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POR CINTIA COLANGELO
FOTOS DE CECILIA LUTUFYAN.
Las casas son tan prolijas que parecen piezas de una maqueta. Sus ventanas, verticales a la fuerza, no tienen cortinas y mucho menos persianas. Si las tienen, están abiertas. Algunas son espejadas, entonces no hacen más que reflejar las casas que están del otro lado del canal. Como sea, siempre hay algún interior que se deja adivinar.
Así es la capital holandesa en general: libre y, por lo tanto, desprejuiciada. Con la misma naturalidad muestra sus iglesias y edificios históricos, la venta de marihuana en los coffee-shops, y a una pareja gay besándose a la luz del día. Nadie se escandaliza.
Todo está servido a la mirada de los otros, pero la paradoja es que nadie se fija en lo que hace el de al lado. Ese espíritu tolerante, y el hecho de que sea una ciudad-pañuelo, compacta e íntima, con distancias que resultan irrisorias, hacen que resulte un placer recorrerla.
Porque, además, hay varias Amsterdam posibles. ¿Quiere postal? Piérdase entre los canales y la ciudad de cuento. ¿Prefiere descubrir lo nuevo? Rumbee para Jordaan y Nine Streets. ¿Ansía pura diversión? En el Barrio Rojo la tiene de todo color y forma. ¿Busca arte? Rembrandt y Van Gogh lo esperan. ¿Quiere hacer algo típico holandés? Alquile una bicicleta y sea uno más del ejército urbano del pedaleo.
DÍA 1
Parte I: El centro histórico y los canales
El edificio neogótico de la Centraal Station es lo primero visible después de los 20 minutos de tren desde el aeropuerto Schiphol. Desde ahí, pura maraña de tranvías y ciclistas, se llega en línea recta a la plaza Dam y al Palacio Real. Bastante austero por fuera y casi siempre rodeado de andamios, el último es usado en ocasiones especiales por la familia real, que reside en La Haya (ver TRIP). Dam es donde se levantó el dique original del río Amstel para proteger al viejo pueblo de las inundaciones (Amsterdam: dique sobre el Amstel).
A pasos nace el cinturón de canales construido en el siglo XVII que surca el casco antiguo como una telaraña. No habría Amsterdam sin este terreno ganado al mar. Por eso, es imprescindible subirse a cualquiera de los cruceros de techo vidriado (?13) para recorrer los cuatro grandes de los 165 canales: Singel, Herengracht, Keizergracht y Prinsengracht, la porción protegida por la Unesco desde 2010.
Así, cabeza arriba, es imposible eludir las omnipresentes bicicletas. No sólo las que circulan. Esas son una mínima parte al lado de las otras, las amontonadas sobre los puentes, las encadenadas a los árboles y semáforos, incluso las que quedan colgadas de los barrales y pendiendo de una cadena, como en gesto suicida. Ni hablar de las miles estacionadas en el parking de la Centraal Station o, lo que es lo mismo, las toneladas de metal y caucho reencarnados en ruedas. A propósito, ¿dónde están sus dueños? Y ¿por qué hay más bicis que personas?
Volvemos al agua. A falta de grandes monumentos, está la hilera de fachadas de ladrillos oscuros que ribetean los canales y forman con estos un binomio perfecto. Para personalizarlas, sus propietarios les construyeron diferentes gabletes (remates): escalonados, como el cuello de una botella u ornamentados con excéntricas figuras. Con atención se distinguen unos ganchos que delatan el origen mercantil de las construcciones: de ahí colgaban las poleas usadas para subir bultos.
Sobre el Herengracht (canal de los caballeros) se asientan las casas más suntuosas, lo que aquí se mide por el ancho del frente de la propiedad. En el extremo opuesto están las casas flotantes o houseboats, adoptadas por los hippies en los 60. Pero hoy la vida acuática es mucho más cómoda de lo que uno se puede imaginar: tienen gas, luz, teléfono y conexión al sistema cloacal. Sus propietarios pagan impuestos especiales y permiso de amarre. Hay alrededor de 2.500, más unas cuantas ilegales.
Parte II: El Barrio Rojo
Ahora bien, terminó el paseo en barco y se le hicieron pasaditas las ocho de la noche?.¿tiene hambre? Poco importa, es la última oportunidad para encontrar una digna opción para comer que no sea una pizzería o una parrilla, hoy tan populares como los restaurantes de comida india, donde sirven ?dicen? cortes de carne argentina. Gracias Máxima. Si no, todavía está a tiempo de conseguir mesa en la Brasserie Harkema, concurrido restaurante de cocina europea moderna que funciona dentro de una ex fábrica de tabaco.
Por último, se impone el tour por el Barrio Rojo, que no tiene horarios pero sí un destino incierto si prosperan las intenciones ?conservadoras para muchos? del gobierno holandés de restringir el acceso de los turistas a los coffee shops y correr la zona de oferta de sexo. Es decir que lo que se busca es reducir el turismo que consume sólo el "destino vicioso". Hay que ver si cierran los números porque, a simple vista, las calles están colmadas de legiones de post-púberes que llegan con ese plan. También se teme que se genere un mercado ilegal paralelo de venta de drogas en las calles.
