Italia hechiza en Lecce con el estilo barroco de sus iglesias y palacios
La arquitectura presenta siempre, a primera vista, una estampa como de grabado
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LECCE.- Así como Recanati es la ciudad de Beniamino Gigli (también del poeta Giacomo Leopardi), Lecce rinde culto a su hijo dilecto Tito Schipa. El nombre y la imagen del popular intérprete de Vivere y Torna piccina mia están presentes no sólo en las casas de música sino en tiendas, bares y heladerías. Al entrar en Lecce -amplios parques, villas estilo liberty-, el chofer del taxi señala: "A la derecha, el cementerio. Allí está enterrado Tito Schipa".
A cuarenta años de su muerte, el famoso tenor es uno de los emblemas de esta ciudad que cuenta, también, con otros motivos para enorgullecerse; el principal es la ciudad misma, a la que denominan la Florencia del Sur .
En efecto, esta urbe espaciosa y señorial, en el talón de la bota italiana (Puglia), se caracteriza por una impronta arquitectónica que la distingue entre todas la ciudades de Italia.
Si Florencia es el centro del Renacimiento, Lecce es la capital del barroco, estilo dominante en el período que siguió al renacentista y se prolongó hasta el apogeo del neoclasicismo, es decir, entre el siglo XVI y mediados del XVIII.
Obras para admirar
La estética barroca, en la que prevalece el dinamismo de sus elementos decorativos (las exuberantes fiorituras), está presente en iglesias y frentes de palacios cuyos constructores parecen haber sido arquitectos y escultores a la vez.
Si ante un edificio clásico o renacentista el ojo se detiene a contemplar sus líneas serenas y armoniosas, ante el barroco el ojo está en constante movimiento. Un cabal ejemplo es la espléndida iglesia de Santa Croce, junto al palacio de Gobierno, con sus pórticos y columnas ornamentadas, capiteles, rosetones, balaustradas y nichos con estatuas de santos.
Pero no es éste el único templo digno de admiración; también Santa Irene (antigua catedral), Santa Teresa, Santa Ana, San Mateo, San Marcos, Santa Clara y Santa María de las Gracias, donde trabajaron los máximos artistas del barroco leccese: Giuseppe Cino y Giuseppe Zimbalo, llamado el Zingarello. Iglesias todas ellas con fachadas recargadas y suntuosas de piedra dorada y, en sus interiores, ricos altares y detalles preciosistas que por momentos sugieren más un testimonio pagano que religioso.
Camino por las calles del viejo casco urbano donde se concentran las más importantes construcciones barrocas y admiro también los rasgos de ese estilo en casas seculares: puertas, cornisas, ventanas y balcones de hierro forjado con ménsulas de piedra exquisitamente labrada. En la zona hay muchos negocios en los que venden figuras de cartapesta (cartón piedra), artesanía típica de Lecce.
El barroco invade todo este sector en el que encuentro, asimismo, vestigios de épocas más antiguas, como las ruinas de un anfiteatro romano construido en tiempos del emperador Adriano, en el siglo II d. C., en la plaza San Oronzo, donde se yergue una de las dos columnas que marcaban el término de la Vía Apia, en la ciudad de Brindisi.
Próxima a este lugar se abre la majestuosa plaza del Duomo, con una espectacular escenografía que incluye el Palacio Arzobispal y el del Seminario. La torre del campanario del Duomo mide más de 90 metros y es una de las más altas de Italia.
Pero conviene también hacer un paseo por el sector moderno. Sorprende la riqueza y suntuosidad de los hoteles, las tiendas y las cafeterías.
Bien señorial
Los habitantes de ciudades vecinas dicen que los de Lecce son demasiado sofisticados, snobs. Es posible. El visitante extranjero que recorra el centro de la ciudad moderna, con sus lujosos hoteles, bancos y tiendas, advertirá enseguida que hombres y mujeres van elegantemente vestidos; ellas, con maquillaje y aspecto de modelos de Schiaparelli o Versace. El refinamiento de Lecce es notorio. También el aire satisfecho de quienes la habitan, el orgullo de que su ciudad sea la capital del barroco, la Florencia del Sud , y de que haya sido cuna de uno de los más célebres tenores de Italia.



