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De todo lo visto y conocido, aun lo más remoto y extraño, no hay nada que se parezca a ese desierto de viento áspero, formas y matices inclasificables. No en este mundo, al menos. Sólo en Marte ?dicen los científicos que vienen a estudiar acá cómo será la vida de allá?, se registran condiciones similares: grandes ondas, volcanes, cráteres y mares de lava, dunas gigantes y una densidad atmosférica mucho más baja de la habitual. Pero el viaje hasta la Puna extrema requiere una fase previa de aclimatación. Por eso, empieza más abajo: en Salta donde conocemos a nuestro guía, Fabrizio Ghilardi. Italiano milanés él como Valentina, su mujer, ambos están a cargo de Finca Valentina, en La Merced Chica.
Los valles, prólogo de lujo
Salimos de la capital salteña con ilusión de principiante y todo un arsenal de altura: GPS, hojas de coca, botiquín, bidón de nafta y heladerita. Vamos por la ruta 68 hasta Cafayate, a 180 km. Pasando el pueblo fantasma de Alemanía, hoy meca hippie, el asfalto se interna en la Quebrada de las Conchas y sus cerros multicolores. De ahí en más, se suceden las maravillas de rocas talladas por el tiempo y la erosión, y hacemos las paradas que nadie debería eludir, como el Sapo y la Garganta del Diablo.
Tras un almuerzo frugal, salimos con el guía Adrián León de Cafayate Aventuras a explorar la quebrada. Nos propone un trekking por El Paso, un camino que serpentea entre paredones color terracota que se van estrechando cada vez más. La caminata desemboca en La Yesera, otro punto deslumbrante de gran interés geológico donde pueden encontrarse huellas de peces fósiles. Desde Cafayate hasta El Peñón, serán cinco horas de un tirón, transitables en cualquier vehículo, o 4x4 si hay crecidas; pero el camino guarda un puñado de pueblos que no merecen indiferencia. Siempre por la ruta 40, el primer alto es Santa María, pueblo de perfil urbano donde aprovechamos el cajero automático y cargamos provisiones. Llegando a Hualfín, el asfalto se hace ripio. Sin embargo, Hualfín logra llamar la atención de los turistas que se detienen a contemplar los extensos viñedos a la vera del camino o la bella iglesia Nuestra Señora del Rosario.
La parada siguiente es El Eje, donde cargamos nafta por última vez. Aquí la RN 40 desciende hasta empalmar en forma de V con la ruta provincial 43, que va trepando hasta la Puna. A medida que el altímetro crece en dígitos, el camino se vuelve más sinuoso y los pastos más achaparrados, casi imaginarios.
Más adelante, vemos una enorme duna de arena blanquísima, recostada sobre un cerro. Se la conoce como la Cuesta de Randolfo y es un lugar de culto, porque allí se venera a la Difunta Correa y, en cierta forma, marca el ingreso a la Puna. A más de 3.000 metros de altura, la impresión de lejanía llega para quedarse y entramos en clima de territorio nuevo, desconocido.
Un océano de piedra
Pasamos por El Peñón, el único pueblo a la redonda que ronda los 350 habitantes y retomamos la ruta para tomar un desvío desde la 43 hacia una huella apenas visible. Un cartel indica que a 20 km se encuentra el destino buscado: el Campo de Piedra Pómez.
Nos custodia el volcán Carachi Pampa, envuelto por lenguas de lava petrificada de color negro azulado. En un recodo del camino, unas dunas blancas, enormes, se presentan inesperadamente, como un Sahara en medio del altiplano. Y ésta es sólo una distracción al lado de lo que vislumbramos más allá: la inmensidad color talco con extrañas formas que brotan cual copos de merengue, con los picos tostados. Avanzamos como volando a través de un cañón de arena y hacemos un alto para ir entrando en clima. La sensación de irrealidad se instala pasos antes del Campo de Piedra Pómez. El nítido azul del cielo contrasta con los bloques petrificados de más de 50 metros, que se pierden a lo lejos. Nos internamos a pie en este océano de piedra y arena que resultó de una colosal explosión volcánica.
