Brasil: las ciudades antiguas deslumbran como sus playas
San Luis, Olinda, Goiás y otras exhiben un legado que es Patrimonio de la Humanidad
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SALVADOR DE BAHIA.- Las ciudades brasileñas son tan famosas en el mundo como sus carnavales y artistas entrañables. Son símbolo de la alegría sem fim , de la samba y de las playas de ensueño. Pero hace casi 500 años Brasil tenía otros sinónimos, especialmente para los portugueses y conquistadores como los holandeses y franceses: era oro, plata, diamantes, palo brasil, caucho, azúcar, tabaco y un gran mercado de esclavos.
La continua explotación agotó los minerales, pero hoy en la tierra yacen otras riquezas: las ciudades que nacieron durante la colonización y que luego de cientos de años abandonan el olvido para convertirse en uno de los testimonios más valiosos de la época.
San Miguel de las Misiones, Goiás, Salvador de Bahía, Olinda y San Luis de Maranh‹o son algunas de las ciudades que por su valor histórico, arquitectónico y cultural fueron declaradas por la Unesco, en las últimas décadas, Patrimonio de la Humanidad.
Actualmente muchas de ellas como Goiás, declarada patrimonio el año último, o San Luis de Maranha‹o, están en plena tarea de reconstrucción. Los andamios hoy forman parte de su fisonomía, y muchas manos trabajan incansablemente, porque saben que si rescatan el pasado, además de una ciudad con una identidad más pura, tendrán un futuro bendecido por la actividad turística.
Un recorrido por estas ciudades propone develar otra cara del país vecino, acercarse a sus raíces, sin perder de vista cómo cada uno de esos lugares fueron adaptándose a los tiempos que corren. De Norte a Sur, pasando por el centro, un itinerario que esta vez sale a la conquista.
San Luis
Próxima a la línea del Ecuador, esta pequeña isla, llamada San Luis -capital del Estado de Maranhao-, atesora más de 3000 edificaciones de los siglos XVIII y XIX, uno de los conjuntos más grandes coloniales de América del Sur.
A diferencia de otras ciudades, fue fundada por los franceses en 1612; y también estuvo poblada por los holandeses hasta que finalmente en 1644 quedó en poder de Portugal.
A pesar que la ciudad está en restauración -muchas paredes amenazan con desmoronarse-, es posible imaginar los tiempos de su máximo esplendor, fruto de la explotación de la caña de azúcar y el algodón. Tiempos en que los portugueses, oriundos de Azores, principalmente, continuaban mirando hacia Europa:sus hijos estudiaban en Portugal, todas las semanas llegaban navíos con novedades y las mujeres enviaban sus vestidos para que fueran almidonados.
En 1800, los franceses consideraban a San Luis como la pequeña villa de los palacios de porcelana. Esto se debe a sus azulejos, en su mayoría portugueses (se identifican porque son azules y cada cuatro de ellos forman una figura, mientras que cada uno de los los franceses forman una sola figura).
Detalles y más detalles hacen que los paseos por el casco histórico sean encantadores. Las janelas (ventanas) de colores fuertes, decoradas con vitraux, o revestidas de azulejos; los tejados que se entraman unos con otros, los miradores, grandes escalinatas, la ausencia de cableado, que se hizo subterráneo; las veredas de piedra de cantaria portuguesa, que fueron picadas para que los peatones, que en aquella época usaban zapatos de suela, no se resbalaran. El período de decadencia llegó a la isla en 1890, cuando Inglaterra comenzó a comprarle algodón a los Estados Unidos, frente a otros factores que hicieron que los capitales emigraran a San Pablo y Río de Janeiro. Gracias a su caída, igual que otras ciudades que fueron importantes, conservan este patrimonio.
El 80 por ciento de la propiedad, que fue reconocida en 1997 como patrimonio mundial, es particular, un factor que dificulta el trabajo de restauración.
Por este motivo, el gobierno está comprando casas y además la Municipalidad ofrece un incentivo para que se sigan empleando azulejos en los frentes de las casas.
Además de los palacios de porcelana y las casas coloniales, el visitante de San Luis se encontrará con mercados, como el Feira de Praia Grande, en el Largo do Comercio; con tiendas artesanales, en la Rua do Trapiche, con muchos azulejos y elementos de decoración que responden no sólo a la tradición portuguesa, sino también a las indígenas y africanas que forman parte del legado cultural.
