1 minuto de lectura'
Por la intensidad de sus colores y por las extrañas formaciones de piedra arenisca roja que se elevan hacia el cielo como gigantes gárgolas , Sedona bien podría haberse llamado Marte. El viento fue el gran escultor de este gran parque de esculturas impresionantes, con diseños tan únicos que merecieron el nombres de Catedral, Cafetera, Campana de Roca y Snoopy (sí, en esa roca se inspiró Charles Schulz para crear el perro ?un beagle? de la tira Peanuts). Sedona es, sin duda, "la linda" del oeste.
El atardecer cautiva siempre, pero hay que saber desde dónde mirarlo. Los mejores puntos son el parque Red Rock Crossing, que deja ver el Catedral junto al río Oak Creek, y la Chapel of the Holy Cross (1956), diseñada por la escultora Margarita Brunswig Staude. Cuenta la historia que en 1932 tuvo una epifanía frente al Empire State: visualizó una inmensa cruz sobre su estructura y pensó que debía construir una iglesia de rasgos contemporáneos que pusiera el arte al servicio del espíritu. Esta gran escultura de líneas simples y rectas se distingue por la inmensa cruz que define su fachada y que la recorre íntegra hasta clavarse entre dos rocas que parecen sostener la estructura completa. Es como si Dios la hubiese encajado en el lugar preciso que completa el rompecabezas. Bautizada con el nombre de la mujer del primer administrador del correo de la ciudad ?Carl Schnebly?, Sedona tiene paisajes hilarantes, hoteles de lujo, restaurantes gourmet, más de 40 galerías de arte, spas y montones de actividades al aire libre, como trecking y golf en el desierto. Sus plazas tienen, en lugar de juegos, xilofones gigantes para que todos puedan crear melodías.
Pero Sedona también es considerada una ciudad poderosa. Esta fama comenzó a tejerse el 16 de agosto de 1987 cuando se convirtió en uno de los lugares sagrados donde se reunieron los creyentes de la Convergencia Armónica. A lo largo y ancho del planeta, los adherentes a este movimiento New Age sincronizaron sus meditaciones para acompañar el ingreso de la Tierra en los últimos 26 años del Gran Ciclo Maya de 5.125. Desde entonces, Sedona quedó marcada como destino new age, más aún desde que se habló de sus vórtices. Para hacer corta la explicación científica, son puntos en la Tierra donde se concentra una mayor cantidad de energía que fluye como si fuese un torbellino. A descubrirlos fuimos con Kelly, de Safari.
Apenas había amanecido cuando nos subimos a su jeep y nos advirtió: "Es difícil explicarles lo que van a sentir al llegar al vórtice. Todos tenemos una vibración diferente. Al final, no importa dónde estés sino cómo te conectes con tu dios o con la Tierra". Trepamos hasta el Mery-Go-Round Vortex. La prueba de la presencia energética fueron los cipreses y enebros que crecieron junto al vórtice con sus troncos y ramas completamente retorcidos, como si una fuerza invisible los hubiese querido estrujar. Se dice que allí el flujo de energía permite alcanzar el estado alfa en la meditación, que facilita la oración, la introspección y el contacto con lo divino.
Dedicarse a curar con las manos es tan común en Sedona como ser yuppie en Nueva York. Chamanes, videntes, gemólogos, hay tantos especialistas como necesidades. Esta gente es considerada agraciada, no border, y su "don" es su modo de vida. Además, es una de las razones por las que este destino recibe tanto turismo. En las calles céntricas, los negocios alternan la oferta de sus productos new age con posibilidades de hacerse una foto del aura, u oficiar de consultorios de reikistas o mentalistas. Incluso los hoteles de lujo ofrecen servicios vinculados con esta temática. Eforea, el spa del Hilton, creó el programa The full circle, que consiste en una sesión de 90 minutos en el que dos expertas imparten reiki y desbloquean los chakras con la vibración de los diapasones.
La oferta es tan grande que se necesita un guía. Gracias a Judy, nuestra amiga de Cottonwood, conocimos a la recepcionista del Creative Life Center, un instituto donde se dan cursos para el crecimiento personal y espiritual. Lise Germaine llegó a Sedona para encontrar consuelo tras perder a su hijo. Consultó psiquiatras, hizo yoga, probó todo tipo de ayuda convencional hasta que descubrió este paisaje y su comunidad experta en terapias alternativas. Lise se entrevistó con cada uno de los locales hasta encontrar su solución y hoy es un nexo entre los que buscan ayuda y quienes la pueden proveer. Como dijo Judy en Cottonwood: uno termina dando lo que necesita.
Entre estas personas está Jade Wah´oo Grigori, un chamán descendiente de mongoles y padre de familia que trabaja en el living de su casa, enfundado en un chaleco de cuero y con un pañuelo rojo atado alrededor de su frente. No usa pc, sino unos cuantos granos de incienso y dos plumas de águila con las que esparce el humo. Jade es monumental y tiene dos trenzas que se tejen desde los extremos de su bigote treintañero. Desde ese espacio doméstico emprendimos el viaje chamánico con tambores. No puedo contar la intimidad del viaje, pero sí transmitir las palabras de Jade: "No hay nada místico en la aplicación espiritual de la física. El incienso negativiza los iones positivos del ambiente, el redoble del tambor crea efectos neurofisiológicos que permiten alcanzar un estado de profunda meditación. La parafernalia que me rodea es, sobre todo, un alimento para el alma".
La última noche en Sedona guardaba un secreto. La cita era a las 21 en el estacionamiento de un colegio alejado de la ciudad. La oscuridad apenas permitía reconocer el paisaje. De pronto, unas luces rojas y un hombre que hacía señas nos guió hasta el centro de una cancha de fútbol, donde había sillas, mantas y un telescopio. Fue increíble confirmar que los anillos de Saturno son reales, que los satélites pueden parecer estrellas (u ovnis para el que guste) y viajar a toda velocidad por el cielo, y que la luna puede brindar un amanecer brillante como el sol detrás de una montaña.
Pensé qué difícil sería volver a la ciudad, donde las luces ocultan el desparramo de estrellas, los xilofones son callados por los colectivos, las motos no son choperas sino scooters de delivery y la gente parece uniformada en lugar de explorar su individualidad.
Iba a extrañar este lugar, donde mirar el paisaje es un speed para el alma.
Cuando tomé el avión, se sentó a mi lado una mujer de unos setenta largos. Me preguntó a qué había ido a Arizona. Cuando le conté sobre los vórtices y el viaje chamánico, me dijo: "¿Te lo creíste? Son todos chantas". Después de algunas horas de vuelo, me comentó que hacía tiempo buscaba a alguien que pudiera curarle un mal de la vista, que había intentado todas las vías... Hizo una pausa y me preguntó: "¿Serías tan amable de pasarme el mail del chamán?"
Por Connie Llompart Laigle. Fragmento de la nota publicada en revista Lugares 196.