Por ahora, el barrio es una realidad de 220 coffee shops de venta libre de marihuana y hachís a gusto del consumidor (para armar, en pipa, mezclada o pura, en muffins) y de ventanas con luces de neón rojas, donde las prostitutas se exhiben sin pudor en ropa interior. Todo transcurre en el marco de la ley. Acá lo pueden multar por hacer pis en la calle, entrar la bicicleta a un local o gritar en la calle, pero nunca por consumir sexo o drogas.
Pero la permisividad también tiene sus reglas. En los coffee shops no se puede fumar tabaco, no se vende a menores y raramente ofrecen alcohol. Las prostitutas, en general provenientes de Europa del Este, pagan impuestos y se someten a controles sanitarios. Alquilar la habitación les cuesta entre ?85 y ?185 y ofrecen sus servicios desde los ?50.
Hay dos cosas que irritan a las chicas: fotos y besos. Por las primeras son capaces de
responder con un piedrazo. Por lo otro, se manejan como Julia Roberts en la película Mujer Bonita: todo menos besarse en la boca.
DÍA 2
Las islas, Jordaan y las nueve calles
Eastern Docklands vendría a ser la nueva cara de Amsterdam. Este grupo de islas artificiales vive una etapa de rejuvenecimiento, con modernos bloques de departamentos y barcitos de moda, ideales para recorrer en bici. En la zona se destaca el hotel Lloyd, icono de 1920 transformado en hotel de diseño con un concepto único: tiene habitaciones de una a cinco estrellas, según su presupuesto.
Otra novedad de este lado de la ciudad es el hotel Mint, un conjunto de cuatro edificios vidriados con más de 500 habitaciones y una Mac en cada una de ellas. El complejo se levanta en una ubicación más que estratégica, entre la estación de trenes y la nueva biblioteca. Este eslabón de la muy británica cadena Mint es el primero que se construyó fuera del Reino Unido. Muy luminoso, de cuidada ambientación minimalista, se trata de un hotel pensado para un público joven. Contraseña que sus huéspedes no eluden es la del skylounge, en el piso 11, donde se puede picar unas tapas o tomar un trago con una soberbia vista de la bahía y el casco viejo.
Volviendo a la ciudad histórica, la zona de Jordaan (jardín), también sufrió una gran metamorfosis: de ex suburbio obrero pasó a reducto predilecto de jóvenes de buen pasar y ahora también de los turistas, que se sientan a orillas del canal Brouwersgracht a tomar cerveza al atardecer o pululan entre galerías de arte y los típicos bruine kroeg o "cafés oscuros", llamados así por el color grisáceo de sus paredes y mesas, manchadas de años de humo de fumadores (hoy ya no se permite fumar adentro).
Jordaan se ramifica en un laberinto de minúsculas callecitas bautizadas con nombres de plantas y árboles, y docenas de jardines escondidos (hofjes), adonde a veces se puede entrar pese a la antipatía de los vecinos.
Del otro lado del canal Princengracht, en la puerta número 263, la casa de Ana Frank es la única que tiene las cortinas siempre cerradas, hoy sólo a modo de exhibición. Durante la ocupación nazi, éste fue el escondite de la familia Frank, una de cuyas hijas escribió el famoso diario relatando los dos años y 30 días en cautiverio, publicado años después por su padre, Otto, único sobreviviente, y traducido a más de 65 idiomas. "La casa de atrás" todavía estremece. Conserva las marcas de lápices sobre las paredes para registrar el crecimiento de las hermanas Frank y los recortes de estrellas de Hollywood que Ana pegó en su cuarto. Esta casa es la principal atracción de la ciudad; es preferible visitarla a última hora para evitar colas eternas. Por supuesto, en la planta baja están todas las ediciones posibles del diario en cuestión (el original se exhibió hasta hace poco).
Antes o después no deje de pasar por Papeneiland, un auténtico "café oscuro" (también por su dueño, con cara de muy pocos amigos), y probar la appelgebak o tarta de manzana, con una buena ración de crema batida. Es la mejor de Amsterdam y famosa desde que Bill Clinton la pidió en una visita a la ciudad. Le gustó tanto al ex presidente norteamericano que se llevó una entera a su hotel. Si su estómago es resistente, anímese a un pancake. Los holandeses los comen con queso, banana y nutella, pero el clásico es con manzana y panceta (?10), y así lo sirven en Pancakes.
En plan de compras hay que caminar hasta las Negen Straatjes, que significa "nueve callecitas", donde se puede encontrar lo que en ninguna otra parte porque se trata de locales con identidad, de diseñadores independientes. Zapatos, accesorios, delikatessen y objetos inservibles pero muy atractivos se exponen en sus vidrieras, decoradas con mucha creatividad. Dos recomendados: Spoiled, paraíso del jean, y De Kaaskamer, negocio con más de 200 tipos de quesos, incluyendo el típico Gouda amarillento.
