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El periplo empieza en la ciudad de Ho Chi Minh, antes llamada Saigón y rebautizada con el nombre del mítico líder revolucionario en 1976, después de la guerra. Nos estuvimos preparando psicológicamente para este viaje en bondi hasta Hanoi, ex capital de Vietnam del norte y actual capital de todo el país. Básicamente, un viaje en colectivo del extremo sur al extremo norte. Por suerte conseguimos el trayecto corto, de 22 horas. El largo era de 36. Aunque con estos viajes tan largos nunca se sabe, y lo más probable es que surjan imprevistos.
Nos entusiasmamos cuando nos dijeron que el colectivo es coche cama, pero lo que no sabemos es que el coche cama es al estilo vietnamita: camitas finitas y cortas, levemente levantadas hacia el final, perfectas para alguien de un metro sesenta (promedio de altura de los vietnamitas), pero no muy prácticas para los extranjeros que pretenden estirar las piernas en algún momento. De todas formas, para ser justos, el bondi es limpio y se ve bastante correcto; el único temita es que no tiene baño?
Atrás queda el gran delta del río Mekong, salpicado de arrozales verdes y barcazas con frutos de colores, y nos metemos de lleno entre los montes que serpentean por la frontera oeste del país. El chofer apaga el motor y, con éste, el aire acondicionado. La cabina comienza a tomar temperatura. Me quedo en cueros y, como no me puedo sacar nada más, decido bajar para ver si afuera está mejor.
Corre una brisa fresca que me arranca del sopor pesado de la cabina. Hacia atrás, una serpiente de lucecitas corta la oscuridad de la montaña. La muralla negra del camión de adelante permanece inmóvil. Cada tanto se prende un motor allá a lo lejos, que va encendiendo a los de atrás. Los ronquidos de los motores se van encadenando en una sinfonía esperanzadora. Todos volvemos a nuestros asientos, esperando que el colectivo se empiece a mover. Nos miramos en silencio... nada. Después de un rato, los motores callan y las cigarras ganan de nuevo la noche. Abajo otra vez.
El clima reinante es tranquilo, sin esa sensación de angustia y desesperación que suele ganarle a la gente en estas situaciones y que, en la Argentina, hubiera hecho que las señoras despotricaran contra la empresa y el gobierno y se pusieran inmediatamente al tanto de los pormenores del viaje de cada uno. Debe ser por el temperamento oriental, pero aunque acá abundan las ciudades frenéticas, con bandadas descontroladas de motitos que circulan en todas direcciones y hacen que cruzar la calle sea un acto casi suicida, la gente tiene una gran calma interior. Nadie se inmuta con la espera, algo que seguramente tiene que ver con su historia milenaria.
Nos quedamos en silencio, disfrutando de la brisa suave. Alrededor se observa la selva tupida y pienso en la cantidad de túneles de guerrilleros que deben quedar todavía por ahí, como los que recorrimos en Cu Chi, un pueblito en las afueras de Ho Chi Minh. Esta excursión es una de las atracciones principales, donde se pueden recorrer los laberínticos túneles y cuevas de las guerrillas, e incluso disparar con los famosos AK-47 (La típica arma de los "malos" de las películas). Nosotros aprovechamos la oportunidad por el módico precio de un dólar cada bala.
Hay más de 600 kilómetros de túneles en todo el país, excavados con pico y pala por los vietnamitas. Atravesarlos es una experiencia intensa: son increíblemente angostos, bajos y oscuros, por lo que hay que hacerlo en cuclillas y casi a ciegas.
Cu Chi fue uno de los bastiones de los guerrilleros comunistas durante la guerra. A este complejo con más de 121 kilómetros de túneles se lo llamó "el triángulo de hierro" (por su forma más o menos triangular), y resistió todos los intentos americanos de desalojo, desde las toneladas de bombas, los litros y litros de napalm (combustible gelatinoso), gases tóxicos y muchas otras cruentas y frustradas iniciativas, todas bien documentadas en los museos y grabadas en la piel de muchos veteranos mutilados que todavía andan por las calles.
