1 minuto de lectura'
El verano es tiempo de cosecha en los juncales, yuyal bendito que fija territorrios en el agua y da de comer a muchas familias. Al junco casi todos los isleños lo llaman unco, y quienes viven de su recolección tienen que llegar hasta los playones donde el vegetal se afirma, en apretada colonia, al sedimento que a su alrededor van acumulando las corrientes del río. El juncal es una evidencia solapada de bajíos a los que nada más se arriman las embarcaciones de calado mínimo, y la canoa es el medio que el lugareño emplea para incursionarlos sin riesgo de vararse. Para trabajar, se mete hasta las ancas en el agua y el limo, y, hoz en mano, va cortando manojos de esas varas esbeltas y flexibles que son como esponja por dentro; cuando ya tiene una apreciable cantidad, los carga al hombro y los vuelca en la canoa. Primera etapa cumplida.
Barquita abajo
"Ahora viene mi papá, se está peinando", nos dice Hernán, no bien arrimamos la lancha al muelle. Diez años tiene el purrete y es educadísimo, un dulce al que no le cuesta arrimarse y darnos un beso de bienvenida. Hernán es hijo de Raúl Fernández, un junquero que llama al junco por su nombre y vive en la Barquita abajo, a tiro de piedra de la salida del Río de la Plata. Su padre aparece y, como corresponde al día de descanso, no viste ropa de fagina sino que se nos presenta pulcramente empilchado de jean, camisa a rayas y zapatillas que no acusan mácula. La noche anterior hubo baile y Raúl (34 años) se acostó a las cinco de la mañana; el domingo había amanecido gris y lluvioso, ideal para dormir largo hasta el mediodía, pero el hombre, todo un caballero, igual nos recibe con toda amabilidad. Con él vamos hasta el depósito de los juncos que tiene a unos metros de su casa.
Delante del galpón sobre pilotes, se abre la cancha, un espacio desarbolado y mullido por los restos de juncos secos que lo cubren. Lo cosechado se extiende en el suelo para que seque, primero de un lado y después del otro. "Aquí no tiene que haber sombra", nos explica Raúl. ¿Y los palos que están plantados en la cancha?, pregunto. "Eso es por las crecidas; el terreno se inunda, el junco flota y queda trabado en los palos, el agua no se lo lleva". Astucias de isleño. Con buen tiempo y a 25° de temperatura ambiente, en dos días queda listo para el acopio, bien saneado y dividido en mazos. Estos manojos se arman sólo con varas enteras y de una medida pareja; las rotas se eliminan conforme se le da forma al mazo, que debe tener una grosor de 20 pulgadas ?esta medida se refiere a la circunsferencia? y pesar entre un kilo y medio y dos kilos. Por último se ata el mazo, arriba y abajo, y se guarda hasta el momento de la venta. Una buena semana de trabajo redunda en 400-450 mazos; el mejor precio que pagan por cada uno es entre $1,50 y $1,70, según las calidades: el alto es para cortina y el resto, para tejer sillas y otros objetos. Se dice fácil que al junquero no le pagan nada mal, pero lo cierto es que le dura poco la bonanza: cosecha sólo en el breve período de la floración, que es cuando mejor calidad tiene el junco.
¿Y el resto del año, qué? Raúl no es hombre ocioso ni quejoso; sabe que no cuenta más que con sus habilidades para sobrevivir en un medio pródigo en recursos pero carente de facilismos. Tiene que hamacarse, y no precisamente en una paraguaya a la sombre del sauce... Como tantos otros, saca provecho de la riqueza ictiológica del delta, pesca con tramallo y le vende a los barcos lo cobrado al Río de la Plata y sus aguajes. Como buen conocedor que es de esta enmarañada naturaleza de islas empeñadas a parecerse demasiado entre sí, a Raúl lo conoce más de un pescador fanático y recurre a sus servicios. Y él los presta a cambio de una tarifa más que razonable.
