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El correo electrónico de último momento sugería llevar botas de lluvia y capa impermeable. "Llueve mucho en Santa Fe", indicaban desde la Secretaría de Turismo de esa provincia. Ante la falta de un plan B, ya que el programa era pura naturaleza, los implementos de lluvia serían indispensables. Sin embargo, con tan poco anticipo las botas de lluvia fueron imposibles de conseguir.
A las seis y media de la mañana del día siguiente en medio del humedal, las botas se extrañan y mucho. Esto es el Jaaukanigás, que significa "gente del agua", uno de los grupos que componían la nación de los abipones, indígenas de esta zona del norte de Santa Fe. Y así nos sentimos por la combinación del agua acumulada en el terreno con las lluvias de los últimos días, los riachos que sorteamos y el rocío que al amanecer todo lo empapa.
Sin un sendero determinado, la caminata por este sector de lagunas del sitio Ramsar Jaaukanigás muy cerca del puerto de la ciudad de Reconquista, es una aventura. Los guías avanzan entusiasmados con la facilidad de quien aquí se ha criado, mientras el resto del grupo intenta, "checklist" de pájaros locales en mano, avistar e identificar las especies sin ser tragados por el barro, a la vez que disfrutamos del aroma a hierba fresca que emana el terreno húmedo.
Una horita y media de caminata matinal con cielo ya despejado depara un avistaje considerable: patos sirirí, boyeritos, espineros, gallitos de agua, un picabuey y garzas blancas. Y eso que somos muchos y el silencio no es el ideal para aquellos que, largavistas en mano, quieren ver aves en serio. Dicen que con paciencia y tiempo, un universo alado aparece detrás de todas esas melodiosas voces silvestres.
Abundancia de agua dulce
Jaaukanigás es un humedal que lleva el número 1112 del listado internacional Ramsar y el primero de la provincia de Santa Fe, declarado como tal en 2001 para su conservación y manejo sustentable. Los humedales como este son importantes porque regulan el ciclo del agua y el clima, amortiguan inundaciones, proveen agua potable, además de albergar una gran biodiversidad.
Esto ocurre en parte por lo que aquí llaman pulsos de inundación: crecientes y bajantes que alternan fases acuáticas y terrestres sobre extensas llanuras de inundación, lo que constituye un factor de regulación importante en la estructura y funcionamiento de sus ecosistemas.
Sus recursos naturales son imprescindibles para actividades humanas como pesca, ganadería, agricultura y explotación forestal, navegación, recreación y turismo. Esto último es lo que nos convoca. De las 492 mil hectáreas de la zona de delta e islas del Paraná, visitamos una porción ínfima.
Explorando el río
El puerto de Reconquista, a 14 km de la ciudad, está cerrado operativamente y en él descansan las carcasas de viejos barcos cual cementerio. Como el hierro de la antigua balsa que cruzaba a Goya con autos y todo, y que quedó abandonada luego de que la compraran con la intención de hacer de ella un alojamiento para turistas en medio del río. El proyecto quedó a mitad de camino, se robaron las hélices de bronce, y la balsa quedó ahí hasta que se oxidó por completo.
En el puerto también reposa de una vida sin estreno, una mega embarcación diseñada para llevar visitas por el delta: un mal cálculo hizo que nunca pudiera siquiera flotar. Las lanchas y pequeñas embarcaciones sí usan el puerto deportivo, que se llena los fines de semana.
Topillo es su apodo, Topillo se llama entonces su pescadería y también su lancha. Cuando no hace recorridos de avistaje de fauna y flora por la zona de ríos, riachos y lagunas de la zona de Reconquista, Orlando Monzón se dedica a la compra y venta de pescado. O más bien, al revés: los paseos en lancha son por ahora un hobby y la pescadería su fuerte. Haber sido suboficial de Prefectura durante 25 años le da chapa para navegar los montes con pericia. Es la costumbre; lo que a nosotros desde la lancha nos parece una costa verde uniforme, a él le dice mucho: dónde están los bancos de arena en el río, o cuánto falta para tal o cual lugar. Son su referencia.
El recorrido que se inicia en el puerto continúa por el brazo San Jerónimo, y de ahí hacia los arroyos el Palma y el Cayo. El nivel del agua es bajo, y el motor acusa cada tanto contacto con el lecho del río. El brazo Correntoso viene después, más cerca del Paraná, donde la lancha se asoma antes de pegar la vuelta.
