Fuente: Archivo

A paso lento y firme, Carlos guía a los visitantes durante una hora mientras cuenta algunas curiosidades del lugar, como que los palotinos eran los más rudos escaladores de la zona. El paseo es suave aunque tiene partes empinadas.

Con espíritu explorador, Carlos se detiene en los detalles. Toca las plantas que acompañan el sendero, ofrece su mano a quienes vienen detrás y recolecta hongos Llao Llao. "El bosque te da todo lo que necesitás para vivir", observa.

Si bien el camino puede volverse un poco áspero, al final hay recompensa. Frente a uno de los miradores más impresionantes del Brazo Tristeza y el lago Nahuel Huapi espera una mesa servida con agua fresca, cerveza artesanal fría y bocaditos de salmón y trucha.

Con la panza llena, el corazón contento y el celular lleno de fotos, se emprende la vuelta por ese mismo camino. Carlos cuida meticulosamente los detalles. No sólo por la calidad de la comida o la calidez de su compañía, sino porque todo lo que emprende, lo hace con principios sustentables. Su empresa es libre de plásticos y los restos del picnic vuelven en mochilas de nuevo hacia la ciudad. "Tomar lo que viene de la naturaleza y devolverlo de la misma manera", sostiene.

En el verano barilochense hay decenas de posibilidades, pero la navegación se transforma en la opción más deseada. Con más de 530 kilómetros cuadrados, el Nahuel Huapi tiene más tránsito que la Panamericana, con barcos que van y vienen.

En toda su inmensidad, el Brazo Tristeza del Nahuel Huapi es una de las zonas menos exploradas. Por sus aguas, sólo tienen permitido navegar barcos particulares y el Kaiken, una embarcación para 15 personas.

Nicolás de la Cruz, gerente de la única empresa que explota la navegación de esta parte del lago, da la bienvenida a bordo a cada uno de los pasajeros y los invita a ponerse cómodos mientras el barco comienza a burbujear.

El tiempo de navegación es de una hora, y Nicolás siempre estará dispuesto a contar la historia del lugar y su experiencia como hijo de estas tierras. La pregunta que siempre surge entre los turistas es el por qué de ese nombre a un paisaje que está muy lejos de generar ese sentimiento.

Hay muchas versiones al respecto. Algunos se lo atribuyen a un feroz incendio que aún deja sus marcas grises en medio de tanto verde. Otros, a la falta de pobladores y de actividad económica en la zona. Y están quienes (Nicolás es de esa idea) se lo atribuyen a un grupo de chilenos que intentaron cruzar su ganado por la cordillera y nunca lo lograron.

Después de una hora de navegación, mates y anécdotas, el barco atraca en una isla para recorrer un sendero de 30 minutos que conduce a la Cascada Frey. En el bosque hay líquenes, y eso es símbolo que el aire del lugar está totalmente limpio. A diferencia de las retamas, estas son plantas nativas.

Nativo y no nativo son adjetivos que podrían definir cómo se compone la sociedad de Bariloche. Están los nacidos y nunca exiliados; y los extranjeros desde siempre adoptados. Este último grupo se multiplica cada año y prácticamente todos los que trabajan en turismo caen en esta categoría.

Nicolás es la excepción. Nació, se crió y morirá en Bariloche, según afirma. En su anecdotario sin dudas su infancia es la que le regaló los mejores recuerdos. "Mi infancia fue de la calle. No había televisor. Subíamos al Cerro Otto en bicicletas y a lo indio. Una infancia muy linda y romántica", rememora.

CIRCUITO BIRRA

En Bariloche, la cerveza artesanal ya no es una moda. Es parte de la identidad de cientos de familias que día a día se dedican a hacer y experimentar con nuevos sabores.

Gracias a los ingredientes que pueden encontrarse en estas tierras, como el lúpulo y el agua, Bariloche se ha transformado en la ciudad con mayor cantidad de cervecerías per cápita del mundo; se producen más de dos millones de litros al año.

Si bien hay más de 25 cervecerías y cientos de pequeños productores, cada familia tiene su propia receta y sus secretos para transformar el lúpulo, el agua, la malta y la levadura en algo refrescante.

Eduardo Wesley, ex combatiente de la Segunda Guerra Mundial, se instaló en Bariloche y fue uno de los precursores de la producción de esta bebida en la zona. Con recetarios antiguos, sus nietos decidieron seguir con la voluntad de su abuelo e instalaron la cocina en la antigua chacra familiar, que los turistas pueden visitar.

Fuente: LA NACION

Con agua proveniente del Cerro Campanario, lúpulos de El Bolsón, maltas de Buenos Aires y levaduras de Inglaterra, Wesley es una de las cervezas más elegidas por los locales. Además, fue elegida por el Hotel Llao Llao para hacer una cerveza exclusiva que se vende sólo en su sushi bar y en la cervecería del Bar Lago Moreno, que comenzaron a funcionar este verano en el ala más moderna del establecimiento.

"Todo el tiempo tratamos de innovar para que los locales puedan probar cosas diferentes", dice Sergio, uno de los chicos que trabaja en el lugar y realiza las visitas guiadas. Para este verano, Wesley lanzó una cerveza sour (estilo ácido) con gusto a frambuesa.

Como muchos de los que se inician en este rubro, Alejandro Gilbert comenzó a hacer la bebida en el garage de su casa. De la mano de su pasión por la cocina, decidió abrir un restaurante y ofrecer comidas y cervezas maridadas. El proyecto arrancó en un establo de 1930, perteneciente a los primeros pobladores de la zona, la familia Goye. El espacio tiene un estilo rústico, con adornos antiguos, posavasos en las paredes, cráneos de toros y música jazz de fondo.

Cuando no está andando en moto, Alejandro Gilbert está en el restaurante recibiendo a los visitantes y contando sus anécdotas."Fui al Lanín en moto. Salí a las 5 de la mañana, subí caminando. A la noche no pude dormir por el viento que había".

En Gilbert aún conservan la manera antigua de hacer cervezas dentro de ollas que son controladas y removidas a mano. Sin embargo, son una de las pocas cervecerías que lo hacen de esta manera.

A diferencia de Gilbert, en Cerveza Patagonia el proceso está casi 100% automatizado. En el kilómetro 24,7 de la avenida Bustillo, el refugio es uno de los más visitados por los turistas. No sólo por la calidad de sus productos, sino también por la experiencia de estar en uno de los miradores más lindos del Lago Moreno.

Este lugar es el único de la marca en donde tienen una laboratorio para probar y elaborar nuevas variedades. Algunas de ellas se venden únicamente en este refugio y, si funcionan en el paladar del público barilochense, son enviadas a Buenos Aires para que sean distribuidas en todo el país. Tal es el caso de la 24.7, nombre que refiere al kilómetro exacto en donde se encuentra este refugio.

Datos útiles

Cómo llegar

Con Aerolíneas Argentinas se puede volar todos los días desde Buenos Aires por $8200 pesos, ida y vuelta.

Para ir a El Bolsón se puede tomar la RN 40 y transitar los 120 kilómetros que la separan de Bariloche.

Dónde dormir

NH Bariloche Edelweiss (San Martín 202), a metros del Centro Cívico.

Precios

Una excursión por el Circuito Chico tiene un costo de $920 por persona. Un recorrido a Puerto Blest (con navegación), $1900. Subir al Cerro Otto cuesta $800 y al Campanario, $450. Una cena en un restaurante de alta gama ronda los $1900 (más bebida) y un almuerzo en un restaurante céntrico, $500. Una pinta de cerveza ronda los $150.

Más información

https: /www.barilocheturismo.gob.ar/es/home

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