Las 200 floraciones
Contraseña de los remeros es El Parador de la Reserva, en el Chaná, a unos500 metros de la boca. Lo usan, sin costo, como área de descanso; hay muelle amplio y un barcito, muy simpático. Pero lo más interesante aquí es el emprendimiento de apicultura que desde hace dos años y medio lleva a cabo Jesús Mozzone, apicultor afincado en este paraje del Delta todavía a resguardo de las invasiones turísticas. A la producción y venta de la miel, añade cosméticos que se elaboran a base del alimento de las abejitas. Entre las colmenas que hay acá y las de las fincas colindantes suman unas 250, y producen lo suficiente como para exportar.
Hay un prejuicio sobre la floración del Delta que alude a su escasez; pero resulta que el INTA tiene censado nada más ni nada menos que 200 floraciones! No en vano acá los árboles se vienen debajo de frutas, gordas como puños y ricas con ganas. La miel por lo tanto no escapa a esta generalidad: es muy aromática y deliciosa. Se puede comprar acá mismo (igual que los cosméticos) y si no, apunte el dato de que la lancha panadera que pasa por el Chaná también la vende.
Mozzone y sus acólitos dan charlas sobre apicultura a quienes lo soliciten; vestido con el típico traje protector, el curioso se entera ahí mismo, a pie de colmena, sobre todo lo que quería saber sobre las abejas y nunca tuvo oportunidad de preguntar. Ahora están por completar un mangrullo para la observación de los pantanos circundantes: 300 hectáreas vírgenes habitadas por incontables aves. Por lo pronto, el sendero ya está abierto.
Esplendor en las islas
El laberinto aluvional es tan inmenso que se antoja inverosímil; 20 mil kilómetros cuadrados de una geografía mudable y fascinante por obra del Río Paraná que, en sus cuatro ramales ?Guazú, de Las Palmas, Bravo y Miní? diversificados a su vez en incontables arroyos, brazos y canales, termina por concluir en el mar dulce de Solís. Alguna vez, el Delta fue próspero gracias al impulso que le dieron los inmigrantes europeos, genoveses y piemonteses sobre todo. Las islas estallaron en cultivares, y sus frutos, transportados en canoas a botador, llegaban hasta el puerto de Tigre para ser vendidos a buen precio. En las primeras décadas del siglo XX llegó a haber una población estable que superaba los 40 mil habitantes; no había rincón en las islas que no produjera, además de frutas, toneladas de hortalizas, mimbre, formio, madera... La vida en todas sus expresiones desplazándose al ritmo progresista de esos años.
Había autoabastecimiento de casi todo. Y de lo que no, otros se ocupaban de acercarlo. Los siriolibaneses por ejemplo, eran los que llegaban con sus embarcaciones, verdaderos almacenes de ramos generales flotantes que tampoco movían a motor. Vendían textiles, repuestos, faroles, etcétera, y les iba muy bien. Pero llegaba el atardecer y paraban; amarraban y una vez en tierra, arrodillados en dirección a la Meca, oraban. Cuentan que una vez estaban haciendo lo propio en el célebre recreo Naón ?esquina del Carapachay y Paraná de Las Palmas, hoy sede de un destacamento policial? cuando uno de los hijos del viejo Naón no tuvo idea más malvada que la de soltar las amarras. Y allí se fueron al garete los almacenes turcos, impulsados por la tremenda correntada y para desesperación de sus dueños que los seguían por la costa a grito pelado.
El delta llegó a tener su alcaldía propia, lo que equivale a decir que funcionaba como una sociedad casi autárquica con un modo de vida y una economía muy específicas. La burguesía no tardó en echarle el ojo y supo levantar a orillas del agua, casas que fueron muy confortables moradas y mansiones apabullantes. Todas con su muelle necesario y la holgura de un parque alrededor. Un destino tan cercano a la capital y a la vez en estado tan puro, era el refugio perfecto. Lo fue para muchas familias pudientes que hallaron aquí su razón los fines de semana y los veranos; pero también fue un punto de encuentro para hacer sociales con los propios pares, así que intelectuales, artistas, excéntricos, ricos y famosos hicieron de la isla el lugar a compartir sólo con elegidos.