El Bumba Meu Boi y una amplia variedad de ritmos y danzas, todos los años ponen en escena uno de los carnavales más coloridos y ricos en leyendas. Visitas imperdibles: el teatro Arthur Azevedo, inaugurado en 1817; la iglesia Da Sé, construida por los portugueses en el siglo XVII; el Centro Cultural Popular, que expone manifestaciones del colorido folklore de Maranh‹o.
Olinda
Olinda es una tierra multicolor, de carnavales eternos y paisajes pintados por las manos de artistas. A 6 km al norte de Recife, frente a un mar celeste, este conjunto colonial, declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1982, guarda sus 467 años con sencillez y encanto, en las fachadas pastel de su caserío, en los viejos muros de iglesias y conventos, hasta en lo alto de sus colinas, donde los esbeltos cocoteros imperiales -de hasta 70 metros de alto- ocultan sus raíces caribeñas. El mismo año, Olinda fue también declarada Ciudad Ecológica. Doralice poco sabe de historia, pero mucho sobre el arte de los muñecos de trapo. Tiene 75 años y pasea con ellos sobre el regazo, con una dulce sonrisa, esperando que alguien los adopte. Se la ve feliz andando por las callecitas empedradas, sentada en el cordón de una vereda disfrutando de una apacible tarde soleada. Y... si, el hidalgo portugués, Duarte Coelho, fundador de la ciudad, no se equivocó cuando al llegar dio su primera impresión: O, linda situaao para se construir una vila . De ahí se dice que deriva el nombre Olinda.
Oro blanco
El Estado de Pernambuco había sido destinado a este hidalgo por el Rey de Portugal Jo‹o III, para promover la colonización con el sistema de las capitanías hereditarias. Gracias a la explotación del oro blanco, como se llamaba a la caña de azúcar, logró que Olinda, la antigua capital, fuera la más próspera de Brasil durante 1580, con una población con más de 20.000 habitantes. Por ese entonces, Recife, la capital actual, era sólo su puerto.
Los edificios coloniales que coronan la parte alta de la ciudad, el lugar más seguro en una época en la que las costas eran acechadas - Olinda fue invadida por los holandeses en 1630 e incluso incendiada-, son fuente de inspiración, un museo viviente que alimenta la imaginación de los artistas plásticos que montaron sus ateliers en la Rúa do Amparo, abiertos al público para que todos puedan plegarse a sus sueños. Como los de Sergio Vilanova y sus criaturas na•f, que estallan de colores naranja, rojo, turquesa y amarillo, o como los de Silvio Botelho, el pai de los muñecos gigantes (que superan los 3 metros de alto), símbolo del carnaval de Olinda.
La ciudad le debe mucho al carnaval y viceversa. Son uno para el otro, porque la celebración no termina con las locuras del Rey Momo. Continúa en el arte, en los pasos alegres del frevo y el maracatu, danzas típicas de la región, en el sabor de las tapiocas bañadas con agua de coco en los paradores de Alto Da Sé; en la combinación de cachaas con hierbas nativas.
Olinda conserva 20 iglesias barrocas. Entre una selección, vale la pena visitar la Orden III de San Francisco, que data de 1577, junto al largo do Cruzeiro, rodeado de palmeras, actualmente en restauración. La iglesia do Carmo (1653); el Monasterio de San Bento (1582), cuya capilla es considerada como una de las más bellas de Brasil. En Nostra Senhora Das Graas, puede observarse un túnel que conecta con todas las iglesias, que fue utilizado como refugio durante la invasión de los holandeses.
Otros lugares para visitar: la catedral, la más antigua de Olinda, la iglesia Rosario dos Homes Pretos; el Museo do Mamulengo (de las marionetas), y el Mercado de Esclavos (ahora convertido en feria artesanal).
Goiás
Dentro de un valle rodeado de morros verdes, a los pies de la sierra Dorada, Goiás es el testimonio de la ocupación y colonización de las tierras del centro de Brasil, entre los siglos XVIII y XIX. Está a 120 km de Goiania, capital del Estado de Goiás, donde está el aeropuerto.
