La curiosa manera de relacionarse en un pueblo marroquí

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1 de marzo de 2020  

El siguiente relato fue enviado a LA NACION por Diego Gómez. Si querés compartir tu propia experiencia de viaje inolvidable, podés mandarnos textos de hasta 5000 caracteres y fotos a LNturismo@lanacion.com.ar

Árabe y francés son los idiomas oficiales en Marruecos sumados al bereber, todos ellos comparten cierta sonora guturalidad que, principalmente en el francés, crea una agradable ronroneo al oído... Pero en Francia claro aquí, las condiciones climáticas y la personalidad entre juguetona y belicosa, que dificulta saber si el taxista está faltándote el respeto o salvándote la vida, transforma ese suave decir en una constante amenaza de salivación de la que cuesta relajarse, dejándote en continuo estado de tensión.

Esta ilusoria amenaza en todo el país pasa con el tiempo a ser una nota de color, pero se transforma aquí, en el pintoresco pueblo de Chefchaouen, en el noroeste de Marruecos, conocido por sus construcciones de diferentes tonalidades de azul, en una realidad inevitable.

Jóvenes y adultos, señoras hechas y derechas, niños con cara angelical, escupen en todo momento con habilidad y distintos grados de precisión en forma que podría pensarse como ritual o saludo personal al dios mismo, que pareciera hoy, estar más lejos que ayer.

El frío propio de las montañas, la bruma por la cercanía al mar, la cultura misma y otras excusas son cómplices de un constante y sonante ataque de flema que el pobre pueblo expectora en busca de alivio, con absoluta libertad y confianza, sin remordimiento alguno por el medio ambiente.

En este llamativo contexto auditivo, Mustafa, un fiel seguidor de la costumbre, me persigue desde hace 3 días y aún, con sus aparentes 70 años, logra interceptarme sin dificultad en distintos momentos y lugares de la medina, usando siempre la vestimenta oficial del país: chancletas con medias.

Comenzamos juntos a las 9 de la mañana nuestra danza al interferir ya en el desayuno, hablando un español bereberizado, cierra siempre mis esquivas excusas con un "...algo vas a comprar..." mientras se aleja escupiendo sonriente con cierta altanería.

Incansable en su objetivo de venta, prueba cada día con distintas cosas: crema para la tos pomada de tigre, aceite de Argán, un exagerado collar imposible de ser usado en circunstancia alguna, cosas inviables que se suceden hasta el anochecer, interrumpiendo en distintos momento del día en la principal actividad de la medina, que resulta ser siempre cómo volver al hostel sin perderte en tamaña complejidad.

Cada vez que alguien te nota desorientado, frota sus manos y alegre se acerca con una amable sonrisa, has ganado un guía de la nada y Alá sabe que recibirá su merecido dinero por llevarte 2 cuadras para atrás.., solo había que girar a la izquierda en la fuente...

En escasos tres días he recibido sinceros agradecimientos de las madres de Hazim, Asis y Mohamed por ayudarlos este mes y expresan abiertamente su deseo para que se solucionen los problemas en nuestro país y regresemos pronto, atentos a evitar esa horrible sensación de que, era para el otro lado.

Mustafa, con musz al comienzo como me advertirá luego, lleva al hombro, un precario pero eficaz pasacasete que me permite ya en el segundo día, ubicar por donde se está acercando esta vez, la sexta del día.

Es recién en el amanecer del tercer día, donde me doy cuenta que su música, sus cintas como las llama, son particularmente buenas: folklore marroquí, clásica egipcia, fusión flamenca, reggae, dub. Mustafa contempla un gusto exquisito digno de atención.

Ambos compartimos el mismo hobbie o enfermedad, como los Bereber y Tuareg, arrastramos también nuestros cofres llenos de joyas, tesoros que juntamos a través de los años y que solo mostramos en ocasiones especiales, cintas en nuestro caso.

Así es que, en la previsible interrupción del desayuno, lo invito a ir juntos afuera... No necesito nada, acuerdo darle dinero por información musical.

Mustafa aspira con sincera felicidad, logrado ya su laborioso objetivo de embocarme con algo, y a la vez, con algo inesperado, sonríe, y sus ojos brillan un poco. Sabe que alguien ha reconocido su talento y firma el pacto con un sonoro escupitajo doble que pasa peligrosamente cerca de mi pie izquierdo... sin ofensa alguna ( la caligrafía tampoco es lo mío) me permite grabarlo: tiene 57 años, la vida lo ha tratado bien, tiene muchas cintas, acá la gente es buena y se consigue el mejor chocolate.

En los pocos minutos del agradable encuentro pude entender como la simpleza del acto, del reconocimiento de la habilidad en otro puede ayudar a una persona a sanar o cerrar algo, a darse cuenta de un talento tan naturalizado que ya no se percibe como tal.

También percibí claro 4 o 5 importantes saludos al señor que me rodearon durante la charla como un aro de protección, una efectiva delimitación energética.

Su rostro, su pelo, sus ropas desaliñadas, su libertad, veo con claridad que Mustafa está también perdido, como yo, girando en círculos en la medina, pero esos 57 años de girar como derviche le permitieron desarrollar sus habilidades al máximo. Poco precio es estar mareado por tamaño valor..

"¿Donde puedo escuchar tus cintas? ¿Donde tocás?", pregunto como pavote citadino, desgastado por la insensibilidad urbana. "Pues aquí, en la montaña".

¿Vacaciones con un giro inesperado? ¿Una aventura que marcó tu vida? ¿Un encuentro con un personaje memorable? En Turismo, queremos conocer esa gran historia que siempre recordás de un viaje. Y compartirla con la comunidad de lectores-viajeros. Envianos tu relato a LNturismo@lanacion.com.ar. Se sugieren una extensión de 5000 caracteres y, en lo posible, fotos de hasta 3 MB.

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