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Contra lo que podría imaginarse, es una ciudad pequeña pero bulliciosa, versátil, atestada de comercios donde se consigue a buen precio (regateo mediante, aunque no siempre) desde el té legendario cultivado y envasado en la región hasta pashminas recién salidas de los telares (o las fábricas), saris de confección y no tanto, imágenes todo tamaño del multíparo panteón hinduista y la más humilde (en número) tradición budista y, cómo no, ropa deportiva clonada de las mejores marcas por chaucha y palitos. Quien desee comprar "cosas de la India" encontrará todo (o casi) en las dos vías principales de este entrevero empinado de callecitas y callejones: la peatonal Nehru Road (alias The Mall) y la Hill Cart Road con su pujante bazar (en India llaman así a las calles que son hileras de tiendas, puestos, bolichitos). Los lugareños andan como cabras montanas por las veredas angostas (o su ausencia), esquivando vehículos de toda laya y bordeando los precipicios con naturalidad, ellos mismos parte del paisaje. Con ojos curiosos buscan, insistentes, la mirada del prójimo. Cuando les preguntamos por su etnia, responden amablemente (siempre y cuando hablen inglés): gurka, sherpa, bengalí, anglo-india, bihari... y la cuenta podría seguir ad infinitum. Porque India es infinita, y Darjeeling, apenas una de sus puertas de entrada.
Poco a poco vamos dejando atrás el hormiguero humano y un par de cuestas serpentinas más arriba, el camino desemboca en el Padmaja Naidu. A 2.134 msmn, es el zoo más alto del mundo y alberga, entre monos incansables, tigres de Bengala y aves de plumajes furiosamente coloridos, dos de las criaturas más huidizas que existen: el panda rojo y el leopardo nublado (Neofelis nebulosa, casi en vías de extinción). Dentro del zoo funciona el Himalayan Mountaineering Institute, con estatua y mausoleo del sherpa Tenzing Norgay ?el primero en alcanzar la cima del Everest junto con Edmund Hillary, en 1953? y museo ad hoc que retrata la historia de esa montaña: arneses, grampones y botas que alcanzaron la cima (un par, cortadas al ras del empeine: su dueño había perdido los dedos de ambos pies por congelamiento pero siguió escalando), fotos de montañistas (varias mujeres entre ellos), cartografías varias, animales embalsamados y una reliquia de dudosa autenticidad: la mano del Yeti.
Gyan Thapa, nuestro anfitrión gurka, señala las pocas huellas aún visibles del pasado colonial de Darjeeling: antiguas mansiones británicas donde hoy funcionan escuelas privadas, la bigbeniana torre del reloj, el restaurante Glenery´s y la estrella máxima, el Toy Train. "Empezó a funcionar en 1811 y ahí sigue, cubriendo el trayecto de Nueva Jalpaiguri a Darjeeling. Es una maravilla de la ingeniería; todavía utiliza los vagones originales y el trazado en espiral de las vías forma tres bucles completos", explica. Mientras habla, imagino el trencito cruzando llanuras áridas y ubicuas plantaciones de té sobre los primeros faldeos hasta llegar a los bosques de abedules azules de Ghum (a 2.258 msnm), y en un arrebato pido hacer el viaje: ¡sí, ya, ahora! Gyan sonríe su sonrisa dulce y me devuelve a la realidad: hay que reservar los boletos al menos dos días antes y el viaje lleva varias horas. A manera de compensación hacemos el recorrido corto (30 minutos), que utiliza la locomotora a vapor original anterior a 1925. Una vez alimentada la máquina con varias paladas de carbón, el tren silba y abandona la estación con su carga de turistas. Lento y sinuoso cual serpiente, bordea el laberinto de casas blancas con techos rojos, verdes, amarillos. Casi rozando las fachadas en su ruidoso traqueteo, deja su estela de humo sobre la ropa tendida que cuelga al costado de la vía. A lo lejos, el majestuoso Kanchenjunga anticipa lo que vendrá.
El mejor momento para viajar a Darjeeling y alrededores es después de los monzones (octubre y noviembre) y durante la primavera (mediados de marzo a fines de mayo). Los inviernos son muy fríos: aconsejan llevar mucho abrigo viajando entre diciembre y febrero.
Nuestros recomendados para comer, dormir, hacer compras y conocer Darjeeling.
Por Teresa Arijón. Nota publicada en abril de 2015.