Nuestro cuerpo acusa los efectos de la Puna, que aliviamos con mucha agua, protector solar y gorra. Todavía nos queda aliento para subir hasta la cima de uno de los bloques y, hundidos en el laberinto blanco, sentimos que entramos en otra dimensión. El contorno del campo se desdibuja y sólo reina el silencio en este fascinante escenario de ciencia ficción.
Hacia el cráter del Galán
Seguimos por la huella que nace en el mismo pueblo de El Peñón. Recién al cabo de tres horas de marcha por un camino ripioso, amenizado por algunos mechones de pajas doradas, se hacen visibles los 18 mil ejemplares de parinas chicas, flamencos andinos y flamencos australes que pueblan la Laguna Grande. Los vemos desde un mirador como infinitos puntos rosados, discernibles, además, por un intenso chillido colectivo. Se trata del sitio de mayor nidificación de estas aves en la Argentina.
Desde allí, arranca un lento ascenso hasta la boca del Galán, volcán catalogado como tal gracias a una imagen satelital aparecida en 1970. Una hora y media después, dos grandes apachetas indican que llegamos al filo de la gran oquedad, a 4.900 metros de altura. Con sus 36 km de largo y 24 km de ancho, este cráter es considerado el más grande del mundo. En efecto, hubo en tiempos remotos no una sino tres erupciones que formaron una nube ardiente y, una vez sobre la tierra, ese material se solidificó dando lugar a la colada.
El interior del cráter es una maravilla palpable a la que se puede acceder en camioneta o a caballo. Nosotros lo hacemos en cuatro ruedas, descendiendo por la ladera sur hasta su fondo llano, a 4.000 metros. Al paso, discernimos el pico nevado del cerro Galán (5.912 metros), casi discreto en medio del enorme diámetro del cráter.
Hacia el oeste de la caldera, descubrimos otro de sus tesoros: la laguna Diamante. Tan turquesa que encandila, este espejo de agua tiene en su composición altísimos niveles de arsénico. A resguardo de los vientos, es, además, refugio de una colonia importante de flamencos.
La última escala en las entrañas del Galán es un poco más adelante, en la parte norte. A escasos metros, sentimos el vapor de unas aguas termales que siguen brotando en estado de ebullición, prueba de la intensa actividad que el volcán registró alguna vez.
Un oasis habitado
Tanto paisaje desolado reclama un paréntesis de presencia humana. Y entonces aparece Antofagasta de la Sierra. Campos negros de basalto y volcanes violáceos rodean el camino de 65 km que lleva desde El Peñón. Entre ellos, se destacan los volcanes Antofagasta y Alumbrera, que abrazan la silueta de la laguna Antofagasta. Aquí los flamencos conviven con llamas y ovejas que pastan en los modestos yuyos de las fincas aledañas. La villa de Antofagasta de la Sierra tiene el aire desértico grabado en sus calles de tierra y casitas de adobe, matizado por el verde brillante de algunas vegas aisladas y varios álamos raquíticos que soportan estoicos las fuertes ráfagas de viento. En sus tres manzanas de largo, hay estación de servicio, banco, una hostería municipal y varios personajes dignos de conocer.
Después de Antofagasta, un camino que asciende hacia el norte nos conduce al Salar del Hombre Muerto, adonde llegamos con los últimos rayos de luz. De lejos, la mancha blancuzca se nos aparece como un espejismo. El salar, que zigzaguea junto a la ruta, corre, a su vez, paralelo a una laguna verde esmeralda, con los cerros detrás. La evocación de alguna playa caribeña es inevitable, sólo que en este caso estamos a 4.000 metros sobre el nivel del mar, en un yacimiento de litio y vestidos de pies a cabeza.
Al final cae el sol. Nos alejamos de a poco, tan lento como son los tiempos en este otro mundo de desiertos y volcanes sin nombre, que a esta altura (y nunca mejor dicho) ya no resulta ni tan lejano ni tan extraño.
Por Cintia Colangelo. Extracto de la nota publicada en revista Lugares nº 181.



