Carcassonne, la fortaleza de Francia
En lo alto de una colina, es una ciudad amurallada de los tiempos medievales con castillos, iglesias y calles empedradas
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CARCASSONNE (El País, de Madrid).- Asolada en las luchas contra los albigenses, la ciudad amurallada de Carcassonne, la Cité, fue reedificada luego por los reyes franceses.
Fue entonces una ciudadela inexpugnable preparada para defender el reino francés del peligro español. Hoy es una fortaleza única, incluida en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco desde 1997.
En 1659, mediante la Paz de los Pirineos, España perdió las tierras ubicadas al norte de la cordillera pirenaica, y Carcassonne dejó de ser un baluarte estratégico. Además, los progresos de la artillería hicieron que las fortificaciones medievales quedaran devaluadas para la guerra. Poco a poco, los altivos muros edificados desde la época romana hasta el siglo XIV fueron derruyéndose.
La vieja ciudadela se quedó sola, y las elevadas torres se trocaron en atalayas para las águilas y solanas de cuervos y lagartijas. Mientras tanto, progresaba, al oeste del río Aude, la Carcassonne moderna (la Bastida, hoy con unos 45.000 habitantes). Pero en plena época romántica apareció un salvador para aquella enorme fortaleza medieval desprovista de expectativas de futuro: Viollet-le-Duc (1814-1879), un arquitecto clave en la conservación del patrimonio galo.
Punto estratégico
La Cité, con su doble cercado de murallas, se alza vigorosa sobre una colina, a la vera de la ruta que unía el Atlántico con el Mediterráneo, pasando por Toulouse; de ahí su importancia estratégica. Tiene en sus muros la huella gala, romana, visigoda y de diversos períodos del Medievo francés, principalmente del siglo XIII.
En el cercado interior se aprecian las defensas más antiguas, los grandes bloques de la defensa galorromana, o los visigóticos, con piedra cuadrada y ladrillo. La parta exterior, con un lienzo de muralla más bajo y provisto de 14 torres, es la debida a los reyes franceses Luis y Felipe el Atrevido, los que consiguieron trazar un bastión imbatible. En medio de ambas, una avenida, la liza, que también servía para la estrategia defensiva. Si el enemigo llegaba a ella era masacrado desde las torres de ambas murallas.
Recorriendo este espacio, el viajero retorna fácilmente hacia el pasado. Toda la Cité rezuma sabor pretérito: sus muros, el castillo, las calles empedradas, la gran iglesia de Saint Nazaire... Sobrepasado el foso, y sólo con pasar la primera puerta, aparece la liza, la avenida entre las dos murallas, y se descubre la majestuosa cerca interior, fortalecida con sus 24 torres.
Luego se avanza por la Rue Cross-Mayrevieille, que conduce hacia el castillo de los antiguos nobles, los Trencavel. A un lado y otro de la tortuosa calle aparecen las casas de época, en cuyos bajos perviven los talleres artesanales, a los que se suman las inevitables tiendas de recuerdos. El altivo castillo de los Trencavel, vizcondes de Carcassonne, sorprende con su porte magnífico. El antiguo palatium se levantó en el extremo occidental del promontorio rocoso donde se asienta la Cité.
Por la Rue de Saint Louis se accede a otro bello monumento: la iglesia de Saint Nazaire, en la que se aprecia también la intervención de Viollet-le-Duc. Fue catedral hasta 1801. De estilo románico y gótico, se conserva bien la nave románica, de seis tramos, originaria de finales del siglo XI. El crucero y el coro de Saint Nazaire son de finales del XIII y del XIV. Es curioso el efecto interior entre la nave, de escasa luz y sólidas columnas cilíndricas, frente a la zona del ábside, llena de color y luminosidad merced a sus vidrieras y rosetones.
Hay en la Cité diversos museos: el Imaginarium, el de Armas y Caballería, el de la Escuela..., pero hay algo aún más valioso: el placer de callejear entre edificios llenos de sabor, cuidadosamente conservados.
La reconstrucción, paso a paso
En el inicio de los años treinta del siglo XIX surgió en Francia un movimiento conservador y restaurador de edificios antiguos. En una Francia que salía de los desmanes de la época revolucionaria, con una monarquía absoluta ansiosa por entroncarse con un pasado glorioso, la arquitectura sirvió a la vez para imitar la imagen imperial romana y la brillantez de las construcciones medievales, tan caras para los románticos.
En París, la catedral estaba gravemente dañada. Figuras populares, como Victor Hugo, clamaban por una restauración, que llegó de la mano de Viollet-le-Duc, arquitecto de la Comisión Nacional de Monumentos Históricos, que desplegó una gran actividad en París (Sainte Chapelle y Notre Dame), Vezelay, Puy en Velay, Toulouse o Carcassonne. Fue así como la Cité de Carcassonne revivió en todo su esplendor -estuvo a punto de ser demolida en 1849 y una campaña ciudadana logró impedirlo- y adquirió ese aspecto formidable: la mayor fortaleza de Europa.
Con el espíritu original
Es posible que Viollet-le-Duc pusiera cierta fantasía en la reconstrucción de la Cité. No es extraño, pues sostenía que, al rehacer una obra incompleta, era obligado aplicar en la parte inconclusa o desaparecida el espíritu original de la obra. Para él, el edificio debía alcanzar una ideal unidad estilística, adecuada con el supuesto concepto del creador.
Al viajero le queda imaginar cuánto hay de pastiche en la recreación y cuánto de apasionado y noble triunfo regenerador. Curiosamente, en su búsqueda del edificio perfecto, Viollet-le-Duc pretendía una aproximación racional en la que los logros del gótico entroncaban con los progresos técnicos de la arquitectura de su tiempo.
Datos útiles
Cómo llegar
Está en el sur de Francia, en la parte occidental de la región Languedoc-Roussillon. Desde Toulouse, se llega por la N 113 y A 61. También por tren.
Visitas
Abre a diario, de 9.30 a 18, en primavera. En verano hasta las 19.30. Hay servicios de traslados desde el centro hasta la Cité