Las paradas son varias: en un denso cañaveral, un ambiente de tacuaras o picanillas ?según el nombre local? que los lugareños extraen cuando tienen más de 4 metros por su extraordinaria flexibilidad. Las usan en techos y casas, o venden a $7 la vara. Cada tanto la lancha se detiene frente a una cortina vegetal: esa que forman las enredaderas al envolver los árboles de forma vertical. El yacaré que vemos al sol ?de cola cortada? es merecedor de un aplauso, y la sorpresa de la tarde la da un grupo de monos carayá abrazados del ingá, árbol cuya semilla en forma de chaucha adoran.
Son como diez, de pelaje dorado o negro, y se alejan hacia la copa más alta de los árboles donde se instalan a curiosear. Pasan de rama en rama aferrados de la cola, que funciona como una mano más. Los más chiquitos, prendidos de cuerpos ajenos, parecen preguntar: ¿Y estos quiénes son?, con gestos que van del asombro inicial a la indiferencia más pura mientras nos observan, ellos a nosotros. Camuflados en la selva, con plantas hasta el cuello, cámaras y prismáticos en mano, somos también quienes sacamos su día de la rutina.
Avellaneda a caballo
"¿Primera vez que vienen por el norte?", pregunta Alcides Paduán, dueño de la estancia Las Camelias cuando al día siguiente nos apuntamos a una cabalgata por su campo. Con "norte" se refiere al extremo de la provincia, y allí donde la costumbre del beso simple al saludar, muta automáticamente en uno doble.
El paseo a caballo, con degustación final de embutidos y quesos de la zona, es la alternativa a la imposibilidad de acceder al Jaaukanigás por otro de sus portales: el de Avellaneda, que como el de Las Toscas y Villa Ocampo está condicionado al estado de los caminos. Otro dato: muchas de las tierras son privadas y se necesita permiso para pasar. "Tenemos mucho por desarrollar turísticamente", dice Gustavo Vénica, de la Secretaría de Producción de Avellaneda y sobrino de Alcides.
Si se recorren los 10 km desde el casco se accede a la zona de islas. No lo hacemos: son más de tres horas a caballo. Cuenta Gustavo que en época de grandes lluvias estivales salían del casco inundado de su tío en piraguas hasta una zona de densos palmares.
Los pueblos forestales
De Reconquista al más cercano de los pueblos forestales se llega en un rato. La Gallareta forma parte de un circuito que incluye otros como Villa Ana, Villa Guillermina, Villa Ocampo y Las Toscas, cuyo común denominador es el imperio de La Forestal, la compañía extranjera que explotó indiscriminadamente el quebracho colorado hasta la década del 60. De él les interesaba el tanino, una sustancia que se obtiene y se usa para curtir cueros.
Cuando la fábrica cerró, también murieron los pueblos, que dependían enteramente de ella. Y quedados en el tiempo permanecieron sus chimeneas, estaciones de tren de estilo inglés, edificios administrativos, viviendas y servicios que utilizaban los empleados de distinto rango, los obreros y sus familias. Patrones y peones recibían la vivienda por parte del empleador. Hoy sus pocos habitantes son empleados públicos, y en una recuperación de la memoria regional, parte de La Gallareta se visita.
Tarde de pesca
El río San Javier, sobre el que se recuesta Romang ?pueblo que lucha por obtener estatus de ciudad? forma en su salida hacia el Paraná un sistema de meandros en forma de "S" constante. En lancha son 45 minutos de derrape veloz, por arroyos de entre dos y diez metros de ancho cubiertos de catay, y de camalotes de enormes hojas que forman cada tanto una barrera natural por donde apenas se puede pasar. Cuando esto sucede, para los isleños es imperativo limpiar, puesto que la salida al Paraná es fundamental.
Ricardo Alonso es guía de pesca, y busca el pique en el mejor lugar. El surubí se pesca con carnada viva: las morenas están vivitas y coleando, así se siente atraído el pez. Diez minutos de pesca y desaparece la morena de mi caña. El pique es casi imperceptible. "¿No lo sentiste?", pregunta el guía incrédulo, y seguro que piensa en lo que acabo de desperdiciar. Al rato, otro tirón se siente bien. La punta de la caña se tuerce, mis brazos tiemblan y el corazón late en mi garganta. Comienza la lucha, sigo instrucciones. Que recoja la línea más despacio, que ya se va a cansar. "Es un surubí", anuncian no sé cómo, porque aunque se siente, todavía no se ve. Será por la forma de tirar, que es agotadora. Al final, el que se cansa es el pez y lo logro sacar.
"Un surubí cachorro de 8 kilos", dicen desde la otra lancha. Será un cachorro joven: para mi es el surubí pintado más grande y lindo de todo el Paraná. Beso al pez para la foto y al agua otra vez.
Otros humedales: Parque Nacional Pilcomayo / Bañado La Estrella / Naturaleza viva del Iberá
Por Constanza Gechter.Nota publicada en revista Lugares 203.