Los súbditos de Su Majestad se fascinaron; era como el delta del Támesis pero en escala macro. Eso explica tantas casonas de estilo inglés. A una dama muy británica se le ocurrió llevar al Felicaria unos retoños de nogales pecán: son los padres de todos los que décadas más tarde, poblaron todo ese arroyo y más allá también. Y la señora todavía vive para contarlo. Los Bemberg por su parte, supieron tener extensos manzanares con planta elaboradora propia de sidra (La Real), empresa que se apagó a finales de los ´40, cuando Perón la expropió. Entonces había mucho turismo social y los recreos hervían en domingo, mientras los calaveras isleños dormían la fiebre del sábado a la noche.
El esquí y el ocaso
Eran los años ´50 y los Billoli fueron pioneros en la práctica del esquí acuático. Se largaban con tablas que ellos mismos fabricaban como podían y esquiaban enganchados a una lancha colectiva, la Caraguatá III (si el dato no es erróneo), la más rápida que tenía la empresa Expreso Caraguatá. Cuentan que un día, en el cruce del canal de La Serna y el Paranáde Las Palmas, se llevaron puesta una chata frutera, y la partieron en dos. El río quedó cubierto de frutas y la chata se hundió en los 30 metros de profundidad que acusaba el lugar el accidente.
Fue como una premoción del fatalismo que caería sobre los productores isleños; por ese entonces Río Negro ya despegaba con su riqueza frutihortícola y el Delta no pudo competir con los precios del Alto Valle.
Empezó el éxodo de los más jóvenes. Las plantaciones de formio, con el que se hacía el hilo sisal y sobre todo las bolsas de arpillera, murieron ante la arremetida de la rafia de fibra sintética. El mimbre tampoco zafó de la crisis. Y hasta el glamour de las propiedades de los residentes temporarios fue apagándose. Ya sea porque los herederos abjuraron de ese estilo de ocio y buscaron reinventarlo en otra parte, ya sea porque el advenimiento del automóvil generó nuevas opciones de miniturismo, casi desconocido para el habitante de Buenos Aires (con auto propio, la costa, después de todo, no quedaba tan lejos), el caso es que la isla se vació.
Siguieron yendo sólo los muy entrenados, los irrenunciables a pasar las vacaciones haciendo vida a la isleña. O sea, limpiar un camino al monte a machetazos, encender cada atardecer las lámparas y sol de noche para iluminar la casa, calzarse las botas de goma para andar por esos terrenos siempre húmedos y anegados, pescar para comer, convivir con mosquitos y gegenes sin hacerse mala sangre ni dejarse la buena en el intento, adaptarse a los imponderables de las crecidas, etcétera. La mayoría dijo paso y se fue al mar, a tirarse panza arriba en la arena calentita.
Se hizo la luz
El Paraná de las Palmas se llama así porque sus orillas estaban erizadas de palmeras; eran parte de la vegetación natural. Pero qué pasó con ellas, preguntan gargantas y gargantas. Dicen que las usaron como postes para hacer los tendidos eléctricos de Buenos Aires, y así fue que no quedó una en pie. Irónico contrasentido que dejó la costa del Paraná desmontada y a los isleños sin otra luz que la natural. Hasta hace unos 15 años, que decidieron arrimarles el avance tecnológico. Para muchos fue la muerte del Delta, el golpe de gracia al último vestigio de su anacronismo mágico. Algo de cierto hay en esta sentencia, pero convengamos en que desde que la electricidad ilumina las islas, el turismo volvió a reactivarse.
Renacieron las casas de fin de semana y los recreos, comenzaron a aparecer una hostería por aquí, y un complejo de cabañas por allá. El porteño volvió a reubicar la mira en el río posibilidoso y ya no lo duda: en medio propio o ajeno, se va de cabeza al agua. En la I Sección ?perteneciente al Partido de Tigre y delimitada por el canal Arias, y los ríos Luján y de La Plata? hay muchísima actividad acuática y una fuerte demanda de espacios donde ir a comer, o a pasar el día a la sombra de tantas arboledas.
