Formentera, un secreto bien guardado en España
Esta isla impone una pausa a los que van a divertirse a Ibiza
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FORMENTERA, España (El País, de Madrid).- Si cualquier destino interesante al que se puede viajar contiene un mundo más o menos completo, Formentera merece el título de universo. La isla, de apenas 82 kilómetros cuadrados, parece no agotarse nunca. Quienes desembarcaron en Sa Savina por primera vez hace 30 años, cuando todavía podían verse hippies de verdad, siguen descubriendo hoy rincones nuevos.
Porque Formentera, igual que una sugerente pintura abstracta, requiere muchas miradas. Recorrida por horizontales paisajes apenas esbozados, por líneas misteriosas que se pierden en un fondo azul verdoso y repentinas moles agrestes debidas a pinceladas enérgicas, la isla escapa a toda descripción convencional. Es pequeña e infinita.
La bicicleta sigue siendo el vehículo más adecuado. Salvo las cuestas de la Mola, que requerirán un esfuerzo suplementario, sobre todo en los meses de julio y agosto, con ella se puede llegar a todas partes.
Las familias, para las cuales Formentera parece hecha a medida de unas vacaciones a la antigua, harán bien en alquilar un coche. Según de donde sople el viento, convendrá desplazarse a las playas del Norte o del Sur. Todas son perfectas en esta isla de dos corrientes que intercambian sus olas en el breve istmo que separa Formentera de Espalmador.
Playas que tienen aguas de transparencia inigualable y la arena más pura: fina y clara como la de la larga playa de Mitjorn, en la costa sur; mezclada de restos de conchas en las playas de Illetes y Es Pujols en la punta norte, o de tonos subidos como la de Cala Saona, debido a la tierra rojiza que rodea ese enclave de la costa oeste, cuya culminación se encuentra, hacia el mediodía, en el impresionante paraje del cabo de Barbaria, desde donde los días claros se divisa Argelia.
Si uno prefiere el verde brillante de las calas, también hay para escoger. El litoral que va de Es Carnatge a Es Caló ofrece multitud de trampolines rocosos sobre fondos marinos que invitan al buceo y a escudriñar esqueletos de antiguos pecios. Formentera, hasta que se erigieron los faros de ambos cabos, fue costa de fatales naufragios.
Huellas del pasado
Formentera crea peculiares estados de ánimo. El viajero siente como si la estuviese descubriendo, tan nueva y provisional parece esta tierra. Ya Piferrer y Quadrado observaron en 1888 que "a pesar de su antigua e intermitente historia no ofrece más huellas de lo pasado que si ayer hubiese nacido".
Lo mismo sucede con la modernidad. Los hoteles dispersos en núcleos de Mitjorn y Cala Saona, así como la relativa animación turística de Es Pujols, no llegan a cobrar identidad suficiente como para borrar esta impresión.
Desde el mirador de la Mola o, mejor, desde uno de los recodos del imprescindible paseo por el Camí de Sa Pujada, la isla parece la piel de un pez martillo anclada sobre el azul del mar. Con el arbolado de la montaña guardando las espaldas, Formentera se abarca en su totalidad. A lo lejos se ve Espalmador como una prolongación de la misma playa, la isla dels Penjats (Ahorcados), más allá los Freos -peligrosas puertas del canal que une las dos pitiusas-, y al fondo las costas de Ibiza, tan lejanas y tan próximas, con la avanzadilla del Vedrˆ, que semeja desde la Mola una catedral de cera derretida.
Pero ese estado de ánimo lo produce también la memoria latente de la isla, que no deja de percibirse mientras uno recorre caminos, arenales o estanques petrificados de sal. Una memoria que va desde el misterio de sus supuestos nombres antiguos -Ophiussa, Columbraria- hasta la maldición que provocó su despoblamiento en los siglos XVI y XVII, pasando por la dureza de la vida en su suelo. Llamada un tiempo la isla de las mujeres, pues los hombres se veían obligados a enrolarse en barcos mercantes para ganar el pan, no mucho antes de que aparecieran los primeros hippies los formenterenses vivían privaciones insólitas. Faltaba el agua potable, asistencia médica, comunicaciones seguras con el resto del mundo. Se cazaban pardelas a mordiscos arriesgando la vida en los acantilados. Como si habitaran en un barco en medio del océano, el pescado seco resultaba el manjar más socorrido.