También imperdible es el mercado flotante de flores, sobre el canal Singel. En época de tulipanes (de enero a julio), es el lugar para admirar la flor nacional en todos sus colores y variedades. Por cuestiones logísticas, los únicos que los compran frescos son los locales. Los holandeses coleccionan tulipanes como otros juntan estampillas o monedas. Los turistas se conforman con bulbos envueltos en bolsitas de plástico, más romántico que llevarse una flor de seda o plástico.
Otro punto álgido de shopping es Metz & Co, la tienda más lujosa de la ciudad. Pero muchos la visitan por otra razón: el café de su sexto piso tiene la mejor vista de Amsterdam. Hay que llegar antes de las 18, porque cuando cierra, cierra. Y entonces se puede rumbear hacia el café Walem, al lado, para picar unas bitterballen (croquetas rellenas de carne), acompañadas de mostaza picante. Es el típico snack holandés.
Para terminar el día a lo grande, sobre todo para el paladar, nada mejor que reservar una mesa en Envy. El nombre de este restaurante (envidia, en inglés) sintetiza la experiencia de sus comensales: todos se tientan con lo que comen en la mesa de al lado. Y si no es con el plato del vecino, es mirando cómo los cocineros preparan las delicias en miniatura que se presentan en platos con compartimentos, siempre engamados en color y sabor.
DÍA 3
Rembrandt, Van Gogh y Vondelpark
Decir que son las afueras de la ciudad parece un chiste, a juzgar por los 15 minutos que demora el tranvía desde el centro en llegar al Oud-West (viejo oeste), la zona de los museos.
El Rijksmuseum es uno de sus pesos pesados. El museo nacional alberga un irresistible repertorio de Rembrandt van Rijn (1606-1669), el hijo de un molinero de Leiden convertido en maestro del barroco holandés, incluida su obra cumbre, La ronda de noche (1642). Rembrandt se hizo famoso como retratista en Amsterdam y parte de su clientela eran mercaderes ricos. Así llegó a retratar a María Trip, la joven hija de una familia acaudalada que buscaba mostrarse lo más atractiva posible para conseguir un marido conveniente; poco después se casaría con un próspero comerciante treinta años mayor. Los síndicos del gremio de los pañeros es otra de sus composiciones brillantes, única por su movimiento para la época (1662), que muestra cómo este ilustre pintor era capaz de transformar una situación común en una escena cargada de tensión: los oficiales nos miran como si los estuviéramos interrumpiendo, con una media sonrisa algo inquietante; incluso uno de ellos está por sentarse o pararse.
Por el efecto de luz casi natural, otra de las joyas es La Lechera (1658), de Johannes Verner, esa campesina vertiendo leche de una jarra. También están las casas de muñecas, la cerámica de Delft y el retrato de una joven reina Beatriz firmado por Andy Warhol.
El Rijks comparte cartel con su museo vecino, el Van Gogh, un banquete exclusivo del maestro impresionista. Las comparaciones son odiosas pero inevitables: para los holandeses, Rembrandt es su mejor pintor y Van Gogh, el más querido. Una de las ironías de la vida de Vincent Van Gogh (1853-1890) es que su popularidad post-mortem fue inversa al reconocimiento que obtuvo en vida. Vendió un solo cuadro a lo largo de su carrera y su comprador fue su hermano Theo, con quien mantuvo una relación tan simbiótica que llegaron a morirse con meses de diferencia. Vincent se suicidó y Theo se dejó morir.
Van Gogh pintó hasta el final de sus días a un ritmo frenético: un cuadro cada dos días. Lo hizo primero desde Árles, en el sur de Francia ?"el Japón europeo", solía decir?, donde se reencontró con el sol y los colores. La famosa serie de girasoles corresponde a esa época. Aún internado en el manicomio de Saint Rémy y con media oreja menos (se cortó el lóbulo durante una pelea con su amigo Paul Gauguin), logró convertir la intensidad de su mente atormentada en enérgicos trazos llenos de color.
Los Comedores de Patatas, La habitación en Arlés y una versión de Los Girasoles son parte de la colección de 200 cuadros que se exponen en el museo, más 500 dibujos y 700 cartas, casi todas dirigidas a su hermano Theo, y su colección de grabados japoneses.
Un recreo al aire libre: el Vondelpark, el gran pulmón de la ciudad. No es esfuerzo pasar horas entre sus lagos con patos o en la terraza del café Vertigo, frente al Filmmuseum, y ver pasar gente haciendo footing o tai-chi-chuan.
Los fines de semana, todo Amsterdam se traslada a estas 45 hectáreas de verde. Es más, quizás muchos de los dueños de las bicis abandonadas en la ciudad estén aquí, comiendo un hot dog en el pasto, paseando al perro o durmiendo una siesta debajo de un árbol.



