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El primer poblado es Anquincila, con su balneario que explota en verano. Y 12 km después aparece Ancasti, cuna del único presidente catamarqueño de la Nación, Ramón Castillo, y sede de las cuevas con pinturas rupestres de La Tunita y La Candelaria, las más turísticas. Nosotros vamos entonces por La Tunita. Hacemos una parada en la hostería El Paso del Indio, que es la única en 60 km y que hoy estaría abandonada si allí no hubiesen recalado los hermanos Mendieta. Salteños, Baltazar y Rodrigo dejaron su tierra con el ambicioso objetivo de "crear un destino". Su espíritu colonizador los llevó a recorrer el interior catamarqueño, donde primero dieron con La Tunita y, acto seguido, con la concesión de la hostería que Castillo mandó construir en el 42. Desde hace tres años reciben con su restaurante, 10 habitaciones y un gift shop con platería inspirada en la cultura aguada, que diseñan artesanos amigos de Baltazar. Presente en diversos valles de Catamarca y La Rioja, los aguada se destacaron por su iconografía simbólico-religiosa ligada a rituales chamánicos.
Baltazar conoce la zona palmo a palmo, y se mueve con la precisión de un gps. Mientras avanzamos en camioneta por la huella que lleva a La Tunita, nos señala un bosque de cebiles. Cuenta que las semillas de éste árbol son alucinógenas al igual que el cactus San Pedro, que contiene mescalina. Ambos eran utilizados por los chamanes y, de hecho, están presentes en los pigmentos de las pinturas rupestres. Hoy, son muchos los curiosos que llegan para experimentar una suerte de viaje. Varios lo logran con el San Pedro, pero casi nadie sabe emplear el cebil. La curiosidad disparó una ola de foros en internet en los que se debaten posibles fórmulas. Incluso, se venden cebiles por MercadoLibre.
Antes de llegar a La Tunita visitamos a doña Paula Romero de Quiroga, tejedora de seda silvestre que cada mañana pastorea para encontrar los capullos que luego hierve, lava, seca al sol e hila. La inflación no es el motivo por el que sus trabajos cuesten más de dos mil pesos. Es que confeccionar una bufanda implica hilar unos 500 capullos y un acolchado, más de cinco mil.
Un poco más adelante, una tranquera marca el comienzo de la caminata hacia las pinturas. Durante 40 minutos avanzamos por un sendero que hierve y que sólo se tolera con agua, sombrero y control mental. El paisaje se enrarece. Primero aparecen los palos borrachos, panzones por el estrés hídrico y después, los claveles del aire, que se enroscan en las ramas como pulpos. Finalmente descubrimos el paisaje lunar. Son seis inmensas rocas en cuyo interior hueco cabe una persona encorvada. Allí dentro, "los techos" conservan intactas las pinturas de los aguada. Las más impactantes se ven en La Sixtina, que invita a recostarse en el suelo de piedra para contemplar el cielorraso colmado de historia. Es extraña la sensación de dejar las pinturas a solas. Pero por suerte está Baltazar, el guardián voluntario de este pasado olvidado Ancasti adentro.
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Nota publicada en enero de 2014. Extracto de la nota publicada en revista Lugares 202.