Formentera despierta otro estado de ánimo: la adicción. Casi todos vuelven y cuando ya han venido algunas veces, sienten nostalgia de ella. Que se lo pregunten a las familias italianas que regresan cada año a Maryland o a otros lugares de vacaciones, hasta el punto de que Formentera parece más cerca de la costa toscana que del Levante peninsular.
Algunos privilegiados
Los privilegiados que se establecieron en la isla apenas soportan la distancia. El alemán Shoppi tiene su variopinto taller de escultura en la entrada de Sant Francesc; llegó en los años setenta para una breve estancia. Uno de los históricos, el americano Dicky, vio marchar a sus compañeros a Katmandú y sigue en Cala Saona también dedicado a la escultura. Igual que el anónimo artista que desde hace años construye poco a poco en las rocas de Trocadors un poblado de piratas con los desechos que arroja el mar. Los nativos son igual de adictos.
La isla tiene su capital, aunque no lo parezca. Sant Francesc se reduce a varias acogedoras calles animadas con tenderetes y una inesperada plaza en la que se eleva la iglesia de 1726, de muros altos y lisos, pues era utilizada como refugio fortificado contra las invasiones berberiscas. Algunos kilómetros adelante está Sant Ferran de Ses Roques, núcleo urbano que conserva un bastión de los buenos tiempos, la fonda Pepe.
Es un buen lugar para resguardarse del sol de la tarde e incluso para cenar en torno de personajes detenidos en el pasado. La tercera población de la isla se encuentra en los altos de la Mola, El Pilar. Vale la pena subir a ese otro hemisferio de Formentera y pasear por su elevada quietud. Partiendo por la mitad una de sus casas, el meridiano de Dunkerque deja un trazo geodésico entre dos habitaciones. Hay una interesante historia detrás de los cálculos que el físico francés Arigo realizó en la finca de Sa Talaiassa a principios del siglo XIX.
Monjes agustinos
Las líneas imaginarias contrastan con la exuberante realidad de las enormes higueras de Formentera, que mantienen sus débiles ramas al aire gracias a cientos de muletas. Sus copas y las generosas sombras que proyectan constituyen el contrapunto de las muchas cuevas que horadan el suelo de la isla. La Cova de Sa Mˆ Peluda, en la subida por el camino romano, y la Cova Foradada, en el cabo de Barberia, son lugares que no deben dejar de visitarse. Como también el círculo prehistórico de Ca Na Costa, Stonehenge de bolsillo que los nativos siempre han llamado el reloj . Y el Camí des Monastir, donde habitaron los monjes agustinos, que tenían su puerto abajo, en Es Caló, lugar desde el que se puede contemplar un crepúsculo inolvidable ante un plato de pescado.
Todavía queda mucho por ver y buenas aguas en las que bañarse en Formentera: la bahía del Alga, en Espalmador; la Cova del Fum, donde el normando Sigurd asfixió a los moros; los rostros esculpidos por el viento y la sal en Punta Gavina; las profundidades de Sa Cala... Pero un día el viajero volverá. Seguro.
La serpiente dormida
FORMENTERA.- Desde el barco que zarpa de Ibiza, Formentera se extiende como una serpiente dormida cuyos ojos son las cuevas de los acantilados de la Mola. Al desembarcar en Sa Savina se percibe algo extraño. Una quietud especial, a pesar del ajetreo. El aire es denso, la luz excesiva. Un gran silencio filtra los sonidos del puerto. Muy cerca, en las orillas espumosas del Estany Pudent -laguna de la que en otro tiempo emanaba pestilencia-, el viajero empieza a comprender lo que el poeta ibicenco Villangómez quería decir al dedicar a Formentera estas dos palabras: Habitada solitud .
Datos útiles
Cómo llegar
Desde Ibiza hay dos tipos de barcos que hacen la conexión hasta la isla.
Los transbordadores de Umafisa Lines ( www.umafisa.com ) trasladan coches y motos, tardan algo más de una hora en llegar.
Baleària ( www.balearia.com ) y Mediterránea Pitiusa tienen catamaranes que llegan en media hora.
Alojamiento
Una habitación doble cuesta alrededor de US$ 90.
Actividades
Para excursiones de un día por Formentera, el calor aconseja dejar la bicicleta para la temporada media y baja. En el puerto de Sa Savina, Autos Ca Marí (971 32 29 21) alquila scooters, bicicletas, además de coches.
Las barcas Bahía y Brisa mantienen una línea regular desde Sa Savina hasta Ses Illetes y la isla de Espalmador.
En Internet
www.visitformentera.com
www.visitbalears.com