Después de la inundación que provocó estragos el 31 de diciembre de 2001, la ciudad está en plena restauración, especialmente en el casco histórico. La minuciosa labor que se está efectuando sobre el lecho del río Vermelho no sólo es para evitar que las aguas vuelvan a arrasar, sino también para recuperar todo lo que ésta se llevó: un puente, una cruz y piezas de valor, como sucedió con muchos de los objetos de la casa museo de la poetisa Cora Coralina. Esta ciudad, fundada en 1727 como la primera capital del Estado de Goiás, nació con la explotación de las minas de oro y diamantes. Conserva más del 90 por ciento de su arquitectura barroco-colonial. Una de sus características es que para la construcción de sus casas coloniales simples se emplearon técnicas y materiales de la región. Las paredes se levantaban con maderas, unidas con barro, estiércol y aceite de ballena. Un paseo por sus callecitas adoquinadas llena los ojos de colores y de una paz pueblerina. La plaza principal, con una adornada glorieta, continúa siendo un punto de encuentro, como hace siglos, sólo que era frecuentada por los blancos. A su alrededor está la catedral Santa Ana, todavía sin terminar desde 1727, y el Palacio Conde Dos Arcos -la casa de los gobernadores-, de líneas simples y modestas, que pone en evidencia la falta de interés que tenía la corona portuguesa en invertir en esas tierras.
Hay varios puntos de interés que vale la pena visitar: el museo de Cora Coralina; el Museo das Bandeiras; la casa de la artista plástica Goiandira Do Couto, que emplea en sus cuadros una técnica con arena de la sierra Dorada. Para estar al aire libre, una visita al Balnerario Santo Antonio y a las Cachoeira das Andorinhas .
Salvador de Bahía
De las ciudades coloniales de Brasil es la más conocida por los turistas, porque conjuga uno de los mayores tesoros arquitectónicos de América del Sur, con playas adornadas con palmeras y tradiciones heredadas de Africa, como las ceremonias paganas del candomblé y la danza de la capoeira, siempre acompañadas por el sonido del berimbau.
El Pelourinho -el centro histórico que fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 1985- recuerda la época en que esta ciudad fue la primera capital de Brasil, desde 1549 hasta 1763; y el primer mercado de esclavos, a partir de 1558, donde eran reclutados para trabajar en las plantaciones de caña de azúcar. Más de mil caserones, palacetes, mansiones y conventos, construidos entre los siglos XVI, XVII y XVIII, entre calles empinadas, conforman el legado de esta ciudad que hace años se está recuperando.
Las iglesias de estilo barroco brasileño y las casas tienen tantos colores que es difícil de imaginar su composición. Esto se debe a que en esa época no había numeración en las calles; entonces, era una forma de identificarlas.
El Terreiro de Jesús, la plaza más importante, centro de fiestas religiosas y recitales populares, es un buen punto para iniciar el recorrido. Está rodeada de iglesias, pero la que más se destaca es la iglesia barroca San Francisco de la Orden III, también conocida como la iglesia de oro . Se tardó 10 años para su construcción, y 40 para ser decorada. No es un detalle menor. Su interior presenta láminas de oro (800 kilos), todo trabajado minuciosamente por las manos de los esclavos, los que nunca pudieron sentarse en sus bancos; tenían un espacio reservado para ellos.
Otra de las iglesias que fue construida por una hermandad formada por africanos, Nuestra Senhora de Rosario dos Pretos, fue la que estuvo destinada exclusivamente para ellos. Cerca del museo de Jorge Amado, en el Largo del Pelourinho, este templo continúa siendo frecuentado en su mayoría por sus descendientes.
Un coro con instrumentos de percusión es acompañado por voces enérgicas que expresan la alegría y devoción de un pueblo católico, y a la vez pagano. Los orixás, dioses del canbomblé, reciben también sus ofrendas. Es posible verlos representados en espectáculos, tanto en centros culturales como en algunos restaurantes.
En el Sur, las ruinas jesuíticas
Paso a paso, por San Miguel
La historia de San Miguel de las Misiones, a 450 km de Puerto Alegre y a 260 de Posadas, comienza con la fundación de la reducción de San Miguel de Arcanjo, en 1687. Es uno de los llamados 7 povos jesuíticos que forman parte de Río Grande do Sul, de un total de 30 reducciones que integraban la Provincia Jesuítica del Paraguay (1607), que se distribuyen hoy entre Uruguay, Paraguay, Brasil y la Argentina. La grandeza arquitectónica del templo de San Miguel de Arcanjo, que data de 1745, le valió el reconocimiento como patrimonio nacional en 1938, y mundial cultural, en 1983. Se trata del trabajo de 100 guaraníes a lo largo de 10 años. Sus paredes rosadas de piedra cambian de tonali-dad durante el día, y por las noches se llenan de luz y sonido por el espectáculo que se repite siempre a las 20. Las voces que invaden el terreno reviven aquella época en la que los guaraníes repartían su tiempo entre la agricultura, el arte, la música y la oración. Pero también remontan al enfrentamiento con los ejércitos portugueses y españoles, tras el Tratado de Madrid de 1750, en el que los dos países europeos se intercambiaron los 7 pueblos por la disputada Colonia del Sacramento. Tras la derrota de la guerra guaraní, los jesuitas fueron expulsados y muchos guaraníes perdieron la vida.
