Coney Island, una playa de otro mundo
Este sorprendente rincón de Brooklyn es recordado por los parques de diversiones y exhibiciones de curiosidades; tras décadas de decadencia, hoy parece renacer
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NUEVA YORK.- ¿Le gustan las paradisíacas playas de clima tropical? Esta nota no es para usted. ¿Estar solo en comunión con el mar y la naturaleza? Tampoco. ¿Rodearse de cuerpos bellos y bronceados en un lugar chic? Menos que menos. Pero si su idea de diversión en la costa es compartir la colchoneta con una señora que come insectos, si cree que a Mar del Plata en enero le falta gente y si en vez de cuidar la línea prefiere participar de una competencia internacional para ver quién traga más panchos, su lugar es Coney Island.
A escasos 45 minutos del centro de Manhattan existe un balneario que no sólo es increíble que pertenezca a Nueva York. Es inverosímil que pertenezca a este planeta.
Creado a fines del siglo XIX en una puntita de Brooklyn para la gente de la ciudad que quería escapar del calor, su popularidad fue inmediata. En las primeras décadas del siglo XX, más de un millón de personas poblaba sus playas. Tanto fue así que debieron instalarse dos turnos: el diurno, normal, y uno por la noche con la playa iluminada artificialmente. Baños eléctricos, se los llamaba.
Pero al buscar entretenimientos alternativos al mar (básicamente porque no entraba más gente) se construyó una serie de parques de diversiones en la costa, pioneros en los Estados Unidos, y freak shows o exhibiciones de gente rara, antes de que fuesen políticamente incorrectos. Había desde una ciudad íntegramente habitada por enanos (Liliputia, hecha a medida para su altura), hasta una visión de lo que sería una ciudad en la Luna (el Luna Park original); otra ciudad, esta vez subacuática, canales de Venecia; un hipódromo de caballos mecánicos y varias visiones del Apocalipsis y del infierno de Dante en los que la gente podía participar y horrorizarse.
Era el reino de lo artificial, un anticipo de lo que Manhattan, Las Vegas y Disneylandia traerían décadas después, pero en su versión más dura y primitiva.
La tierra del día después
Luego llegó la decadencia: y una serie de huracanes terminó de destruir las maravillosas construcciones que quedaban y que aún son de estudio obligatorio de los arquitectos de todo el mundo.
A mediados de los años setenta su aspecto era tan deprimente que era el sitio usual donde se filmaban las películas sobre el día después de un ataque nuclear. Respecto de su vieja montaña rusa, hay pocos films de gangsters que se hayan resistido a usarla para deshacerse de la víctima.
Sin embargo, hoy se habla de un renacimiento del balneario. Una inversión de 39 millones de dólares del ex alcalde Rudolph Giuliani en un estadio de fútbol americano para el equipo local, los Ciclones, sirvió de catalizador. Y el crimen, que bajó en un 70 por ciento en la última década, cayó un 10 por ciento más en el último año.
Eso no quiere decir que Coney Island vaya a perder la personalidad alternativa que la convirtió en el punto de Nueva York al que más canciones le han sido dedicadas. Después de todo algunas de sus atracciones características han logrado sobrevivirlo todo en los últimos cien años.
El favorito es, sin duda, el freak show, ubicado en Surf Avenue y West 12th Street. En él se encuentra Insectávora, una señora de 34 años que transformó un desafío que tuvo de niña (de un grupo de amigos, fue la única que se animó a tragarse un gusano vivo) en una forma de vida. Hoy, en el show, los come como si fueran spaghetti. De aperitivo, se coloca unas orugas color pus en la lengua, las ilumina con una linterna para que el público las vea contorsionarse, y luego las mastica con gusto. Mientras tanto, Eduardo Arrocha, un hombre de 42 años cubierto en tatuajes que responde al seudónimo de Eak the Geek, se acuesta en una cama de clavos y pide al público que se pare sobre él. "Pero en el mundo real no hay freaks o geeks, sólo seres humanos, así que hay que tratar a los otros con respeto", es su mensaje al finalizar.
Reliquias y panchos para el campeonato
El Museo de Coney Island (1208 Surf Avenue), como está en construcción, tiene la entrada en promoción por 99 centavos de dólar y está lleno de reliquias de aquellos parques de diversiones. Y para adentrarse aún más en la historia de este balneario, el Capitán Bob realiza tours guiados los fines de semana de todo el año, a 12 dólares por persona (reservas 001 718 - 372-8091).
También en Coney Island se encuentra el Acuario de Nueva York (Surf Avenue y West 8th, entrada: 11 dólares los adultos, siete los chicos). Y durante el verano hay fuegos artificiales en la playa todos los viernes a las 21.30.
Para almorzar, la tradición lleva a la pizzería Totonno (1524 Neptune Avenue) o al puesto de panchos Nathan´s (Stillwell Avenue y Surf Avenue). Para celebrar la independencia norteamericana, cada 4 de julio, allí se realiza la competencia abierta para ver quién come más panchos. No vaya con muchas expectativas: los últimos años siempre ganó el mismo flacucho que parece capaz de tragar cada hot dog sin siquiera masticarlo.



