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¿Vas a ver dragones?, me preguntó mi sobrino antes de partir a Indonesia y me miró como buscando la espada y el escudo que me protegerían en la lucha. Los googleamos juntos y confieso que me asusté un poco. Un poco menos que ahora que tengo uno enfrente. A primera vista, el dragón o monstruo de Komodo parece prehistórico. La percepción no es errada: más tarde me contarán que la especie se originó hace unos cuatro millones de años. El nombre en bahasa es ora que quiere decir "cocodrilo de tierra". Este es el lagarto más grande del mundo, y también puede nadar. Llega a medir entre dos y tres metros de largo y a pesar unos 80 kilos. Cuando nace ?de 35 cm? come lagartijas e insectos, pero a medida que crece el hambre puede más y es capaz de tragarse una vaca. Antes, claro, la muerde y le inyecta el poderoso veneno que tiene en la saliva. A los pocos días la vaca muere y el dragón se acerca y se la va comiendo poco a poco. Es endémico de Komodo, una isla volcánica a una hora en lancha de Labuan Bajo, y también hay dragones en las islas vecinas y deshabitadas: Rinca, Padar y Gili. Se pueden ver en más de 20 zoológicos del mundo, pero en libertad es una especie en peligro de extinción. En 1980 se creó el parque nacional donde estoy ahora para proteger la especie, y desde 2011 es una de las Siete Nuevas Maravillas Naturales. La piel del dragón parece más vieja que la humanidad entera. Es áspera, hermosa y gruesa. En distintos momentos la veo gris piedra y marrón rojizo y medio platinada. Me gustaría tocarla pero no es aconsejable, así que me acerco más y todavía un poco más para sacarle una foto. El clic de la cámara de fotos lo despierta. Estamos cerca. Abre un ojo ?seguramente abrió los dos pero desde acá solo veo uno? y creo que me reta con la mirada. Retrocedo unos pasos y casi piso al guía que me mira más enojado que el dragón. Ay. ?No te acerques tanto: el dragón es muy rápido y puede ser agresivo? dice, serio. Los animales de sangre fría necesitan calentar su cuerpo, por eso se ponen al sol. Pero no están dormidos. El guía es un baquiano. Nació acá, en la isla de Komodo, donde viven alrededor de mil personas y dos mil dragones. Tiene menos de 30, se llama Abdoulah Latif y hasta hace cinco años vivía de la pesca, igual que sus amigos. No le teme al dragón, le tiene respeto. Eso dice. Desde que se dedica al turismo, aprendió inglés y cuenta los típicos chistes de guía. Para este recorrido por el parque donde los animales están en libertad lleva una rama de árbol alta como él que termina en una V. Si un dragón se nos acercara demasiado Abdulah podría detenerlo impidiéndole avanzar desde el cuello. Pero no habrá necesidad de usarla. Caminamos entre arbustos bajos y secos. Cada tanto aparece una aguada, ahí hay que hacer guardia para ver la vida animal. Enseguida vienen dos dragones a tomar agua. Andan lento con sus patas cortas; uno podría pensar que son torpes pero no. Llegan a correr a 20 kilómetros por hora. Pero este es joven, tiene menos de un año. También se acerca un ciervo. El predador y la presa se detienen, miran, se miden y cada uno sigue su camino. Además de ciervos, pueden comer cabras, jabalíes y caballos. Cuenta Abdulah que los descubrió un piloto holandés en tiempos de la colonia. Su avión se estrelló y él logró nadar hasta Komodo. Cuando lo rescataron volvió con un relato fantástico de extraños y voraces reptiles gigantes, pero nadie le creyó. Hasta que mandaron una expedición que terminó por catalogar y dar nombre a la especie: Varanus komodiensis. El sonido crocante de las hojas secas anuncia que alguien anda por ahí. Es otro dragón. Viene hacia el agua con la lengua bífida afuera. La lengua les sirve para oler, y huelen la sangre y la muerte hasta 6 km de distancia. Buen olfato y buena vista. Este es más pesado y grandote; va de costado así que se ve la enorme cola con la que golpea a sus víctimas. Creo que en este momento quisiera tener esa espada y escudo en los que pensó mi sobrino. Las preguntas típicas llegan, es inevitable. Hubo ataques, sí, y de tanto en tanto se suma otro, pero en general los dragones se mantienen alejados del hombre. Por lo menos del hombre vivo. Parece que algunos años atrás se descubrió que se acercaban al cementerio de Komodo y desenterraban y comían restos todavía frescos. Los isleños tuvieron que cubrir las tumbas con piedras grandes y pesadas. En este momento el dragón me cae incómodo. Y es hora de irse. La lancha enciende los motores, corta el agua en dos y deja una estela blanca en el Mar de Flores. Me gustó llegar a la isla del monstruo, pero más me gusta irme. Se lo contaré a mi sobrino.
Tours a Komodo La excursión dura un poco más de mediodía. Se parte en lancha desde el puerto de Labuan Bajo y se navega alrededor de una hora hasta llegar a la isla de los dragones. Antes de volver a Labuan Bajo, una parada en una playa que por la tarde tiene reflejos rosas por las conchillas partidas.
Por Carolina Reymúndez. Nota publicada en octubre de 2015.