El templo, hoy
En el templo pueden observarse el espacio dedicado al observatorio astronómico, la sala de bautismo; en un patio, al costado, el cementerio, y en una sala hay una maqueta que recrea cómo vivían los 6000 aborígenes de esa reducción. El museo, diseñado por el arquitecto Lúcio Costa, conserva muchas esculturas en madera que fueron rescatadas en los 7 povos.
En 1998 se tomó la primera acción de integración del circuito de las misiones jesuíticas de la Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay, y se acaba de incluir a Bolivia, que tiene misiones cercanas a Santa Cruz de la Sierra.
Datos útiles
Cómo llegar
A Goiás (Goiania) US $ 652
A Salvador US $ 531
A Olinda (Recife) US $ 583
A San Luis US $ 691
Desde Buenos Aires, pasaje de ida y vuelta, volando por Varig, con tasas e impuestos incluidos.
Más información
Embajada de Brasil, Cerrito 1350, entrepiso. Atiende de lunes a viernes, de 9.30 a 13 y de 15.30 a 17.30. E-mail: http://turismo@embrasil.org.ar
En Internet
Listado patrimonial
Ciudad histórica de Ouro Preto (1980). Centro histórico de Olinda (1982). Centro histórico de Salvador de Bahía y Santuario del Buen Jesús de Congonhas (1985). Parque Nacional Iguazú (1986). Brasilia (1987). Parque Nacional de la Sierra de Capivara (1991). Centro histórico de San Luis (1997). Centro histórico de Diamantina; Bosque Atlántico -Reservas del Sudeste- y Costa del Descubrimiento -Reservas del bosque Atlántico- (1999). Complejo de Conservación del Pantanal y Parque Nacional Jaú (2000). Islas atlánticas brasileñas: Reservas de Fernando de Noronha y Atolón de las Rocas; Areas protegidas del Cerrado: Parques Nacionales de Chapada dos Veadeiros y Emas, y Centro Histórico de la ciudad de Goiás.
Brasilia, la más audaz
- Brasilia, la capital de Brasil, también figura en la nómina del Patrimonio Mundial, y a diferencia de las otras ciudades, tiene una historia con pocos capítulos. Se fundó en 1960. La mención se debe a su valor arquitectónico y urbanístico. Se trata del primer sitio urbano contemporáneo que se convierte en Patrimonio de la Humanidad. Creada por Lúcio Costa, con varios importantes edificios dirigidos por el arquitecto Oscar Niemeyer, esta ciudad se construyó en 41 meses.
Paso a paso, por San Miguel
La historia de San Miguel de las Misiones, a 450 km de Puerto Alegre y a 260 de Posadas, comienza con la fundación de la reducción de San Miguel de Arcanjo, en 1687. Es uno de los llamados 7 povos jesuíticos que forman parte de Río Grande do Sul, de un total de 30 reducciones que integraban la Provincia Jesuítica del Paraguay (1607), que se distribuyen hoy entre Uruguay, Paraguay, Brasil y la Argentina. La grandeza arquitectónica del templo de San Miguel de Arcanjo, que data de 1745, le valió el reconocimiento como patrimonio nacional en 1938, y mundial cultural, en 1983. Se trata del trabajo de 100 guaraníes a lo largo de 10 años. Sus paredes rosadas de piedra cambian de tonali-dad durante el día, y por las noches se llenan de luz y sonido por el espectáculo que se repite siempre a las 20. Las voces que invaden el terreno reviven aquella época en la que los guaraníes repartían su tiempo entre la agricultura, el arte, la música y la oración. Pero también remontan al enfrentamiento con los ejércitos portugueses y españoles, tras el Tratado de Madrid de 1750, en el que los dos países europeos se intercambiaron los 7 pueblos por la disputada Colonia del Sacramento. Tras la derrota de la guerra guaraní, los jesuitas fueron expulsados y muchos guaraníes perdieron la vida.