Siempre se piensa en la guerra de Vietnam contra Estados Unidos, que transcurrió entre 1955 y 1975, pero lo cierto es que el pueblo vietnamita tiene una historia de guerra casi continua: la resistencia a las invasiones chinas en la antigüedad, la lucha contra la colonización francesa durante el siglo XIX, la resistencia a la invasión japonesa durante la segunda guerra mundial, la lucha contra los franceses en los años de posguerra, una guerra contra Camboya en 1975, y otra contra China en 1979. Los siglos de guerra y resistencia a las grandes potencias forjaron el temple y orgullo de los vietnamitas.
Después de más de tres horas de embotellamiento, las cosas empiezan a moverse por fin. Los camiones despiertan y volvemos rápido a nuestros asientos. Me duermo, mecido por el tambaleo del bondi y con una sonrisa.
Me despierto por la mañana, cuando estamos llegando a Hué, una ciudad en el centro del país que fue la capital durante el reinado de la dinastía Nguyên, entre 1802 y 1945. Nguyên es un apellido casi omnipresente en calles y personas en todas las ciudades de Vietnam. Tenemos prevista una parada de casi tres horas. Alcanza para comer unas sopas y comprar una campera hecha a medida por 25 dólares, que nos hace una lugareña en sólo media hora.
Tres horas después, llega otro colectivo que nos lleva hasta un tercer colectivo, a 120 kilómetros. Queda todavía un tramo de 720 kilómetros hasta nuestro destino final: Hanoi.
El viaje transcurre bastante bien, pasando por varias ciudades que crecen a un ritmo febril. Se ven construcciones por todos lados, hoteles de lujo, torres y, a lo lejos, un estadio súper moderno. Vietnam está poniéndose al día rápidamente. Pasamos más adelante por unos arrozales de un verde muy intenso y más allá divisamos un lugar en lo alto llamado "el paso de las nubes", según me cuenta un vietnamita que está aprendiendo español y quiere practicar conmigo.
Hacerse entender en Vietnam no es problema. Al tratarse de una ex colonia francesa, muchos vietnamitas hablan el idioma galo, y el país tiene un aceitado corredor turístico por donde pasan miles de mochileros. Armados con la guía Lonely Planet, no tenemos nada que temer. Además, siempre hay gente esperando los colectivos que llegan para ofrecer hoteles de 4 estrellas a precios tan bajos como diez dólares la noche. Sin embargo, los precios resultan buenos sólo si uno los pelea. Cada viaje en taxi y cada compra implican una negociación ardua, a veces extenuante, sin la cual se puede terminar pagando precios ridículamente altos (en parámetros asiáticos).
Al atardecer, los arrozales, los montes y los árboles tienen algo de ancestral y se van cubriendo de niebla a medida que nos acercamos a Hanoi. El cielo se pone gris y la neblina nos abraza ya algunos cientos de kilómetros antes de llegar. Finalmente, después de un viaje de 36 horas que debería haber durado 22, entramos de a poco en esta ciudad gris de edificios bajos, tan enigmática como mística y capital de una nación indomable. Nos esperan, como siempre, hordas de personas que se nos tiran encima, ofreciendo transporte y alojamiento. Ya instalados, buceamos entre sus callejones angostos, recorremos los memoriales de la guerra y vemos en persona a Ho Chi Minh, embalsamado y exhibido (al igual que Lenin y Mao Tse Tung en Rusia y China, respectivamente) en el gran mausoleo del pueblo, hasta donde peregrinan miles de fieles del legendario líder diariamente, desde todos los rincones del Vietnam. Haciendo base en Hanoi, nos escapamos a lugares cercanos, como la ciudad de Sa Pa, famosa por sus impresionantes terrazas de cultivo de arroz que escalonan los cerros circundantes. Otra excusión imperdible es la que va a la bahía de Ha Long, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Pasamos día y noche a bordo de un barco, navegando en la niebla entre unas islas cubiertas de verde que salen como dedos del agua y esconden cavernas de gran profundidad.
Autor: Santiago Scanlan. Nota publicada en revista Lugares 181.