La rama negra es una acacia que da unas flores rojas muy bonitas, y además le da nombre a un arroyo en el que hace siete años Susana y Guillermo Krieg, llegados de Villa Gesell, abrieron una hostería. No hay otra igual a Alpenhaus, con un sello tan marcadamente noreuropeo, insólito paréntesis donde beber buena cerveza tirada en compañía de los famosos fiambres de Benavídez. La mesa ofrece especialidades alemanas que sus habitués glorifican, incluyendo ese pan con semillas de lino tan rico que sirven con el desayuno. Una vez al año, más precisamente en noviembre, Alpenhaus se convierte en la eufórica sede de la Fiesta de la Cerveza. El servicio de hotelería con sus prolijos bungalows, sigue siendo fiel a sí mismo. Ahora añadieron un ítem muy valioso en el Delta: una pileta que, aunque chiquitita, aplaca la frustración del quiero tirarme al arroyo y no me animo. El celeste retazo de agua se abre en el parque, cuidadísimo, con un trazado de caminitos y en el que no faltan los carteles descriptivos ni la pareja de gnomos al final del sendero principal, que hasta la casa misma conduce.
Otro clásico de clásicos es I´ Marangatú ?agua bendita en guaraní? un parador del concurrido San Antonio, en el que funciona una escuela de ski y de kayac; hace un año que la nueva administración trabaja para levantarle el ánimo. Por empezar remodelaron toda la cocina y el luminoso comedor, de notable estética urbano-modernosa, está disponible al público desde la hora del desayuno. Cuenta con helipuerto, amarras propias, pileta y solarium. Ahora habrá que ver cómo les pinta esta temporada.
Sobre el Carabelas, Isla Margarita sigue siendo un programa accesible desde Escobar; muchos hacen del fin de semana un combinado de Temaikén con escapada a la propiedad de María Teresa Brindza, quien con buen criterio acaba de sumar alojamiento.
Se vive un imparable brote de cabañas, bungalows y paradores. El número de puertos donde recalar y hacer fiaca es apreciable, pero honestamente, se salvan muy pocos. En general, están al borde de la marginalidad y los servicios son bastante precarios. Excepción a la regla fue y es Los Pecanes, destino insoslayable de la II Sección, del otro lado del Paraná. Ana y Richard Baert siguen consolidándose en un crecimiento firme y paulatino; primero fue el deck junto al muelle, a la sombra reparadora de los cipreses calvos y las casuarinas, donde es una dicha instalarse a comer y distraerse horas; después le siguió la construcción de un amplio comedor, adosado al living, que ya funciona a toda vela. La cocina de Los Pecanes es un ítem importantísimo que se nutre de los productos de una huerta magnífica y el buen hacer de las mujeres de la casa. Monte adentro, se propone una larga recorrida instructiva por un camino delimitado y en el que se descubren nidos de los diferentes pájaros del hábitat isleño.
Por último está ese remanso exclusivo y fuera de serie llamado La Pascuala, donde estética y buen gusto armonizan cálidamente con la naturaleza del Delta. Ausente de barullos, sin excesos demográficos, es un lujo inaccesible para la mayoría. De eso se trata, justamente.
Los días y el agua
Todo va y viene flotando. La tienda de ramos generales ya no, pero el almacén, el panadero, los chicos del colegio, el vivero, la chata que presta un servicio equis, los lanchones cargados de lo que sea hasta el límite de lo inverosímil, los lugareños en las lanchas colectivas, sí. Igual que siempre. Hoy sumarán apenas cinco mil los habitantes residentes en las islas, pero nada perturba el fluir de una existencia que sigue y se acomoda al ritmo del agua. Baja y deja al descubierto una trama descarnada de raíces; sube y los límites entre la tierra y el agua, desaparecen. Los pilotes de las viviendas parecen más cortos; un lugareño pasa en su bote por el jardín de una casa y, no por intruso, palea entre tilos y rosales. Veleidosa, poderosa, inextricable, la corriente del río extraviada en rumbos, modela vidas y geografía. Las sostiene y las devora.
Fotos: Adolfo Scheffler
Publicado en Revista LUGARES 96. Febrero 2004.


