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Los primeros fueron inmigrantes italianos, expertos en el arte de labrar la piedra, que recalaron en Tandil en 1870. Más tarde se sumaron españoles y yugoslavos. Los recién llegados se instalaban en las inmediaciones de las canteras; después se sumaban las mujeres e hijos. Vivían en casillas de madera y chapa, procrearon y aportaron más mano de obra.
Un picapedrero llegaba a producir, por día, unos 250 adoquines. El adoquín es un prisma de unos 20 x 15 cm; el granitullo tiene forma cúbica (de 10 cm de lado) y podía hacer hasta mil diarios. Labrar la piedra requería especialistas en cada paso del proceso: picapedrero, barrenista, herrero, marronero, patarrista, foguín, zorrero, cuarteador, viero, maquinista, desgallador. Los obreros solían comer en las fondas ?propiedad de las empresas que explotaban las canteras? a cuenta de su salario. Y el lugar de aprovisionamiento de las familias era el almacén de la cantera, donde se pagaba con las plecas que recibían como pago. Esas plecas eran monedas de bronce y cada cantera acuñaba la propia.
Al principio los adoquines se mandaban en carretas, pero con la llegada del ferrocarril, en 1883, todo cambió. El recurso se convirtió en la fuerza económica de Tandil; surgió el sindicato necesario para exigir el pago en moneda argentina, reducción de las horas de trabajo y el descanso del domingo.
En 1913, la producción había alcanzado su cota más alta: 410.087 toneladas. Para entonces este trabajo daba empleo a unos 2.500 hombres. Sin embargo, la aparición del hormigón y el concreto asfáltico para la pavimentación, en 1930, provocó la caída de la demanda de adoquines. Muchas canteras cerraron y, la mayoría de los picapedreros se fue a Mar del Plata a trabajar la piedra blanca.
Un poco más de hsitoria: Mina pirquitas.
Nota publiacda en revista Lugares n° 239.

